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“¡Estamos pasando hambre!”: El grito de quienes comen menos de tres veces al día

"A uno se le hace el corazón chiquito, cuando los niños preguntan si hay 'algo diferente' para comer", relata una madre en el Caribe de Nicaragua

Desde el Pacífico hasta el Caribe, hay miles de nicaragüenses que a diario no pueden tener los tres tiempos de comida sobre sus mesas. La falta de empleos formales, los ingresos precarios, la recesión económica y la crisis sociopolítica que arrastra el país son parte de las razones del hambre en Nicaragua.

En un día normal, Ramón Austin ve como un “milagro” hacer dos tiempos de comida. “Nosotros empezamos la jornada sin comer, porque simplemente no hay nada que comer. Si se puede y se encuentra algo, uno viene a comer con la familia a eso de las dos de la tarde y, si ha sobrado, se come otro poquito en la noche”, relata el hombre: un indígena de 63 años originario de la comunidad de Francia Sirpi, en el Caribe Norte de Nicaragua, y quien toda su vida se ha dedicado a la agricultura.

Austin tiene una familia de siete miembros por quienes a diario lucha para que no pasen hambre. Comienza su jornada al salir el sol. Se va al “monte” a ver si consigue algún tipo de musáceo, tubérculos, leña, frutas o algo que cazar. “Vivir de la tierra es difícil”, confiesa. Y en el Caribe, a esas dificultades se suman los riesgos por la invasión de colonos, los nefastos efectos de las inundaciones y las secuelas como las dejadas por los huracanes Eta y Iota, que en menos de quince días, en noviembre de 2020, impactaron la región en categoría cinco.

Los huracanes Eta y Iota, categoría 4 y 5, dejaron al menos 21 fallecidos, 160 000 refugiados y U$742 millones en pérdidas. Elmer Reyes – Confidencial

“Nosotros sembramos entre el tercer y quinto mes del año y vemos nuestras cosechas entre cinco y 10 meses después, pero todo fue arrastrado por los huracanes y ahora estamos pasando hambre”, lamenta Austin. El agricultor explica que sus cultivos –que en estas fechas serían sus provisiones– fueron arrastrados por los huracanes.

En Francia Sirpi, los agricultores han vuelto a sembrar en sus parcelas, pero temen que sus cosechas sean arrastradas por las inundaciones o robadas por colonos.

Pasar hambre en Managua: Buscar trabajo “con la panza vacía”

En Managua, la capital, también se pasa hambre. Patricia Lanzas, de 32 años, tiene cuatro hijos pequeños y, junto con su pareja, lucha por garantizar los tres tiempos de comida con los ingresos que obtiene de trabajos informales.

“Me dedico a lo que salga. Lavo, plancho y limpio casas, pero no tengo un trabajo formal desde que me despidieron cuando empezaron las protestas de 2018”, relata.

En los últimos tres años de crisis sociopolítica y de recesión económica, más de 222 000 personas perdieron su empleo, según los informes de Proyección Económica de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides).

Coronavirus en Nicaragua
Un joven recolector de chatarra viaja con un tapabocas en una carreta halada por un caballo, en Managua. // Foto: EFE

Lanzas ha buscado empleo en una decena de negocios y viviendas en los últimos meses. Busca una plaza en el área de limpieza o como ayudante de cocina. “Le dicen a uno que ahí lo llaman, uno gasta en papeles, pasajes, hasta me voy sin comer, limitada con el pasaje de regreso y simplemente, no llaman”, lamenta.

Antes de 2018, Lanzas ganaba 4500 córdobas mensuales como asistente del hogar. Ahora, con los trabajos esporádicos que consigue, no ajusta ni la mitad. Con 2000 córdobas al mes, procura que sus hijos no pierdan ningún tiempo de comida, pero admite que la alimentación no es la adecuada.

“No se les da lo que ellos necesitan, pero hacemos lo que se puede. En un desayuno les podemos dar un cafecito con pan y ya con eso no andan con la panza vacía”, describe.

Cuando los niños preguntan: “¿Hay algo diferente para comer?”

En Francia Sirpi, el hambre pasa factura en la familia del agricultor Ramón Austin. Por falta de alimentos, uno de sus nietos está desnutrido. “Está malito, todo flaquito, porque no tenemos la comida necesaria”, comenta.

También en la comunidad Esperanza, del Río Wawa, donde los huracanes igualmente dejaron estragos, la familia de “María” pasa hambre y los niños son los más afectados.

Los huracanes Eta y Iota destruyeron su parcela y ahora intenta “salir adelante” junto con sus 14 parientes. Han vuelto a sembrar, pero faltan ocho meses para la cosecha.

damnificados de Eta en Nicaragua, ayuda internacional ETA
Personas abandonan sus hogares en la comunidad pista 43 durante el paso del huracán ETA el 4 de noviembre de 2020, en la costa caribe norte en Bilwi. Foto: EFE

“Nosotros siempre hemos vivido de la madre tierra, pero ahora los hombres tienen que salir de los territorios, buscar trabajos remunerados para comprar comida, porque ahora no tenemos reserva y estamos pasando hambre”, lamenta “María”, quien es líder comunitaria en la Esperanza y solicitó reservar su identidad para evitar hostigamiento. 

Una o dos veces por semana, tres familiares de “María” cruzan a Honduras, donde les pagan 150 córdobas por una jornada de trabajo.

“Normalmente, con lo poco que se consigue de nuestra tierra se come una vez al día, pero cuando los hombres logran una jornada se pueden dos tiempos, pero todo está caro, con ese poquito que consiguen se compra lo básico: aceite, azúcar o jabón, y no permite que los niños tengan una buena alimentación”, lamenta.

“María” asegura que los niños ya están “bastante acostumbrados a comer menos de tres veces al día”, pero cuenta que se le hace el “corazón chiquito” cuando ellos preguntan si hay “algo diferente” para comer.

“Cuando comen mucho de lo mismo, porque aquí resolvemos con yuca, plátanos o arroz, empiezan a preguntar cuándo van a comer otra cosa, cuándo van a comer carne, pero por la invasión nosotros ya no podemos ir a cazar como antes y no comemos como antes”, lamenta. La tarde que “María” conversó con CONFIDENCIAL, su único tiempo de comida fue el “guabul”, un plato hecho a base de plátano y leche de coco.

El ciclo del hambre generalizada en el Caribe de Nicaragua

José Coleman, colaborador de la Fundación Egdolina Thomas, afirma que el problema del hambre es generalizado en las comunidades indígenas y miskitas del Caribe Norte de Nicaragua. La organización tiene presencia en 22 comunidades de los territorios Twi Waupasa y Twi Yahbra, donde han constatado el hambre que sufren sus habitantes.

“La ayuda que llegó después de los huracanes no ha sido tan efectiva… tampoco ha sido sistemática, no ha permitido la autosubsistencia de las comunidades”, lamenta.

Coleman detalla que hasta la fecha “muchos comunitarios no han podido subir a sus zonas tradicionales de cultivos porque hay muchos árboles caídos, otros porque temen al avance de las invasiones de colonos, no tienen herramientas para limpiar los caminos o materia prima para empezar a sembrar”.

Juan Carlos Ocampo es integrante de Prilka, una organización que trabaja en más de 20 comunidades de los territorios Twi Yahbra, Wangki Twi y Li Lamni. Ocampo coincide con Coleman que “el problema de la inseguridad alimentaria es generalizado”, y agrega que hay pérdida de “la capacidad de la gente para producir alimentos”.

Valora que la cooperación que han recibido es “asistencialista” y lamenta que esta no busca fortalecer las capacidades a mediano y largo plazo y, en cambio, ha creado como un ciclo vicioso. “Debe haber una lógica, una estrategia de sustentabilidad a largo plazo, donde se dé cierta recuperación de capacidades”, recomienda.

 


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