Emergencia Coronavirus

Tres jóvenes narran cómo padecieron la covid-19 en el rebrote

Médicos independientes alertan que cada vez más pacientes menores de cuarenta años son afectados por el coronavirus

Al ser jóvenes pensaron que la covid-19 no llegaría a sus cuerpos, y si ocurría se manifestaría como una gripe común, pero el virus se comporta al azar, como sucedió con Nayeli, que a sus veinte años sintió que respirar se convirtió en una proeza o Perla que describe los días de la enfermedad como “infernales”. Y “Ernesto” que aún sigue sin recuperar por completo el olfato.

Todos se contagiaron durante el rebrote de covid-19, de junio a la fecha. Aseguran que en algún momento “bajaron la guardia”, y sus testimonios comprueban que el virus no discrimina edades. Ser joven y no tener enfermedades crónicas no es garantía de que la covid-19 se manifestará de forma leve. En Nicaragua se desconoce cuál es el impacto de la pandemia por grupo etario; sin embargo, médicos independientes han alertado que cada vez más jóvenes son afectados. Estas son las historias de tres veinteañeros sobrevivientes a la pandemia.

El dengue que se convirtió en covid-19

“Nayeli” es una joven de 20 años estudiante de medicina. El primero de junio, mientras estaba en la universidad, experimentó una pesadez extraña en su cuerpo y fiebre de 39 grados. No se alarmó. Durante la noche el dolor permaneció y la fiebre había escalado a 40 grados. Al día siguiente acudió a un centro de salud en Managua, donde le indicaron que debía realizarse exámenes de sangre y regresar con los resultados. Sus plaquetas estaban un poco bajas: tenés dengue, le diagnosticaron. 

Cuatro días después, una radiografía de sus pulmones mostraría una neumonía asociada a la covid-19.  

La primera semana fue fatal. La joven continuó experimentando dolor en las articulaciones y fiebre, pero se mentalizó que tenía dengue. Sin embargo, el sábado 5 de junio, sintió que no podía respirar. “Sentía que la garganta me ardía, y que los bronquios los tenía cerrados. Me costaba respirar mucho. Las fiebres no me bajaban”, relata “Nayeli” a CONFIDENCIAL.

No resistió más y fue al hospital Manolo Morales, en Managua. Dijo que había tenido síntomas de covid y preguntó si podían hacerle una prueba de hisopado para confirmar si era un caso positivo o era falsa alarma. No le hicieron la prueba porque “solo la hacían a pacientes críticos y mayores de 50 años”.

Le practicaron un examen de Proteína C reactiva en sangre y una placa. La neumonía que tenía podía tratarse en casa. Le prescribieron el cóctel de medicinas que el Ministerio de Salud (Minsa) denomina preventivo para pacientes sospechosos de covid-19: ivermectina por dos días y colchicina por diez, y otro tanto para que lo repartiera a familiares y personas con quienes tuvo contacto.

“Nayeli” fue uno de al menos cinco contagios que ocurrieron entre estudiantes de los primeros años de medicina de una universidad en Managua. Ante la situación, las autoridades académicas orientaron suspender las clases presenciales y pasar a modalidad en línea. 

Después que fue al hospital, trabajadores del centro de salud donde le diagnosticaron dengue llegaron a su casa, y le cuestionaron su visita al Manolo Morales, ya que según ellos, ya tenía un diagnóstico y no podía estar con doble tratamiento. “Nayeli” respondió que no dejaba de sentirse mal y que su mejor opción era buscar ayuda médica.

Estuvo aislada por 14 días; tiempo en el cual experimentó dolor de cabeza, en el cuerpo y la sensación de falta de aire. “Sentía como que alguien me estaba apretando el pecho”, describe. Asegura que nadie más se contagió en su casa, y que el Minsa además de visitarla por la covid-19, también llegó a fumigar por supuestamente haber sido considerada un caso de dengue. 

“Nayeli” ingresó este año a la universidad para convertirse en médica. Era consciente que se exponía a un posible contagio del coronavirus, pero al ser joven y tener un sistema inmunológico fuerte, se confió un poco, se sincera. Tanto ella como la mayoría de sus compañeros de carrera creían que habían esquivado el virus durante la primera ola de contagio.

El contagio de los hermanos Gutiérrez

Un dolor de garganta y cuerpo, seguido de fiebre, y congestión nasal provocó que Perla Gutiérrez, de 25 años, visitara su clínica previsional a finales de julio. “Está empezando un proceso de bronquitis”, le aseguró un médico y prescribió medicamento general. Dos días después, Perla experimentó una “tos incontrolable” y sudaba frío. Regresó al hospital y una doctora la envió a realizarse una placa, bajo la sospecha de “neumonía atípica”, que poco después fue confirmada pero no ameritó hospitalización.  

Con jarabe para la tos y acetaminofén Perla regresó a su casa a descansar y esperar que sus pulmones sanaran, pero al sexto día no soportó más los malestares y acudió de Emergencia de un hospital. La doctora fue clara: “la escuchó muy mal”, la inyectó y le orientó que volviera a su clínica previsional para que le repitieran los exámenes. Eso hizo, y le dijeron que tenía una infección en las vías respiratorias.

A Gutiérrez se “le eriza la piel” cuando recuerda los días “infernales” y las “noches horripilantes”, que vivió junto a su madre, quien también se contagió del virus. Al quinto día de sus padecimientos, su mamá presentó fiebre, dolor muscular y vómito. Se preocupó mucho más porque temía el impacto que podría tener el virus en su progenitora de 57 años. Ambas se recluyeron en casa y se cuidaron.

“Pasábamos días enteros sin comer”, se acuerda la joven, quien añade que cuando sus fuerzas les permitían cocinar algún caldo no servía de nada porque su estómago no lo retenía: “inmediatamente vomitaban”. “Se sentía horrible (la comida), insípido, no estaba tragando nada. No te daba hambre”, relata “Perla”, quien asegura que ambas perdieron el olfato y el gusto. 

Su mamá mejoró después que acudió a un hospital y contó con la asistencia de médicos privados. Ninguna de las dos tuvieron problemas con su oxigenación. El hospital les comunicó que el Minsa las visitaría, pero no llegaron.

En el trayecto de la recuperación de madre e hija, el hermano de “Perla”, de 30 años, decidió cuidarlas en su día libre, y se contagió. Inició con fiebre y tos. Llegó al Hospital Militar, donde está asegurado y explicó que en su casa había ‘pacientes covid’. Le orientaron reposo por siete días y le indicaron que regresara cada dos días para evaluar su proceso. 

En casa, en vez de mejorar, su hermano empeoró. Nuevamente recurrió a la clínica previsional y una placa mostró neumonía. Volvió a la casa, pero el cansancio apareció. Eran cerca de las tres de la mañana del viernes 20 de agosto, cuando “Perla” llevó a su hermano de emergencia al hospital. 

“No aguanto. Me duele el pecho. Siento que me cuesta respirar. Llevame al hospital”, le suplicó. Apenas ingresó le colocaron oxígeno y le hicieron otra placa, que mostró que en cuestión de días su neumonía se había agravado. “Están afectados sus pulmones”, le dijo el médico a “Perla”, quien cuestionó las condiciones en que habían dejado que su hermano volviera a su casa apenas dos días antes, cuando su saturación oscilaba de 88 a 90. 

Desde el mediodía de ese viernes “Perla” no ha visto a su hermano. El médico le indicó que debían internarlo en el Hospital Sermesa, en la residencial capitalina de Bolonia, donde van los casos de “leves a moderados”. Cada día a las dos de la tarde espera junto a más de cincuenta familiares afuera del centro médico para conocer cómo ha evolucionado su cuadro clínico. “Está respondiendo”, dice aliviada “Perla”.

Ella al igual que muchos jóvenes reconoce que había “bajado la guardia” en la protección necesaria contra el virus. “No subestimemos este virus (…) dejemos de aglomerarnos”, aconseja “Perla”.

La faringitis que era covid-19

“Ernesto” llegó al hospital Monte España, en Managua, con un dolor de estómago el 28 de junio. Fue una consulta normal, pero 48 horas después regresó con dolor de garganta, en el pecho y fiebre superior a 38 grados. El médico le dijo que tenía una “leve” faringitis, después de realizarle una prueba de orina y un examen de Proteína C reactiva.

“Me pusieron solo una inyección para bajar la fiebre”, relata el joven, quien subraya que le indicaron que podía regresar al trabajo. Volvió y compartió el almuerzo con sus compañeros sin temor a contagiar a nadie porque en teoría no era covid-19. El efecto de la inyección se mantuvo por unas horas, y después la fiebre regresó junto a más dolor de cuerpo.

No volvió al Seguro Social y acudió al hospital regional César Amador Molina, en Matagalpa, de donde es originario.

Para el sábado 3 de julio ya había perdido el gusto y el olfato. Le hicieron una prueba de hisopado y el resultado fue positivo. Reportó su estado a su empresa y le indicaron que trabajara desde casa. Él no fue el único con síntomas asociados a la covid-19 en su trabajo, otros compañeros también presentaron síntomas, y por eso, la compañía envió, a gran parte de ellos, a trabajar desde casa.

El joven desconoce cómo pudo contagiarse porque aunque admite que salía, asegura que siempre guardaba las precauciones. Lo más difícil para “Ernesto” fue “no sentir gusto y olfato”. 

“Gracias a Dios ya pasé por eso. Fui de los afortunados que vivió con ella (la covid-19) y pasé la prueba. Lo malo son las secuelas: mi olfato y gusto aún no los recupero al 100%, y ya no puedo ir a correr como antes, por el cansancio”, admite.


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