Opinion

Chontaleños cambiaron caballo por el carro

A Concho y Margarito Villagra, inolvidables campistos chontaleños

El paisaje citadino continúa redefiniéndose, antes de atravesar el siglo los cambios venían precipitándose de manera acelerada. En Chontales, departamento típicamente rural, transformaron el rostro de las ciudades. Con menor o mayor celeridad, las mutaciones comenzaron a ser visibles. El crecimiento exponencial de Juigalpa como resultado de la guerra en los años ochenta, desbordó la periferia y las familias recién llegadas inflaron la ciudad como un globo. Las prevenciones sobre la incapacidad de la infraestructura local para brindar servicios de energía eléctrica, agua, encunetado y adoquinado, explicablemente fueron desoídas. Era preferible ubicarse en un espacio que no satisfacía por completo los requerimientos de salud, educación y techo, que continuar viviendo un entorno donde sus vidas corrían peligro.

La invasión de compradores de leche, queso, mantequilla, crema y demás derivados lácteos en los años sesenta y setenta, provenientes de otros lugares de Nicaragua, sirvieron como catalizadores para dar un giro significativo en la vida de los chontaleños. Con sus vehículos se adentraban hasta los confines del departamento. La falta de caminos para bajar la producción sirvió para que algunos finqueros engordaran los cerdos con maíz y guineos. La expresión común fue decir que “los chontaleños bajaban maíz y guineos convertidos en barracos”. El mejoramiento de caminos y trochas —más el ejemplo recibido de los compradores— modificaron las costumbres. La compra de jeep, camiones y camionetas, al inicio una incursión tímida, se tradujo en pocos años en práctica generalizada. Persiste de manera acrecentada.

Los chontaleños creyeron que convenía sustituir el caballo por el carro, su adquisición es una calentura que no terminan de sudar finqueros y hacendados. Las camionetas Pick Up invadieron caminos. Los más pudientes se abalanzaron sobre las toyotonas. La compra de vehículos pasó a ser una demanda urgente. El tráfico vehicular inunda las ciudades chontaleñas. La falta de una infraestructura adecuada provoca asfixia. Su parqueo en calles y avenidas, deja poco margen a los peatones. Juigalpa se ha vuelto hostil para los caminantes. Los congestionamientos son el pan nuestro de todos los días. El sonido de los claxon taladra los oídos. Los buseros pitan a destajo. El martirio comienza en la madruga y no concluye sino hasta después de las seis de la tarde. Un fastidio de más de 12 horas, habría que sumar los altoparlantes de los negocios.

Los viejos zaguanes en Juigalpa, donde los finqueros metían por las tardes sus cabalgaduras, dieron paso a los portones para guardar sus vehículos. Las otrora ventas de zacates fueron finiquitadas. El moño costaba un real. La demanda era diaria. Zaguanes había en aquellas casas que tenían cercados los patios. En algunos hogares además de vender la gramínea disponían de su propio zaguán. En Pueblo Nuevo lo vendían Ninfa Vargas, Luis F. Báez, Chano Morales y Juan Manuel Jimérez. En Palo Solo lo ofrecían Chepita Leal, José F. Bravo y Ramón Oporta. En Punta Caliente, José Aguilar Quintanilla y Anibal Cruz. En la curva hacia el cementerio lo ofertaba Juan Báez. También lo vendían Benvenuto Guevara y Miguel Solís. En el zaguán de nuestra casa en Palo Solo, mi padre guardó La Mula por doce años.

La aparición de casas comerciales durante el presente siglo, produjo mudanzas con sus promociones caza-ingenuos. A diario los establecimientos lucen abarrotados. Su apertura sirvió de estímulo para que los chontaleños dieran el salto. Diversidad de marcas a precios asequibles, desplazaron a las tradicionales yamahas, hondas y suzukis. Las Triumph inglesas desaparecieron. En Santo Domingo, Chontales, pude divisar una Suzuki negra. La calidad y precio de las marcas japonesas no compiten con la amplia oferta proveniente de la India y Filipinas. Las marcas prevalecientes en Chontales son AKT, Pulsar, Boxer, Serpento 150, UM etc. Las motocicletas reducen el paso frente a las instalaciones de Prodesa y en los bancos donde se aglomeran. Presentan un paisaje surrealista. Signo de los tiempos, se cuentan por docenas.

Siendo fieles a la historia, el primer chontaleño que se bajó del caballo para subirse a una moto, fue Emiliano Duarte Toledo. Con estilo propio, para manejarla no se quitó las espuelas ni se deshizo de la tajona. El pito sobraba. Emiliano pedía vía con su silbido de sisitote. Una demostración de humor que a todos agradó. Como los dioses griegos, su mutación fue a medias. No quiso sacrificar por completo sus raíces campesinas. Siente orgullo especial por identificarse con sus orígenes. En los bailongos se convierte en el alma de la fiesta. Con un meneadito especial, similar al que hacen los bailarines en las fiestas patronales, golpea fuerte con sus botas el suelo y levanta por lo alto la tajona, como símbolo de identidad chontaleña. Después vendrían otros a imitarle bajándose para siempre del caballo. Un salto espectacular.

En el recorrido que hice a finales de diciembre (2020), por Juigalpa, Santo Tomás, San Pedro, La Libertad y Santo Domingo, no vi ni caminando ni un solo caballo por ciudades y carreteras. La provincia ganadera mudó de piel. El uso del caballo quedó reservado para las fajinas en fincas y haciendas. Lo único que divisé fue un caballito chapiollo en la salida de La Libertad hacia Santo Domingo. Lo que ayer era dominante, terminó convirtiéndose en una anomalía. Me propuse dar al menos con un rocinante o un pura sangre, esos que gustan tanto a los hípicos y esta vez fue misión fallida. Desde hace muchísimos años los caballos transitan en las calles de Juigalpa únicamente para las fiestas agostinas y cada vez en menor número. Los promesantes los montan ocasionalmente para los festejos a la Virgen de La Asunción.

Los chontaleños de mi generación añorábamos tener o montar a caballo. Eran tantos en las haciendas Hato Grande, San José y San Ramón, que sus dueños —Rondón Sacasa, Gómez y Mongríos— año con año los enviaban prestados a distintas familias, con la intención de verlos gozosos, sumarse a las fiestas más bravías y famosas de toda Nicaragua. Por las calles de Juigalpa se contaban centenares. A partir de las nueve de la mañana se encajaban en las bestias y muchos lo hacían también por la tarde, con el ánimo de meterse a participar en las corridas de toros. El ritual comenzaba a la una en punto de la tarde. Una característica de la época —todavía persiste— era ver en la barrera a decenas de personas montados en sus córceles. Un presidente de las fiestas quiso interrumpir la tradición y no lo dejaron. La rechifla sirvió como disuasivo.

Los caballistas enamoraban a las mujeres mostrando gallardía en sus lances, hacían cabriolas sobre las bestias —un momento épico. Las personas encargadas de las celebraciones de las fiestas patronales, no se sienten atraídos por renovar la tradición y la fama de los campistos vino a menos. Son seres antediluvianos en un tiempo que la obsesión por montar toros a destajo prevalece. Los desfiles hípicos hace que gente salga embobada a las calles a ver los pura sangre. Muchos mirones ni si quiera imaginan que el montador no es su dueño. Con botella de whisky en mano, discuten cuál de los animales es el más caro. “El mío lo traje del Perú”, gritaba alguien entusiasmado. “El mío vino fletado directo desde España”, replicó su compadre enardecido. En los hípicos desfilan personas para mostrar quién tiene más.

Todo cambio trae aparejadas consecuencias, el efecto negativo de la mecanización es que los buenos lazadores están en camino de extinción. Las apuestas entre los campistos de diferentes haciendas por lucirse con el lazo desaparecieron. La eliminación del bramadero y la instalación de mangas repercuten de manera desigual. Se montan más toros. Muchos malísimos. Desapareció el momento cuando los campistos se lucían con caballos forjados para tareas complejas. Era un espectáculo verlos apearse del caballo y dejar que el animal hiciera solo su trabajo. Cada vez que el toro se desplazaba dando manotazos hacia cualquier extremo de la barrera, la bestia resistía cambiando de posición. El campisto no intervenía. Un duelo sin igual. La astucia frente a la fuerza. La maestría del campisto era puesta a prueba.

En el trecho carretero entre Santo Tomás, San Pedro de Lóvago, La Libertad y Santo Domingo, lo dominante hoy son las motocicletas. En las puertas de golpe de varias fincas, como a la salida de las explotaciones auríferas de las güiriseras, los jóvenes tenían parqueadas sus motocicletas, como antaño sus cabalgaduras. Un cambio del cielo a la tierra. Solo me faltó verlas atadas como hacían antes con sus caballos. El panorama es bastante parecido al que uno aprecia en la carretera que conecta Jinotepe, con Diriamba, San Marcos, Masatepe, Niquinohomo, Catarina, Masaya, Tipitapa. Centenares de trabajadores se desplazan en sus bicicletas. Les sale más rentable adquirir una bicicleta para transportarse desde casa a sus trabajos en la Zona Franca. La mecanización ha venido modificando el paisaje nacional.

No todo cambio resulta provechoso para las tradiciones populares, apearse del caballo para montarse al carro, era de esperarse que ocurriera más temprano que tarde. Un hecho inevitable. Vivimos una época donde predomina la velocidad. Las telecomunicaciones funcionan en tiempo real. Las nociones de tiempo y espacio cambiaron. La postmodernidad enseñó a valorar el tiempo. Una medida laxa en lugares donde todo camina a paso de tortuga. Nadie puede dar la espalda a los cambios. Sería incurrir en el despropósito del movimiento ludita, impulsado por los artesanos ingleses durante el siglo diecinueve. No eran los telares los que conspiraban contra los trabajadores. Aunque este movimiento fue uno de los primeros en alertarnos sobre los resultados adversos del uso indiscriminado de la tecnología.


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