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El luto y el exilio de una Madre de Abril: “Nadie esperaba una masacre el 30 de mayo”

Tres años después del asesinato de su hijo adolescente en la masacrada Marcha de las Madres, Yadira Córdoba sigue gritando: "¡Justicia!"

-Mama, pobrecitas esas madres que hoy 30 de mayo no tienen a sus hijos, no tienen nada que celebrar- le dijo el adolescente Orlando Aguirre Córdoba a su madre, Yadira Córdoba, antes de salir a la “Madre de todas las Marchas” en solidaridad con las mamás de los 90 asesinados, hasta ese momento, por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

-Sí, es verdad, ¿qué haría yo si no tuviera a uno de ustedes?- le respondió ella. 

Antes de partir, la mamá y el hijo almorzaron juntos. Yadira recuerda, tres años después, esa última plática que tuvieron, antes de que él saliera a la marcha. Sin saberlo, se habían despedido con esa cruel premonición.  

Ese 30 de mayo de 2018 Yadira se convirtió en una Madre de Abril. A pesar de que había planeado ir, desistió porque regresó cansada de su trabajo como empleada doméstica. Así que el adolescente de 15 años se fue junto a un grupo de su iglesia que incluía a personas mayores. Ese día fue uno de los 19 asesinados en todo el país en una de las peores masacres de la protesta ciudadana. 

Orlando y su mamá, Yadira, se toman una “selfie” juntos en su casa en Managua. Foto: Cortesía.

Hoy Yadira vive su luto en el exilio en San José, Costa Rica, país al que llegó hace dos años, tras el asesinato del menor de sus cuatro hijos. 

Orlandito, como le dice Yadira a su hijo, también había salido para apoyar a las madres de abril que exigían justicia y el cese de la represión ejecutada por policías y paramilitares. Ese 30 de mayo se produjo una gigantesca marcha, la más grande que ha ocurrido en la historia reciente del país. 

“Yo pensé que esa marcha iba a ser un éxito, que no iban a tomar represalia, que no iban a atacar a las madres… nadie se esperaba… por eso muchas madres no les quitaron a sus hijos que fueran”, dice Yadira.

Nos recibe con un mural listo para que funcione como set de grabación y vistiendo una camiseta con el rostro de su hijo impreso al frente. Colocó afiches con fotos del joven, un mortero azul- símbolo de la resistencia cívica de quienes protestaron-, una amplia bandera de Nicaragua, un par de tazas con fotos de Orlandito y una batería de juguete en color azul y blanco. La compró a propósito del tercer aniversario de la muerte del niño, cuenta, y aunque la que él tocaba era roja, ella prefirió una con los colores de la lucha cívica, explica. 

Además de tocar la batería en la iglesia, a Orlando le gustaba jugar futbol. Esos eran sus únicos intereses, hasta que estallaron las protestas, a las que empezó a asistir sin permiso de su mamá. 

Orlando posa en 2018 con la batería roja que tocaba en la iglesia a la que asistía. “El día antes de la marcha él fue al culto y tocó la batería”, recuerda Yadira. Foto: Cortesía.

El horror de la masacre 

Vista de una parte de la marcha de las madres el 30 de mayo de 2018. Franklin Villavicencio | Confidencial

Después de almorzar con su mamá, Orlando se sumó a los copiosos ríos de gente que se tomaron las calles de la capital y de otras ciudades de Nicaragua. Ese día hubo dolor por las muertes que ya había provocado la represión; pero también júbilo, por la demostración de unidad de un pueblo que se levantaba contra la opresión. 

También hubo horror. Las marchas fueron reprimidas brutalmente. 

A eso de las cuatro de la tarde, Orlando recibió un impacto de bala en el tórax, frente al Estadio Nacional de Béisbol Dennis Martínez, dice el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “Según relatos de testigos, el disparo fue realizado por un francotirador”, se lee en el sitio web del Museo de la Memoria contra la Impunidad de la Asociación Madres de Abril (AMA).

“Seis manifestantes murieron por disparos de arma de fuego. Tres de ellos fueron asesinados en el marco de un ataque ejecutado en forma directa por efectivos policiales y personas de civil que actuaron junto con ellos. Los restantes murieron producto de acciones que evidenciaron cierto nivel de coordinación entre la fuerza policial y grupos de choque”, dice el informe, basado en evidencias recabadas de lo ocurrido ese día. También murieron dos militantes del partido de Gobierno, “en circunstancias que deben ser aún precisadas”, agregan los expertos en el informe que concluye que los actos de violencia perpetrados desde el Estado a partir del 18 de abril de 2018, “de acuerdo con el derecho internacional deben considerarse crímenes de lesa humanidad”. 

En la vela de Orlando, un joven narró lo sucedido al ahora censurado y confiscado canal 100% Noticias. Yo le iba a decir a él, ‘agachate’, porque él estaba observando qué estaba pasando, parado. Cuando le iba a decir ‘agachate,’ ya tenía la bala en la costilla derecha. Él me dice: ‘¡me dieron, me dieron!’. Salimos corriendo los dos, un motorizado nos dio ride hasta el Vélez Paiz”.

Orlando murió horas después en ese hospital. 19 muertos y centenares de heridos, en Managua, Estelí, Chinandega y Masaya fue el saldo total de la represión estatal de ese día.

A las 5:15 de la tarde comenzó el ataque desde el Estadio Nacional hacia la Avenida Universitaria. Confidencial | Archivo | Wilfredo Miranda

Tres años después, a Yadira le sigue pareciendo inconcebible la forma en que perdió a su hijo. “No era una enfermedad, no fue un accidente, fue un asesinato; él salió alegre de la casa, y que me llamen y me digan que fue baleado, después llegar al hospital y no encontrarlo vivo, encontrarlo en la morgue. ‘Dame paz y sé que tú me vas a hacer justicia’, le dije a Dios, de rodillas”, recuerda.

Lo más duro del exilio de Yadira Córdoba

Yadira se fue del país por el asedio policial y de simpatizantes del régimen, y para seguir su labor de demanda de justicia para su hijo. 

“No puedo alzar la voz porque está el asedio, y allá están mis hijos y me pueden agarrar a alguno… no se puede, no se puede regresar”, explica, pero desde Costa Rica puede seguir su labor como Madre de Abril. “Donde se me abran puertas doy entrevistas, porque no quiero que la memoria de mi hijo quede olvidada”.

En su exilio le acompaña su hijo mayor Ronald, que perdió su empleo en el Ministerio de Salud tras el asesinato de Orlando. En Nicaragua, las instituciones del Estado son utilizadas por el régimen como instrumentos partidarios, así que justo ese mismo día el joven había asistido obligado, junto con sus compañeros de trabajo, a una manifestación en una rotonda de la capital para mostrar apoyo al Frente Sandinista. Cuando sus superiores se dieron cuenta de que su hermano había muerto en una protesta contra el Gobierno, lo tacharon de infiltrado y lo despidieron, cuenta Ronald.

Encontrar empleo no ha sido fácil, menos con la pandemia, explican ambos.

“Aquí uno no tiene familia, en este país es caro todo, es difícil vivir. Ha sido más difícil porque he trabajado por tiempo limitado, por hora. Cuando uno va a un trabajo, si es con dormida adentro, te dan un domingo y no quieren que salgás, porque tienen miedo de que uno llegue contagiado y más que hay personas y patronas que lo discriminan a uno, porque uno vive en una cuartería”, dice Yadira. 

La última felicitación por el Día de las Madres que Orlando escribió para su mamá en su perfil de Facebook, a las ocho de la mañana del día que lo asesinaron. Foto: Cortesía

Pero hay algo más difícil aún, y es estar lejos de sus dos hijos que aún viven en Nicaragua. Pensar en eso la hace llorar. “Yo les explico a ellos que mi amor de madre es parejo para ellos también, que si uno de ellos hubiera sido el asesinado anduviera por ellos. Es muy duro para nosotras las madres esta lucha de búsqueda de justicia, por los hijos que tenemos vivos, también tenemos que pensar en ellos”. 

Piensa en Orlando, piensa en sus otros hijos. Para pensar en sí misma no queda espacio. “A mí me mataron cuando mataron a mi hijo, pienso en mis hijos y resisto. No soy oposición, soy resistencia y lo hago por mis hijos”, expresa entre lágrimas.

La elección en Nicaragua

Yadira Córdoba no tiene confianza en en las elecciones del 7 de noviembre. Desde 2018, quienes buscan una salida pacífica a la crisis sociopolítica han demandado como resolución una elección libre, justa y transparente. Sin embargo, a menos de seis meses de la votación, el Consejo Supremo Electoral (CSE) sigue controlado por el régimen, persiste un estado policial de facto, la ley electoral empeora las condiciones para opositores, y la represión contra opositores y la prensa independiente no solo no para, sino que ha escalado. 

Para ella, el escenario ideal sería que la ciudadanía escogiese un Gobierno de transición interino, “para que pueda liberarse Nicaragua”, explica. “¿Cómo me voy a sentir como madre (al) mirar una boleta electoral en la que están los rostros de los asesinos de mi hijo?, esa es una ofensa”, afirma.

También reclama a la oposición nicaragüense. “La causa real la cambiaron por un interés propio. Orlandito Córdoba salió un 30 de mayo a marchar para solidarizarse con las madres de abril, no salió para que hubiera un circo electoral, él salió para que hubiera justicia y liberación en Nicaragua”, explica, a la vez que llama a la unidad opositora para encender de nuevo “la llama de abril”.

Yadira posa junto a la tumba de su hijo Orlando Aguirre en Managua, en enero de 2019, el día del cumpleaños de Orlando. Cuatro meses después, Yadira tuvo que exiliarse por el asedio policial y de simpatizantes sandinistas. Foto: Cortesía.

Desde el exilio, Yadira sigue empeñada en su demanda, aunque sabe que tomará tiempo alcanzarla. “Ese proceso va a existir y va a vivir, siempre y cuando nosotras las madres sigamos. Este domingo es para conmemorar el asesinato de mi hijo y para alzar siempre mi voz, hoy mi hijo cumple tres años de asesinado, pero sigo firme y digna en la búsqueda de justicia”, exclama. 

Este 30 de mayo no podrá llevar flores a la tumba de su hijo en su aniversario de muerte. Desde que se exilió no ha podido, pero se resigna pensando en que, así no sea de hoy para mañana, la justicia sí llegará.

 



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