Opinion

Borges para iniciados

El humor en Borges emana torrencial, lo disfruta y hace que lo disfrutemos. Se regodea, sus puyas son demoledoras.

Todos tenemos el placer de la lectura,

pero es escritor tiene asimismo el placer

y la tarea de la escritura.

Jorge Luis Borges

¿Quién lo hubiera pensado? Ni siquiera yo mismo abrigué la idea que en algún momento de mi vida, celebraría el natalicio de Jorge Luis Borges, ese jactancioso, jamás pagado de sí mismo, restregándonos en la cara cada vez que se le ocurría, que era descendiente de próceres. Nunca paraba de hablar de su familia. ¿Qué influyó para dispensarle sus posiciones reaccionarias? ¿Será que logré disociar al escritor de su obra? No deja de asombrarme la insistencia con que recuerda a sus ancestros. Vivió pegado a sus tetas. Nunca quiso distanciarse. Creó personajes revoltosos, él que nunca tuvo ni un ápice de vida aventurera. Su mundo era totalmente libresco. Cuando se le antojaba sentía placer en proclamarlo. A los 121 años de su nacimiento, este 23 de agosto 2020, sumo mi voz para proclamar la inmortalidad de su obra.

Borges continúa siendo uno de los grandes referentes de habla hispana, posición ganada a base de consagración y entrega a la lectura y escritura. Una pasión desbocada. Solía decir que sus creaciones eran el resultado de sus múltiples lecturas, una verdad incuestionable. Su erudición pasma y su memoria prodigiosa fue destello insustituible a la hora de disertar en los salones académicos. Su magisterio se expande por diversas lenguas y geografías. Se trata de uno de los autores de lengua española más traducido. Entrado el siglo veintiuno continúa leyéndose, como si el tiempo —una obsesión presente en toda su obra— se hubiese convertido en su mejor aliado. Los jóvenes salen en su búsqueda. Saben de antemano que tendrán que lidiar con la sabiduría que irradian sus creaciones. Esto no les amilana ni detiene.

Siendo joven me distancié de su lectura; al comienzo de los 70 del siglo pasado, al ser interrogado qué pensaba sobre su coterráneo Ernesto Che Guevara, la respuesta de Borges me resultó ofensiva: “A mí no me hablen de ese”. Una demostración de conservadurismo extremo. El contragolpe de Pablo Neruda me supo apropiado. “Borges habla así porque piensa como dinosaurio”. Celebré con júbilo su respuesta. Me sirvió de inspiración para escribir un ensayo —El cóndor Neruda y el dinosaurio Borges— que leí entusiasmado en el Gimnasio Jorge Buitrago de la Universidad Centroamericana (UCA) y luego publiqué en la página de opinión de La Prensa. En esos años que se discutía con vehemencia el compromiso sociopolítico de los escritores. Tuve que esperar hasta 1989 para reconciliarme con el portento.

A quiénes me preguntan qué libros podrían leer, no me canso de recomendar sus obras. Cuando descorché Jorge Luis Borges-El aprendizaje del escritor (Lumen, 2016), me llevé la agradable sorpresa que para los años setenta, en las conferencias que dictó en la Universidad de Columbia, Borges aseveró de manera categórica, que “el deber del escritor es ser un escritor, y si puede ser un buen escritor, está, entonces, cumpliendo con su deber”. Gabriel García Márquez haría después una afirmación similar. Mis lecturas y los años me enseñaron que las opiniones políticas del escritor muchas veces están a leguas luz de sus creaciones. Mis dudas se disiparon, antes tuve que pasar por un largo proceso de reflexión. Prefiero mil veces a Vargas Llosa novelista, que al ensayista. ¿Será por qué los escritores no eligen sus temas, ellos los escogen a ellos?

Borges- El aprendizaje del escritor, resulta casi perfecto para seguir las peripecias de su creación. Su traductor, Thomas de Giovani y los profesores Daniel Halpern y Frank MacShane, convirtieron las conferencias ofrecidas en la Universidad de Columbia, en un libro con grandes alcances didácticos. Dividido en tres partes —Ficción, Poesía y Traducción— el desarrollo de los temas permite seguir de cerca sus idas y vueltas por los senderos de la escritura. Para las charlas, Borges y Di Giovanni, seleccionaron previamente los cuentos y poemas que serían analizados. En la introducción los editores explican cómo un escritor del temple de Borges, pudo transformar a través de sus creaciones, sus experiencias de vida. Algo común. Muchísimos escritores hacen lo mismo. Parten de sus propias vivencias para partear sus engendros.

Para abordar la ficción escogieron el cuento El otro duelo, la aventura consistió que Di Giovanni leía línea por línea, párrafo por párrafo, para que luego Borges entrara de lleno al análisis. Dio el contexto, hizo las aclaraciones de rigor y cómo los gauchos eran arrastrados a las montoneras. Un cuento con un contenido eminentemente político. Los bandos en lucha son Blancos y Colorados, los dos partidos políticos tradicionales de Uruguay. Los personajes centrales —Manuel Cardoso y Carmen Silveira— son enemigos a muerte. Al ser derrotados en batalla por los Colorados, el capitán Juan Patricio Nolan, conociendo sus rencores, les permitió batirse a cuchillos. El final es sorprendente. En todas las peleas Silveira había vencido a Cardoso, menos en el duelo final. Cardozo murió sin alcanzar a saberlo.

Se trata del típico enfrentamiento entre compadritos muy al estilo de Borges, hombres hoscos, propensos a los pleitos, pendencieros, de andar despierto y miradas feroces, emponzoñados por el odio, a quienes ni siquiera el hecho de haber combatido del mismo lado, disminuye su animadversión. “Tendido el torso hacia adelante, los dos hombres ansiosos no se miraron. Nolan dio la señal. Al Pardo envanecido por su actuación, se le fue la mano y abrió una sajadura vistosa que iba de oreja a oreja, al correntino le bastó con un tajo angosto. De las gargantas brotó el chorro de sangre; los hombres dieron unos pasos y cayeron de bruces. Cardoso, en la caída, estiró los brazos. Había ganado y tal vez nunca lo supo”. Un final cruel, muy borgeano. Aunque remolón, Borges insista en afirmar que nunca nos enteramos si somos vencedores o vencidos. Muertos, ¿cómo?

Borges se preocupa que El otro duelo resulte creíble —debe serlo— de lo contrario el lector lo rechazará. Adelanta a los estudiantes que el degüello es familiar entre argentinos. En la escritura de cuentos más importante que la trama, para Borges es el argumento. En la novela en cambio resulta crucial el carácter de los personajes. En don Quijote la magia no se debe a los episodios, lo medular es el carácter de Alonso Quijano y Sancho Panza. En la saga de Sherlock Holmes, importa la amistad entre un hombre dotado para la investigación, inteligente, y un hombre que constituye su antítesis. El doctor Watson es un tonto incurable. En los cuentos su punto de partida son las anécdotas. Luego hace un giro para dejarlos pasmados al decirles que sus dones de escritor le son revelados “por las musas y Espíritu Santo”.

El humor en Borges emana torrencial, lo disfruta y hace que lo disfrutemos. Se regodea, sus puyas son demoledoras. Al preguntársele por qué había dejado de escribir sobre lo fantástico y las enciclopedias, respondió que lo había hecho de forma deliberada, “me dicen que otras personas en Buenos Aires están escribiendo cuentos de Borges por mí. Escriben sobre laberintos y espejos, sobre tigres y demás; y sin duda, lo harán con mayor fortuna”. Al exponer los motivos que tenía para no haber escrito novelas, alegó que incluso nunca se había sentido tentado de leerlas. Su argumento es que después de escribir quince o veinte páginas se sentiría cansado. En una vuelta de mano, Gabriel García Márquez, que había sido objeto de sus dardos, dijo que Borges nunca había escrito una novela porque estaba consciente de sus limitaciones.

Nadie más versado que Borges para recomendar a quienes se inician en este difícil arte, que comiencen a escribir poesía recurriendo a las formas clásicas: versos octosílabos, endecasílabos y el verso alejandrino. Cuestiona a los jóvenes poetas por iniciarse en el oficio por lo más difícil: el verso libre. Si alguien tomara las mejores páginas de Hojas de hierba de Walt Whitman y le preguntara si las encuentra o no mejores que un soneto de Shakespeare, Wordsworth, Keats o Yeats, desestimó la pregunta por carecer de sentido. Los poetas jóvenes tienen que ser técnicamente muy hábiles para recurrir al verso libre, algo que “ustedes quizá reconozcan como anticuado”. Se autocritica. Cometió el error de haber escrito Fervor de Buenos Aires (1923), en verso libre, creyendo que era más fácil. Los años le enseñaron lo contrario.

Uno de los poemas analizados —Junio de 1968— tiene carácter autobiográfico, pretexto para reiterar su amor por los libros; rinde homenaje a sus poetas más queridos —Stevenson, Andrew Lang, Alfonso Reyes y Virgilio, a quien juzga el poeta por excelencia. Borges para entonces ya estaba ciego. Testimonia el cariño que profesa a los libros. El poema permite dejar constancia. “… el hombre dispone de los libros/ en los anaqueles que aguardan/ y siente el pergamino, el cuero, la tela/ y el agrado que dan/ la previsión de un hábito/ y el establecimiento de un orden/… (Ordenar bibliotecas es ejercer, /de un modo silencioso y modesto/ el arte de la crítica)./ El hombre que está ciego sabe que ya no podrá descifrar/ los hermosos volúmenes que maneja/ y que no le ayudaran a escribir/ el libro que lo justificará ante los otros”. Sin lectura no hay buena escritura.

La tercera parte la consagraron a la traducción, el difícil arte donde el traductor asume el papel de intérprete y conocedor de la obra traducida. Thomas Di Giovanni ha sido quizás el mejor traductor que ha tenido el Minotauro. Trabajaron hombro a hombro, día a día y muchas veces por largos períodos, en la traducción de sus obras. Sus afinidades lo convierten en traductor imprescindible para leer a Borges en inglés. Sin equivocación podría decir que Di Giovanni es el equivalente de Fernando Valverde, celebrado traductor al español de la novela monumental que sigue siendo Ulises de James Joyce, como creo que no exista otro que dispute esa condición al argentino Julio Cortázar, en la traducción de Memorias de Adriano —novela histórica en doble sentido— de Margarita Yourcenar. Hay que volver a Borges siempre.


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