Opinion

Chile, Cuba, Venezuela: Y sin embargo se mueven

Si algún valor tiene la trayectoria política de la oposición venezolana es haber mostrado lo que no hay que hacer

Si quisiéramos demostrar a nivel sudamericano por qué la política solo es política cuando se mueve, no encontraríamos otro ejemplo mejor que el dado por Chile en los últimos dos años.

Quiero afirmar que en Chile ha tenido lugar -no en el sentido marxista-leninista, ni mucho menos chavista o castrista del término, pero sí en el sentido de Galileo Galilei- una revolución política cuyos resultados no son hasta ahora definitivamente visibles. Revolución constitucional, la llamó el ex candidato presidencial Andrés Velasco.

El estallido de octubre del 2019, el destape de capas socio-tectónicas ocultas que abrieron el cráter donde se escondía una profunda desigualdad social, sacó a la calle a multitudes sin conducción ni líderes, sin programas ni partidos, a protestar por razones diversas, pero todas sociales. Masas alegres coreando consignas del pasado y del futuro pero también a vándalos destrozando estatuas y quemando iglesias por doquier.

Ambivalente y heterogénea como toda gran movilización social, prometía la chilena transformarse en un río sin cauce en medio de un cambio climático sin precedentes. Ante esa visión apocalíptica, la clase política, tal vez presintiendo que con el estallido social se les iba la vida, en lugar de construir un dique de contención, como mal hizo Duque frente al estallido colombiano, construyó un canal llamado “cambio constitucional”. Así, el movimiento social fue constitucionalizado, institucionalizado y, sobre todo, politizado.

El plebiscito constitucional de octubre de 2019 dio curso libre a una nueva Constitución encargada de situar una marca histórica entre el Chile post- pinochetista y el Chile que viene, a quien nadie se atreve todavía a ponerle un nombre.

Las elecciones constituyentes del 15 y 16 de mayo de 2021 revelaron a su vez de forma nítida la nueva base política sobre la cual se sustentaría la nueva Constitución: Crecimiento acelerado de la izquierda emergente, desgaste de la izquierda tradicional, debacle de la derecha centrista y casi desaparición de la ultraderecha, pero sobre todo –y esto cambiaría el juego en los partidos– un crecimiento enorme de los independientes o “sin-partidos”. Las constituyentes fueron potencialmente un acto de rebelión en contra de la clase política establecida, pero sin salirse de los cauces institucionales y constitucionales.

Poco tiempo después, 18 de julio de 2021, tendrían lugar las “primeras primarias” en dos coaliciones: Apruebo Dignidad y Chile Vamos.

Inevitablemente la energía política desatada en los eventos anteriores debía penetrar en la lucha partidista. Evento que portó consigo tres grandes novedades: Primero, la participación electoral fue numerosa. Segundo, los resultados fueron inesperados. Tercero, la geometría política centrista de Chile fue recuperada.

En el bloque llamado Apruebo Dignidad, Gabriel Boric, con su discurso izquierda-centrista se impuso al comunista Daniel Jadué y su discurso clasista. En el bloque de la derecha centrista, Chile Vamos, el centroderechismo más económico de Sichel se impuso al centrismo mas político de Desbordes y del derechismo tradicional de Lavin. En los dos bloques fue mostrado que el codiciado objeto del deseo político yace en el centro y no en las puntas.

Lo importante es que Chile, siguiendo el principio galileico y no ptolomeico de la política, se mueve rápidamente hacia el centro. Pero a diferencias del sistema solar, donde el centro está pre-establecido, el centro político en Chile será configurado a través de una intensa lucha. Ese centro nunca tendrá un lugar fijo pues es un espacio configurado por desplazamientos, no de cuerpos celestes sino de cuerpos políticos. En un sistema planetario el sol también se mueve. El sol es un centro dinámico, no estático. El centro es el sol de la política.

Desde esa perspectiva lo peor que podría suceder en Chile sería una alianza de todas las izquierdas, la comunista, la frenteamplista y la post-concertacionista. No olvidemos que la inesperada paliza propinada por Boric a Jadué tuvo que ver con el rechazo a un partido dispuesto a reconocer la legitimidad de dictaduras como las de Nicaragua y Cuba. Esa alianza llevaría a disolver la importante separación entre una izquierda democrática y otra que no lo es. Y lo que es peor, crearía en Chile una bi-polaridad que no corresponde con la personalidad política centrista del país.

Y Cuba también se mueve

Toda toda dictadura busca petrificar a la política convirtiendo a la ciudadanía en simple población demográfica. Pero la vida quiere vivir. No otro es el sentido de la consigna hecha canción por el movimiento San Isidro aparecido en Cuba en noviembre del 2019, Patria y Vida, opuesta a la tétrica Patria o Muerte de los Castro, hoy administrada por ese revolucionario sin revolución llamado Díaz Canel.

Del estallido social cubano ya sabemos lo suficiente como para percibir de que se trata de un colectivo deseo de vida, de un grito desesperado por ser, de una expresión masiva por la libertad. En ese sentido, más que un movimiento político, el que hizo puesta en escena el 11-J fue un movimiento existencial. Sus antecedentes cercanos se encuentran en la rebelión cultural y urbana de los intelectuales y artistas del país. Luego en el grito de San Antonio de los Baños cuyos ecos despertaron muchedumbres en todo el país.

Los intelectuales y artistas viven en las urbes. La rebelión social viene de las entrañas rurales y suburbanas de la Cuba profunda. Ambos confluyeron en un solo río. El movimiento del el 11-J puede ser así considerado como una carta de presentación de su propia existencia. Espontáneo, ha sido catalogado por muchos observadores, al observar que el movimiento no posee ningún liderazgo definido. Manipulados por EE. UU., fue la respuesta de la nomenclatura. Ni lo uno ni lo otro. Una cosa es que un movimiento no tenga líderes ni partido y otra es que sea espontáneo.

Espontáneo, en el léxico político, significa un estallido anárquico y desorganizado. Pero en Cuba sucedió lo contrario: el solo hecho de que se expandiera tan rápidamente desde los poblados más lejanos hacia las grandes ciudades y que en todos los lugares fueran coreadas las mismas consignas y que sus participantes hubiesen decidido poner término a todas las manifestaciones a la misma hora, habla de un alto grado de sincronía, de intensiva comunicación (digital) interna.

Hay pocas dudas: estamos en presencia de –para usar un término de Gramsci- un movimiento orgánico, uno que a diferencia de otros muy locales como el “Maleconazo” de 1994, atraviesa a la nación de punta a cabo. Con ese movimiento, explícito y manifiesto como el que hizo acto de presencia el 11-J, tendrá que convivir, de ahora en adelante, la dictadura de Díaz Canel.

Nadie puede predecir cual será el destino del movimiento del 11-J. La posibilidad de que la represión logre desmembrarlo, debe ser considerada. El aparato policial y militar cubano está hecho para reprimir a su propio pueblo. Pero que eso no suceda, depende también de las formas que asumirá en el movimiento en el futuro. Por el momento lo más importante es preservar su existencia física. A partir de ahí, la tarea será asegurar su existencia política.

Probablemente los miembros del movimiento del 11-J saben muy bien que no basta salir a las calles y gritar “abajo la dictadura” para que el régimen comience a retirarse. Por el momento, lo que más requiere es mantener continuidad. En otra palabras, que el régimen se vea obligado a reconocer al 11-J no solo como un enemigo externo sino como una oposición interna.

Sin disidencias, sin trizaduras internas, ningún régimen se viene abajo. Eso significa, para el movimiento que recién nace, mantenerse atento a cualquiera posibilidad de comunicación con los personeros del régimen. Nunca cerrar todas las puertas.

No hay transiciones sin deserciones. Llámense Gorbachov como en la URSS, de Klerk como en Sudáfrica, Suárez como en España, Krenz como en Alemania comunista, o generales como Mathei en Chile o Jaruzelski en Polonia (Hans Magnus Eszenberger los llama “héroes de las retirada”). Pero para que estos aparezcan tiene que haber condiciones. La principal de ellas es la existencia de un movimiento democrático abierto a la comunicación política.

Las dictaduras no caen como sucede en las películas. El fin de las dictaduras -para decirlo en tono hegeliano– ocurre cuando los opresores entienden que la liberación de los oprimidos conduce a la liberación de los opresores. ¿Darán los cubanos el paso que lleva desde el estallido social a la política formal? Eso no depende solo de ellos. Pero tampoco solo de las fuerzas externas. Dependerá de la conjunción entre una presencia política interna y el apoyo internacional. De no ocurrir esa conjunción, en lugar de producirse la cubanización de Venezuela podría tener lugar una venezuelización de Cuba.

Venezuela y sus fallidos estallidos sociales

Si nos atuviéramos a las imágenes televisivas, Venezuela también ha vivido a lo largo de los periodos madurista y chavista, diversos estallidos sociales. Pero las imágenes no hablan por sí solas, como suele decirse. No basta que miles y miles salgan a protestar si los objetivos no son traducidos en resultados políticos.

En Venezuela la furia movilizadora vivida durante “la salida” del 2014, así como las movilizaciones del 2017, fueron numéricamente superiores a las de Chile y Cuba, pero sus consecuencias políticas nunca cristalizaron. En otros términos, la tarea de dotar de sentido político a los estallidos no fue cumplida por las dirigencias partidistas. Encauzar, ese es el verbo.

En Chile las movilizaciones fueron encauzadas de modo institucional, constitucional y ahora, electoral. Cuba está en la lista de espera. En Venezuela, las movilizaciones, si tuvieron conducción, fue en torno a un solo objetivo: derrocar a Maduro. O lo que es igual, intentar conseguir mediante el estallido callejero lo que no había sido posible en las urnas. ¿De dónde proviene esta idea? A mi entender, de un falso paradigma.

A través de diferentes periodos, los dirigentes de la oposición venezolana, aún los que piensan en términos derechistas, han adoptado el esquema voluntarista que caracterizó a las llamadas izquierdas revolucionarias de los años sesenta.

Por de pronto, todas creen en el arrojo de un líder heroico, llámese María Corina Machado, Leopoldo López, Juan Guaidó, quienes con consignas incendiarias pondrán en movilización a masas irredentas, marchando sin vacilar hasta llegar a Miraflores. Imaginan que bajo el calor de la lucha, como en las películas de Eisenstein, los soldados depondrán las armas para plegarse a la causa de los pueblos.

Por supuesto, la oposición venezolana ha ido a elecciones, pero estás nunca han sido asumidas como un medio para conquistar espacios y continuar avanzando, sino como simple táctica en el marco de una insurrección permanente. Así, después de la conquista de la Asamblea Nacional en el 2015, a la que intentaron convertir en cuartel general de la insurrección, buscaron la inmediata caída de Maduro mediante un revocatorio que naturalmente el gobierno nunca iba a aceptar Y, lo peor, descuidando las gestas electorales que deberían tener lugar a nivel regional. Así fue como antes de la gran capitulación electoral del 2018, ya habían regalado a Maduro alcaldías y gobernaciones.

Después de las conversaciones de Santo Domingo, donde los opositores fueron a parlamentar con el gobierno sobre elecciones pero sin haber levantado siquiera una candidatura (!!) fue impuesta la tesis de la abstención, llamada por sus panegiristas, “abstención activa”. Así, Maduro sería elegido legalmente presidente, gracias a la oposición venezolana. Cuando Juan Guaidó fuera proclamado presidente no elegido por nadie, la oposición, bajo la conducción aventurera de Leopoldo López, secundado por el oportunismo de otros políticos, fue confirmada en las calles de Caracas, la tesis insurreccional (o fin de la usurpación).

Como es sabido, Guaidó no dijo absolutamente nada acerca de como conseguir un objetivo tan lejano y ambicioso. Lo supimos recién el 30 de Abril del 2019. La insurrección del pueblo no iba a ser más que la puesta en escena de un miserable golpe de estado.

El desastre a que ha llevado la conducción Guaidó-López llegó a su zenit cuando fue cruzada por la administración de Trump, quien, junto a sus asesores inmediatos, asumió la conducción política de la oposición venezolana, creando una oposición de invernadero, pero internacionalmente protegida y financieramente mantenida.

Si algún valor tiene la trayectoria política de la oposición venezolana es haber mostrado a las oposiciones de otros países lo que justamente no hay que hacer para luchar en contra de un gobierno autoritario, llámese dictadura o no. Una lección que deberá ser tomada en cuenta en países como Nicaragua y Cuba.

De nada ha servido que las voces más cuerdas de la oposición los hubieran alertado. Renunciar a la lucha electoral, se les ha dicho, significaba renunciar a la lucha política, desconectar a todos los partidos de sus bases sociales, encerrase en el vacío de la nada, vivir en el fétido pantano del inmovilismo político.

Si la oposición venezolana quiere ser una oposición de verdad, tendrá que hacerse de nuevo. No hay otra alternativa. No basta decir ahora vamos a las elecciones y después no vamos, para concitar el apoyo de las mayorías. Si algo ha sembrado esa oposición, es desconfianza en su torno.

Hacerse de nuevo no significa hacer rodar cabezas, aunque más de alguna debería caer. Significa simplemente reconocer de modo público los errores cometidos, fijar las responsabilidades colectivas y personales en la debacle que los llevó a desperdiciar una enorme mayoría electoral, y levantar un programa democrático a ser cumplido de acuerdo a plazos fijados por la Constitución. Significa, además, convertirse en defensores y no en detractores de la democracia, dando un ejemplo al interior de sus propias organizaciones y partidos. Y no por último, significa aprender que los estallidos sociales no son un fin sino un comienzo de la lucha política.

*Fragmento de un ensayo publicado en el Blog Polis: Política y Cultura


Tu apoyo es imprescindible

En este momento clave para la historia de Nicaragua, acceder a información confiable es más importante que nunca. Es por eso que, en CONFIDENCIAL, hemos mantenido nuestra cobertura noticiosa libre y gratuita para todos, sin muros de pago. Este compromiso con la ciudadanía no sería posible sin el respaldo de nuestros lectores. Por ello, te invitamos a apoyar nuestra labor uniéndote a nuestro Programa de Membresía o haciendo una donación. Al convertirte en miembro, recibirás productos exclusivos como eBooks, boletines especializados y archivos digitales históricos. Como donante, te enviaremos un reporte anual sobre cómo invertimos tu aporte económico. Gracias, de antemano, por formar parte de este esfuerzo colectivo para informar a toda nuestra comunidad.

Más en Opinion

Share via
Send this to a friend