Nación

Masaya sigue sin rendirse

La “normalidad” en Masaya está signada por la persecución, redadas selectivas, promesa de “plomo” para los rebeldes, asedio y una economía deprimida

En uno de los recovecos del Mercado Municipal de Masaya, Rosa Argentina Nicaragua espanta a las moscas que zumban encima de su tramo de frutas recién cortadas. Son las once de la mañana y ha vendido poco. La preocupación, ya cerca el mediodía, comienza a embargarla. Tendrá que botar mucho producto, porque al siguiente día estará podrido y no será apto para la venta. Así han sido los últimos dos meses y medio desde que esta matrona decidió retomar su trabajo. Las fuerzas represivas del Gobierno de Daniel Ortega instalaron la “normalidad” a punta de balas en esta ciudad, pero muchos de sus ciudadanos, como esta vivandera, no están cómodos con la nueva dinámica social.

“Desde agosto las ventas están ralas”, dice Rosa Argentina con desdén. “Antes vendía 2000 pesos diarios, ahora con costo recojo 700”, compara. El caso de una vendedora de frutas podrá parecer nimio, pero ilustra la depresión económica que atraviesa Masaya luego de ser masacrada por policías y paramilitares.

Rosa Argentina Nicaragua, vivandera del Mercado Municipal de Masaya, se lamenta por las ventas bajas. Carlos Herrera | Confidencial

Aquella ciudad de agitado pulso económico, cuyo mercado bullía desde las dos de la madrugada con los camiones cargados de granos básicos, frutas, verduras, y legumbres provenientes del norte del país, y una clientela desbocada a comprar al mejor precio desde antes de salir el sol, ahora está abrumada por el peso de 38 muertos y una persecución sostenida en los barrios de Masaya que cabrea a los ciudadanos, a los compradores ajenos a este departamento, y a Rosa Argentina.

“Antes yo me despertaba a las dos de la mañana a comprar frutas a los camiones. Pero con los policías rondando es peligroso. Antes vendía bastante, pero la clientela se ha bajado un montón”, relata la comerciante.

Más allá de su distintivo indígena y folclórico, Masaya ha sido una ciudad de comercio. No solo por su populoso mercado, sino por sus artesanías, venta de electrodomésticos, calzado, y una amplia gama de servicios. Pero hace seis meses, cuando la crisis sociopolítica de Nicaragua estalló, Masaya entró en resistencia.

Masaya se rebeló…

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo se ensañó con esta ciudad dicharachera y bailarina: negocios y comercios fueron saqueados infligiendo un daño significativo al comercio, y el empuje armado de oficiales y paramilitares levantó a la población, rebelándose ante el comandante Ortega, a quien cada año recibían con vítores durante el Repliegue. En las calles, cientos de barricadas de adoquines fueron erigidas desde el histórico barrio Monimbó (de ADN insurreccional) hasta los barrios del norte de la ciudad.

Las oficinas de la Alcaldía de Masaya continúan destruidas tras las protestas contra el Gobierno. Carlos Herrera | Confidencial

Masaya fue una de las ciudades que más resistió al fusil de la dictadura de Ortega en Nicaragua. Incluso, estuvo a punto de conseguir estatus “de ciudad liberada por la dictadura”, a no ser porque no pudieron extirpar de la delegación policial al comisionado Ramón Avellán y sus oficiales, sitiados por más de veinte días.

El rescate de Avellán significó una avanzada letal de antimotines y paramilitares que dejaron un reguero de sangre en las calles de Masaya. Para liberar doce cuadras desde la entrada de la ciudad a la delegación, los policías y paramilitares atacaron toda la mañana del 19 de junio la ciudad. Cuatro fueron asesinados ese día.

Un mes después, con la caída de Monimbó, la ciudad entera fue militarizada. Así instalaba la dictadura de Ortega una “normalidad” signada por la persecución, redadas de detenciones selectivas, promesa de “plomo” para los rebeldes, asedio permanente, y una economía deprimida.

Este año, marcado por la rebelión cívica y la masacre perpetrada por Ortega y Murillo, Masaya no bailó a San Jerónimo. Porque la gente que queda en esta ciudad está embargada por el miedo, la rabia y la zozobra. Pese a que la alcaldía itinerante de Orlando Noguera celebró un remedo de fiestas patronales con un San Jerónimo apócrifo, solo los simpatizantes de la dictadura acompañaron el festejo. Los masayas no saben a ciencia cierta donde despacha Noguera en la actualidad, porque el palacio municipal sigue en ruinas tras su destrucción.

Un pastor incólume

El padre Edwin Román abre a diario las puertas de la parroquia San Miguel, pese al asedio y las amenazas paramilitares que dice todavía recibir. Esta iglesia fue uno de los epicentros de los enfrentamientos entre los rebeldes y las fuerzas represivas de la dictadura. El sacerdote albergaba a los heridos en el templo y los francotiradores, al enterarse de eso, apuntaron sus mirillas al templo. No sola la iglesia de la Divina Misericordia, en Managua, es un pétreo queso suizo. La fachada de la iglesia San Miguel también está agujereada.

Paramilitares que visten uniformes de la DOEP, según los pobladores, permanecen en una casa de Monimbó que les sirve de cuartel. Carlos Herrera | Confidencial

Román, que junto a la Asociación Pro Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH) realizó una labor humanitaria durante la parte más violenta de la crisis, cuestiona la pretendida “normalidad” que vive Masaya. Su iglesia está ubicada sobre la conocida calle del “comercio”, que culmina en el mercado donde intenta vender sus frutas recién cortadas Rosa Argentina Nicaragua. El sacerdote hace las comparaciones del antes y después de Masaya con el tráfico que ya no se amontona sobre la calzada.

“El comercio está caído. Los bancos tienen pocos clientes. Hay muchas casas destruidas, es como un pueblo fantasma después de las siete u ocho de la noche. Los parques están llenos de antimotines con AK-47. Muchas personas que vienen a confesarse me cuentan que están sin trabajo”, describe Román. Pese a lo que cuenta, su templo y sus misas siempre están abarrotados. En tiempos de incertidumbre, Román es como un pastor que se mantiene incólume en medio del temblor; los fieles buscan su consejo y su abrazo. El WhatsApp del cura está desbordado de creyentes que afirman orar por él. Entre esos mensajes vienen las amenazas. Pero según este párroco, él no tiene miedo.

“No ando en nada bélico ni conspirando para temer. Soy un pastor que escucha a sus fieles, a quienes les duelen sus muertos, y atraviesan problemas económicos”, afirma Román.

La madrugada del seis de octubre, cuando todavía dormía en la casa cural, el padre Román escuchó una serie detonaciones sincronizadas. ¡Bam, bam, bam! De inmediato, decenas de patrullas policiales chirrearon llantas y comenzaron una redada policial en los barrios de Masaya.

La “Columna Marcelo Mayorga”

Fue un “cóctel de bombas sincronizadas”. Una por cada “grupo de resistencia” organizada que queda en Masaya. Los autores fueron los miembros de la “Columna Marcelo Mayorga”, un grupo de ciudadanos rebeldes activos que se mueven en la clandestinidad en ese departamento. Han adoptado el nombre de Marcelo Mayorga, el cofrade de San Jerónimo asesinado por los paramilitares el 19 de junio.

El “comandito de Monimbó” luce remodelado después de ser completamente destruido durante las protestas. Pero nadie lo ocupa. Carlos Herrera | Confidencial

“El Lobo” nos cuenta sobre la “Columna Marcelo Mayorga”. Este joven fue uno de los organizadores de los tranques en Masaya. Asegura que todavía quedan “células de resistencia” en la ciudad, pero mantienen el perfil bajo. Ahora, dice, están organizando acciones como la de las bombas de la  madrugada del seis de octubre. Para el aniversario de Masaya el dos de septiembre, la misma organización quemó 38 llantas en distintos puntos de la ciudad en memoria de cada asesinado por el régimen.

“Muchos chavalos han salido de Masaya. Yo estoy en la clandestinidad porque mi casa la rondaban a diario patrullas. Estamos escondidos porque la Policía nos anduvo buscando para firmar una supuesta tregua”, asegura “El Lobo”. Según el relato de este rebelde, la Policía ofreció trabajo y actividades deportivas a cambio de que los jóvenes no participaran en más protestas contra el Gobierno.

“Vamos a regresar”

Los familiares de Lázaro García, el pirotécnico apresado el ocho de octubre junto a seis miembros más de su familia, relataron que los policías y paramilitares realizan sus redadas selectivas con base en las listas que les proporcionan los miembros del partido de Gobierno, o, en palabras de ellos, “los sapos”. La familia García acusa como responsable del arresto que sufrieron a Miguel Ángel Putoy, secretario político en el barrio Monimbó.

“Aquí todas las madrugadas pasan sapos del partido haciendo tronar sus motocicletas, como intimidando”, narra Socorro Alemán, madre de uno de los presos políticos de la familia García.

El periodista Tim Rogers denunció que personeros del Frente Sandinista le hicieron llegar una carta a través de conocidos de Masaya, en la que lo amenazaban de muerte. La carta también le advertía “que visitarán su casa” en la ciudad de Granada. Rogers está fuera de Nicaragua desde que fue acosado por miembros de la Juventud Sandinista en abril.

El modus operandi que describen quienes viven en Masaya es que los personeros del partido de Gobierno también se encargan de manchar sus casas con la palabra “Plomo”. La carta que recibió Rogers también la han recibido otras personas, en las que los sandinistas les adjuntan capturas de pantalla de sus publicaciones en redes sociales en las cuales critican a la dictadura.

“El Lobo” dice que él ha tenido que cambiar hasta de look para evitar ser apresado por las tropas del comisionado Avellán. “Masaya no se ha rendido. No comparto esa frase que vamos ganando. Nos hemos alejado para sanar heridas y organizarnos mejor. Pero vamos a regresar al territorio. Incluso los que se han ido volverán. Vamos a revivir el espíritu de resistencia”, promete este miembro de la “Columna Marcelo Mayorga”.

Después del mediodía, a eso de las tres de la tarde, Rosa Argentina Nicaragua regresa a su casa en el barrio Camilo Ortega. La preocupación de botar o no botar las frutas, ahora es sustituida por la preocupación de que sus cuatro hijos no salgan de noche a las calles.

“La Policía sabe que la gente en el Camilo Ortega está golpeada y ardida. Él (Ortega) mandó a matar a la gente. Nada está normal. Las cosas así no tienen arreglo, y solo Daniel (Ortega) tiene el remedio en sus manos. Si quisiera al pueblo, dejaría de matar y de perseguirnos”, asegura con solemnidad la vivandera.


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