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Sobrevivientes que perdieron un ojo

“Creí que me matarían, pero sobreviví”, “trataba de llorar, pero no me salían las lágrimas”, relatan

A Yelsin José Pérez Zamora, de 24 años, le avisaron que saldría temprano del trabajo. Cerca del restaurante chino, donde labora como cocinero, unos policías atacaban a estudiantes atrincherados en la Universidad Politécnica (Upoli). Yelsin no tuvo tiempo de cambiarse de ropa. Salió junto con unos compañeros y los últimos clientes del negocio. Iba detrás del grupo, cuando unos antimotines, desde la tina de una camioneta Land Cruiser en movimiento, les dispararon frente a los semáforos de la Villa Miguel Gutiérrez, al oriente de Managua. “No sentí dolor, solo el golpe en el ojo y lo caliente de la sangre”, recuerda. Eran casi las cinco de la tarde del 20 de abril.

Menos de veintiocho horas antes, en Monimbó, Masaya, Pedro José Gaitán López, de 23 años, salió de su casa, después de almorzar, y se fue apoyar a sus vecinos que se enfrentaban con un dispositivo de antimotines que disparaban con prisa y sin pausa contra los pobladores del barrio rebelde. Gaitán tampoco sintió dolor. Solo un fuerte golpe en la ceja derecha, que le puso la vista “roja”. El joven iba acompañado de unos amigos, que le echaron agua porque creían que estaba afectado por los gases lacrimógenos. “Me ponía la mano en el ojo y se veía llena de sangre. Me imaginé lo que había pasado”, relata.

Pérez y Gaitán coincidieron en una sala del Centro Nacional Oftalmológico (Cenao), a donde fueron remitidos por los hospitales que les prestaron los primeros auxilios. Ambos son parte de los al menos treinta nicaragüenses que perdieron un ojo a consecuencia de la brutal represión que desató el régimen orteguista en contra de las protestas cívicas, que iniciaron hace casi seis meses.

Pérez perdió el ojo izquierdo y Gaitán el derecho. Los dos por el disparo de una bola de goma. Los gatilleros: los antimotines. Ambos también han sido beneficiados con prótesis oculares, por un programa que nació como una solicitud de apoyo en Facebook y ha favorecido a trece de los casi treinta lesionados en todo el país. “Espero que al final todos reciban una prótesis”, resalta Irela Iglesias, creadora de la iniciativa.

La atención en el Cenao

Durante los casi seis meses de crisis sociopolítica, la represión del régimen ha asesinado a más de 325 ciudadanos, entre niños, adolescentes, jóvenes y adultos, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). También más de 2000 han resultado heridos.

Pérez fue atendido en el Hospital Alemán Nicaragüense. “Me lavaron y verificaron que no llevara tiros, por lo que me dejaron en bóxer. Ahí perdí la ropa. Después me trasladaron en ambulancia al Cenao; pero tuve que caminar y cargar mi suero en unas tres cuadras para entrar, porque un grupo de trabajadores del Gobierno tenía barricadas cerca del edificio del INSS (que está al costado del centro oftalmológico)”, narra.

Mientras, el monimboseño fue llevado al Hospital Doctor Humberto Alvarado Vásquez, en Masaya, un médico lo conminó: “aceptá lo que se te viene”. Sin embargo, fue hasta en el Cenao donde le dijeron que había perdido la visión total del ojo. “En el hospital (oftalmológico), ya no me importaba la vista, solo quería salir de ahí, estar en mi casa con mi familia”, recuerda Gaitán.

Los jóvenes concuerdan en que la atención en el Cenao fue excelente, aunque tenían miedo porque es un centro estatal. “Una doctora me ayudó y me consiguió un implante. Habían varios doctores que estaban en contra (de la actuación del Gobierno) y buscaron como ayudarnos de manera anónima”, asegura Pérez.

El primero de los heridos

Gaitán y Pérez también coincidieron en el Cenao con Roberto José Rizo Valdivia, de 26 años y estudiante de Zootecnia en la Universidad Nacional Agraria (UNA), el primer joven que perdió un ojo por la represión policial. El vídeo con las imágenes del ojo izquierdo lleno de sangre del universitario se volvieron virales en Nicaragua. Era el segundo día de represión. La noche de ese día también murieron los primeros.

La imagen del rostro ensangrentado de Rizo impactó a Iglesias. Ese 19 de abril se fue al Cenao a buscarlo y pidió apoyo a través de Facebook. “Puse su foto y solicité ayuda para su prótesis. Estaba en un grupo donde somos casi 6000 mujeres”, explica.

El 20 abril, Iglesias volvió al centro para ver a Rizo, pero ya no era solo él, sino otros ocho jóvenes más que estaban en las mismas condiciones. Fue ahí cuando surgió la idea de crear el Programa de Prótesis Ocular para Estudiantes.

“Era más difícil conseguir ayuda para nueve jóvenes de manera personal, por lo que se lanzó una campaña, que fue todo un éxito. En 24 horas se logró recaudar para las nueve prótesis”, manifiesta Iglesias, administradora de empresa y propietaria de un salón de belleza, que tuvo que cerrar por la situación política.

Cada prótesis personalizada tiene un costo de 1100 dólares, pero el profesional que las elabora es amigo de Iglesias, y le cobró “solo los materiales”, unos 550 dólares, según la benefactora.

El apoyo del programa no se ha limitado a los jóvenes con la visión dañada. Otros manifestantes lesionados han recibido medicamentos, pago de exámenes y hospitalizaciones. El dinero ha sido donado por ciudadanos en el extranjero, ninguna ONG o empresa nacional se les ha acercado para ayudarlos, según Iglesias, quien agrega que han atendido a unos cincuenta ciudadanos, treinta con pérdida de ojos.

Sin amenazas

Iglesias, Pérez y Gaitán no han recibido amenazas de simpatizantes sandinistas. Tampoco ayuda. En el caso del joven de Managua, una psicóloga y una oculista del hospital de Tipitapa, donde habita, lo han ido a buscar para atenderlo, pero él no acepta. “No quiero deberles nada”, sentencia. La benefactora cree que los orteguistas no los han molestado porque la ayuda no es partidaria y evitan meterse en política.

A diferencia de Iglesias, Gaitán y Pérez si hablan abiertamente de su apoyo a la lucha azul y blanco. “Yo siempre he apoyado a los estudiantes porque su lucha me favorecía como trabajador, pues cotizo para el INSS. Sentía que ellos estaban peleando por algo que a mí me tocaba pelear”, resalta Pérez.

La adaptación a sus vidas cotidianas ha corrido de forma paralela. Tienen el mismo problema para sujetar los objetos. “Ves las cosas, crees que estás por agarrarlas, pero en realidad estás lejos. Debés hacer varios intentos”, explican. Ambos jóvenes tratan de salir adelante por sus hijos: Gaitán tiene un niña de dos meses de nacida y un niño de cinco años, Pérez una niña tres años.

Tras perder el ojo, superaron unas dos semanas de depresión, en las que la pregunta frecuente era: ¿Por qué a mí? “Me lamentaba mucho. Trataba de llorar, pero no me salían las lágrimas, lo intentaba, pero no salían. Intentaba recordar cómo era ver con mis dos ojos, pero no podía”, menciona Gaitán, de piel morena, estatura mediana y contextura sólida.

Pérez en su moto y Gaitán en su bicicleta salen diariamente a trabajar. Pérez volvió, a los tres meses, a la cocina del restaurante. Gaitán se quedó sin empleo porque cerró la mueblería en la que laboraba como ebanista, aunque hace “rumbos” para sobrevivir, que es la palabra que más los une. “De ese día (20 de abril) recuerdo claramente a los policías disparándonos desde la tina de la camioneta Land Cruiser. Creí que me matarían, pero sobreviví. Dios me dio una segunda oportunidad”, confiesa el cocinero.

 



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