Emergencia Coronavirus

Las familias contagiadas: “Los Martínez”, “Los Castillo”, “Los Suazo”, “Los López”

Abuelos, madres, padres, hermanos, tíos, primos y niños. El testimonio de cuatro familias infectadas con el SARS-CoV-2

Un diagnóstico errado y una reunión familiar fueron el detonante para que toda una familia de Managua se contagiara de la covid-19 en agosto, el mes en cual Nicaragua registró la mayor cantidad de casos positivos desde la llegada de la pandemia, según datos del Ministerio de Salud (Minsa).

Otra familia se contagió del virus llevando ayuda médica a un amigo con covid-19.  Ahora, usan todos sus recursos y fuerzas para que el papá de este núcleo vuelva a respirar por sí mismo y dejé la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de un hospital de Estelí y la mamá recobre la salud que alguna vez tuvo.

“Esto es traumatizante. Esto no solamente te desgasta físicamente, sino psicológica y económicamente”, dice una de las hijas.

En el último mes estas historias se volvieron comunes en Nicaragua. Familias enteras con síntomas, algunos leves y otros más graves. Muertes. Preocupación. Dolor. Ansiedad. Mientras, la narrativa oficial oculta los casos, las hospitalizaciones y los fallecidos van en aumento en un país golpeado por la pandemia. Estas son algunas de estas historias contadas bajo seudónimos por temor a represalias.

“Los Martínez”: Seis contagiados 

Con certeza no se sabe cómo o quién llevó el virus a la familia “Martínez”. Pudo ser alguien asintomático que llegó a visitarlos, pero aún así no se explican, porque la orden era que todos usaran mascarilla. Lo único seguro es que el 15 de julio pasado, a la abuela “Martha”, de 76 años, le comenzaron los primeros síntomas. Cinco días después, un hijo, una hija -de 61 y 51 años- y tres de sus nietos -de 21, 34 y 35 años- también enfermaron.

“Todos nos vimos mal. No podíamos ni levantarnos de la cama porque si no nos desmayábamos”, describen.

De los contagiados solo una persona estaba vacunada: la hija. Y fue la única a la que “no le dio tan fuerte”, explican. A ella le administraron antibióticos durante cinco días y rápido mejoró. Mientras, la abuela “Martha” aún sigue luchando por sobrevivir a la covid-19.

“Prácticamente todos los que nos contagiamos vivimos en la misma casa porque son dos casas que están una a la par de la otra, eso hizo más fácil el contagio”, señala “Melisa”, una de las nietas de “Martha”.

Los síntomas en esta familia fueron escalando. Primero les dio tos, después aparecieron las fiebres, el decaimiento, hasta que la abuela comenzó a perder la saturación de oxígeno, por lo cual decidieron buscar ayuda médica en una clínica del Seguro Social. “A ella se la llevaron el 19 de julio y pasó siete días internada. Le hicieron la prueba de covid y dio positivo”, cuenta.

Tras dar positivo, el Ministerio de Salud (Minsa) llegó a visitar al resto de la familia y les recetó ivermectina, un fármaco antiparasitario no recomendado por organismos internacionales, pero que en Nicaragua se distribuye como preventivo.

“Martha” estuvo internada hasta el 25 de julio, ese día le dijeron que se la llevaran a su casa para seguir con un tratamiento, pero que no les daban esperanzas. Desde entonces ha recibido atención médica de forma privada y depende de oxígeno.

“Emocionalmente esto te golpea. Nadie quiere estar en cama haciendo nada, uno se siente inútil. Físicamente también nos quedan secuelas y no entiendo por qué a las más jóvenes nos golpeó tanto, a tres de nosotras todavía nos hace falta oxígeno a veces”, explica “Melisa”, de 35 años.

A nivel económico la covid-19 también tiene un impacto. Más cuando son varias personas las que luchan por sobrevivir. Según cuenta “Melisa”, han podido cubrir los medicamentos y tanques de oxígeno gracias al apoyo de familiares que están fuera del país.

“La medicina es cara. Sin el apoyo de nuestros familiares no hubiéramos podido costear las medicinas para salvar nuestras vidas. Y como no fue suficiente ese dinero, tuvimos que usar las tarjetas de crédito. Mi abuelita tenía guardado como 4000 dólares y ya se gastó todo”, lamenta.

Casi todos los miembros de la familia “Martínez” ya superaron la etapa más dura de la enfermedad. Ahora solamente es la abuela “Martha” quien lucha por recuperarse. “Estamos mejor, gracias a Dios, a los médicos que nos han atendido, a las enfermeras y claro a la medicina”, dicen.

“Los Suazo”, el papá fue llevado al hospital en la tina de una camioneta 

Álvaro pensó que el dolor de garganta y la pequeña tos que comenzaron a incomodarlo el 30 de agosto pasado se debían a una reacción alérgica provocada por una fumigación que hicieron en su oficina. No pensó que estos serían los primeros síntomas de la covid-19, aunque días atrás le había llevado ayuda a un amigo que convalecía por el SARS-CoV-2.

“Él se enfermó ayudándole a un compañero del trabajo que también estaba grave, él fue a llevarle a un médico y parece que ahí fue que se enfermó, a pesar de que usaba el cubrebocas y guardaba la distancia. Imagino que la carga viral que había en ese lugar era demasiada y se contagió”, cuenta una de sus hijas.

Al tercer día de la tos, le iniciaron unas fiebres altas y la familia decidió llevarlo a una clínica. Allí le dijeron que probablemente padecía de una faringitis y le recetaron medicamento para tratarla. Como la familia no se quedó satisfecha con el diagnóstico, pues también su esposa presentó síntomas, buscaron ayuda del médico que había tratado a su compañero de trabajo.

Sin embargo, cuenta su hija, cada día su papá se iba poniendo peor. No habían pasado ni seis días desde que aparecieron los síntomas cuando la saturación de oxígeno comenzó a bajar y fue necesario comprarle un tanque para ayudarlo a respirar.

“Él empezó a necesitar oxígeno al punto que ya tuve que cambiar de puntas nasales a la máscara con reservorio, y ya después ni la máscara le ayuda a subir su saturación, o sea, decir que estaba saturando 90 era un milagro. Y ya en el momento más crítico bajó hasta 50, que fue cuando pensamos que eran sus últimos momentos”, describe la joven.

El martes 31 de agosto, la hija de “Álvaro” amaneció haciendo fila en la distribuidora que rellena los tanques de oxígeno, pero aún así no alcanzó a llenarlo por la escasez que ya se notaba ante la alta demanda. El peor escenario lo encontró cuando regresó a casa y vio a su padre desfallecer.

“A las seis de la mañana mi papá se quedó sin oxígeno y comenzó a desaturarse. Llamé al hospital, a la Cruz Roja, a los Bomberos, pero no había ni una ambulancia disponible, así que tuvimos que llevarlo al hospital nosotros mismos. Pusimos una colchoneta en la tina de la camioneta, subimos un tanque pequeño que logramos conseguir para medio estabilizarlo y mi papá, con las pocas fuerzas que tenía, nos ayudó a subirse”, cuenta.

Al llegar al hospital de Estelí, “Álvaro” fue intubado y desde entonces lucha por sobrevivir a la covid-19. “Esto es difícil, es duro y si la gente se imaginara lo que es, creo que tendría más conciencia y dejaría de andar en la calle como si nada. Yo jamás imaginé que íbamos a estar en este punto porque todos nos cuidamos”, lamenta.

Para esta familia fue un milagro que lograran llevar al papá al hospital y que justo en ese momento hubiese disponible un ventilador y una cama para ser intubado, porque la demanda de camas y ventiladores del hospital de Estelí se ha multiplicado en las últimas semanas.

Mientras, la esposa de “Álvaro” enfrenta desde casa la misma enfermedad. En algunos momentos también ha necesitado de oxígeno, pero no tanto como el que necesitaba su esposo. A ella sus hijas han logrado tomarle placas para ver cómo avanza la covid-19.

Ni “Álvaro” ni su esposa estaban vacunados, en la semana que les dio habían escuchado que el Minsa llegaría a aplicar dosis. Ambos son personas jóvenes, de 50 años, activas y sanas.

“Yo le diría a la gente que tomen conciencia, que vean los ejemplos de su alrededor, que no esperen que les pase a ellos para cuidarse, o sea, nosotros nos cuidamos mucho y aún así nos enfermamos. Esto es traumatizante, te desgasta no solo físicamente”, dice la hija de esta pareja.

“Los López”: El festejo que propagó el virus a siete familiares

El 26 de agosto, la familia “López” se reunió para celebrar el cumpleaños 85 de su abuelo. No era una gran celebración, llegaron un par de familiares cercanos que no vivían en casa y partieron un pastel. Tres o cinco días después siete de las personas que asistieron comenzaron con los síntomas.

Uno de sus nietos, “Luis”, que llegó con su esposa y sus dos hijos: una niña de siete años y otro de seis meses, cuenta que ese día uno de sus tíos dijo que estaba enfermo, pero que fue al médico y le dijeron que era bronquitis; así que la familia se confió en ese diagnóstico. Además, asegura que como precaución él usó mascarilla.

“Pensamos que como era bronquitis no había que preocuparse, así que pasamos la actividad normal, mi tía chineó a mi niño, cantamos, partimos el pastel, todo normal. Al siguiente día, mi tío nos avisa que perdió el gusto y el olfato y que mi tía está con tos. Allí llegaron las preocupaciones”, describe.

La siguiente en presentar síntomas fue la abuela y para el lunes 30 de agosto, el niño de seis meses comenzó con fiebre y la niña de siete años presentó náuseas, diarrea y con frecuencia estornudaba.

“El martes fuimos a pasar consulta al Hospital Militar. Llevamos a los niños y solo les mandaron medicamentos. No me dijeron nada más. Incluso yo le comenté a la doctora que habíamos estado expuestos a una persona enferma”, explica.

Ante el incremento de personas enfermas en este núcleo familiar, llegó el Minsa a repartir ivermectina. Y para entonces a la tía ya le habían hecho la prueba para confirmar si eran casos de covid-19. Sin embargo, les dijeron que el examen dio negativo.

“Como a eso de las cuatro de la tarde les avisaron que el resultado era negativo. Nosotros tenemos desconfianza porque mi tío perdió el olfato y el gusto, mis niños estaban con fiebre y diarrea y en la casa se enfermaron cuatro personas más”, describe “Luis”, quien ya había tenido covid-19 en junio pasado. Incluso, su abuelo que pasó varios días sano, presentó fiebre una mañana.

Según narra, el día que se reunieron para celebrar el cumpleaños de su abuelo, su tío -quien es maestro- ya tenía varios días de estar en casa porque de su trabajo lo mandaron de resguardo. En esa semana presentó tos, fiebre, malestar en el cuerpo, dolor en los huesos. El lunes seis de septiembre tenía que volver a su trabajo, pero como los síntomas persisten y hay sospecha de covid-19, se quedará otra semana más en casa.

“Nosotros regañamos a mi tío porque él es fanático de Santo Domingo y fue casualmente para la fiesta de agosto, así que estamos casi 100% seguro que se fue a “pegar” (contagiar) porque los síntomas le empezaron después del 10”, lamenta.

De las siete personas que se contagiaron: el abuelo, la abuela, la tía, el tío, el primo y los dos niños, solo dos personas están vacunadas con una dosis de Sputnik V. Varios de ellos padecen de enfermedades preexistentes como diabetes e hipertensión. Según comenta “Luis”, en su círculo cercano conoce a más personas contagiadas durante este rebrote.

“Esto está fuera de control. El gerente de operaciones de mi trabajo estuvo mal, estuvo hospitalizado, en el barrio hay un vecino que estuvo enfermo, una compañera de trabajo la mandaron a cuarentena, un primo de nosotros también estuvo hospitalizado”, describe.

“Los Castillo”: Dos parejas de profesores y una hermana contagiados

El 18 de agosto, “Héctor” empezó a sentirse cansado y a tener tos. Fue al hospital, pero lo devolvieron a su casa con un paquete de medicinas. Esa misma tarde su esposa, “Patricia”, empezó a sentir malestar en el cuerpo. Ambos son profesores en Carazo. Ella se fue a trabajar al día siguiente, pero cuando volvió llegó directo a caer en cama.

De los dos, “Patricia” se llevó la peor parte. Quisieron evitar llevarla al hospital porque escucharon que los hospitales estaban saturados. Contrataron un médico privado y empezó a mejorar. Al séptimo día, recayó. La oxigenación en la sangre empezó a caer. Pasó de 93 a 89. Y siguió bajando.

Ella tiene 48 años, es diabética y tiene problemas circulatorios. “En casa las únicas contagiadas en 2020 fuimos mi mamá y yo. Pero esta vez el virus entró en nuestra familia y no sabemos quién lo trajo”, cuenta su cuñada.

En esos días, “Joel”, hermano de “Héctor”, y su esposa, “Maribel”, ambos también profesores de Carazo, también empezaron a presentar síntomas de covid-19.

Tanto “Joel” de 46 años, que es diabético, como “Maribel”, se agravaron. Les costaba respirar y en el hospital donde ambos maestros están asegurados no había espacio.

“En ese momento empezó el aullido, le llamo yo, por conseguir tres tanques de oxígeno, que son caros y escasos”, recuerda la hermana de “Joel” y “Héctor”.

Las hermanas de “Maribel” son enfermeras y lograron conseguir uno de los tanques. Luego por amistades consiguieron los dos que necesitaban. “Pero llenarlos fue un problema, porque la demanda es grande”, cuenta la hermana de estos profesores. A veces lo consiguieron en Diriamba, otras veces en Jinotepe y cuando no, tuvieron que viajar hasta Masaya en busca de oxígeno.

“Es un estrés muy grande, porque yo que estuve grave por este virus sé lo difícil que es conseguir oxígeno y mientras pasa el tiempo uno siente que sus familiares se le van”, detalla.

Una semana después del primer caso, “Sonia”, hermana de los dos profesores, también fue diagnosticada con covid-19. Aunque no viven juntos, las casas de estas tres familias son contiguas en un barrio de Carazo. “Antes no salíamos de las tres casas, ahora todo eso cambió”, dice.

De los tres hermanos “Castillo” y las dos esposas, solo “Joel” no ha logrado recuperarse. “Es duro ver que sigue en cama, la tos persiste y aunque a veces parece mejorar, no logra salir de la enfermedad. Pero esperamos que salga de esto”, dice su hermana.


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