Opinion

48 horas que torcieron el curso de la historia

Las enseñanzas no son ociosas: somocistas y sandinistas no fueron capaces de romper con las lacras de la historia nacional

Hace 42 años renunció y salió de Nicaragua, para nunca más volver, Anastasio Somoza Debayle, el último gobernante de la dinastía fundada por su padre, Anastasio Somoza García. Una dinastía que duró 45 años.

El imaginario popular recoge principalmente los episodios de la guerra, pero detrás de las cortinas de balas y las bombas de 500 libras se desarrolló toda una trama política que al final resultó decisiva en el desenlace de los acontecimientos. Un episodio que duró 48 horas torció los destinos del país.

Es importante rememorar esos hechos porque no podemos perder la esperanza de que, como pueblo, por fin aprendamos las enseñanzas de la historia.

¿Accidente histórico o lacras de la historia?

La administración del presidente norteamericano, Jimmy Carter, y la dirigencia del Frente Sandinista llegaron a un acuerdo para poner fin a la guerra e iniciar un proceso de transición a la democracia. Ese trato incluía, entre otros, los siguientes puntos centrales: La renuncia de Somoza, el reconocimiento de la Junta de Gobierno, la sobrevivencia del Partido Liberal Nacionalista y la depuración y preservación de la Guardia Nacional que, junto a combatientes sandinistas, configurarían un nuevo Ejército. Se abriría así un escenario nuevo: Sin Somoza, pero con somocismo, más la incorporación de la nueva realidad que representaban las fuerzas del FSLN. Un nuevo actor político y militar, dotado de legitimidad y poder.

El acuerdo establecía una corta transición: el Congreso somocista elegiría un presidente, el cual cumpliría el papel de trasladar el poder presidencial a la Junta de Gobierno, por intermedio del Cardenal Obando. La Junta estaba integrada por cinco miembros que representaban a distintos sectores del país: Moisés Hassan, Daniel Ortega, Violeta Barrios de Chamorro, Sergio Ramírez y Alfonso Robelo.

Somoza designó para cumplir esa tarea a Francisco Urcuyo Maliaños, quien, en efecto, fue electo por el Congreso. Hasta ahí todo iba conforme a lo convenido, pero ¨el tal Urcuyo¨, una vez con la banda presidencial cruzada en el pecho ignoró el acuerdo y declaró que, como ¨presidente constitucional¨, entregaría la presidencia hasta mayo de 1981.

En su único discurso presidencial expresó con grandilocuencia: “Como presidente de la república, excito a las fuerzas irregulares a deponer las armas, no ante nada ni ante nadie, sino ante el altar de la patria”.

Ese pronunciamiento derrumbó los compromisos y precipitó la debacle. La guardia, sin su líder, se desbandó. La consecuencia fue entregar al Frente Sandinista un triunfo militar tan inesperado como total. De inmediato, se sintieron y actuaron como dueños del país y de su futuro. E impusieron una nueva tragedia.

Las horas transcurridas -menos de cuarenta y ocho- entre la salida de Somoza, en la madrugada del 17 de julio, y la huida posterior de Urcuyo Maliaños, fueron decisivas para el capítulo histórico que se inauguró el 19 de Julio. Era tan volátil e impredecible la situación que Dionisio Marenco, circunstancialmente presente en el centro del entramado político, afirma “El 19 de julio ahora es la fecha histórica del triunfo de la revolución, pero el 18 a las 10 de la noche nadie sabía lo que iba a pasar al día siguiente, y el que diga lo contrario está mintiendo” (Envío No.318).

No está claro quién engañó a quien. Urcuyo alega que Somoza le manifestó antes de partir: “Chico, no te olvides de que debes negociar, negociar y negociar con Pezzullo (el embajador norteamericano en Managua) hasta que consigás hacer desaparecer de su mente a la Junta…”. Somoza, por su parte, afirma que fue engañado por la administración norteamericana.

Todo parece indicar que Somoza pensó en ganar tiempo, utilizando a Urcuyo, y lo alentó a maniobrar…y el flamante nuevo presidente “agarró la vara”.

Las presiones norteamericanas fueron, sin embargo, inmediatas y determinantes para que Urcuyo renunciara. En su libro “Solos”, relata que Somoza lo llamó el 18 de julio, desde Estados Unidos, y le manifestó: “Chico, estoy perdido. Soy prisionero del Departamento de Estado: Me acaba de llamar Warren Cristopher, Subsecretario Adjunto de Estado, para decirme que, si tú no le entregas el poder a la Junta de Reconstrucción, ellos me entregarán a mí al Frente Sandinista”.

Todavía con la banda presidencial cruzada en su pecho, en su exilio en Guatemala, en el mismo libro “Solos”, el presidente de las 24 horas reflexiona “Nosotros, los Liberales Nacionalistas, cometimos nuestros errores; políticamente, el más grave quizás fue el de llevar a la re-elección al General Somoza Debayle después del terremoto”.

Obviamente, una muy tardía reflexión.

Puede parecer ocioso preguntarse cuál habría sido el rumbo del país si el acuerdo de transición se hubiera cumplido. Lo indiscutible es que esas 48 horas torcieron el rumbo. Igualmente puede resultar ocioso preguntarse qué habría ocurrido si el Frente Sandinista cumple el compromiso asumido con la amplia alianza que enfrentó a Somoza de impulsar un proceso democrático.

Pero las enseñanzas que se desprenden de estas encrucijadas no son ociosas: Ssomocistas y sandinistas no fueron capaces de romper con las lacras de la historia nacional.

Ortega y Somoza…

Anastasio Somoza en su libro Nicaragua traicionada escribe, refiriéndose amargamente a la administración Carter: “Mi patria, mi pueblo y yo fuimos traicionados…yo fui traicionado por un aliado de muchos años en quien confiaba…Nicaragua fue traicionada”.

Para Somoza, él era Nicaragua.

Décadas más tarde presenciamos la mismísima confusión enfermiza. Ortega habla a nombre del pueblo. Del pueblo presidente. De la patria, que considera es él; de Nicaragua, que considera es él. Igual que Somoza.

Somoza narra que antes de montar en el helicóptero que lo conduciría al aeropuerto “Al contemplar por última vez las luces de Managua, me corrieron las lágrimas por las mejillas…No era que en aquel momento yo estuviera teniendo lástima de mí mismo…. Sentí profundamente todo el buen trabajo que habíamos realizado en Nicaragua y que se había desvanecido como el humo…”.

Ningún sentimiento de culpa. Ningún sentido de responsabilidad. El dictador era insensible a los ríos de sangre en que se anegaba Nicaragua. El aferramiento al poder produce tal ceguera que los dictadores pierden todo sentido de la realidad.

Y así ocurre con Ortega, para quien Nicaragua era un paraíso antes del 19 de abril hasta que “golpistas y terroristas” desbarataron su portentosa obra. Para Somoza, fueron los “Sandino comunistas” quienes desbarataron su paraíso.

 Reflexión final

Ahora que nos toca tropezar nuevamente con la misma piedra es preciso recordar la enseñanza que la historia nos ha repetido una y otra vez: el aferramiento al poder de una camarilla, y la confusión en la mente del monarca entre sus intereses, y los del pueblo y la patria, constituyen la combinación exacta que conduce al mismo despeñadero. Despeñadero y tragedia. Tragedias que el pueblo siempre termina pagando.

¿Hasta cuándo vamos a tener que repetir la misma historia?

 

 



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