Emergencia Coronavirus

Alcohólicos Anónimos lloran la muerte de 15 de sus miembros

Miembros de AA con más de 15, 30, y 40 años de sobriedad, murieron con síntomas de covid-19: ¿se contagiaron por el síndrome del acercamiento social?

Hace un mes, Carlos Malespín se convirtió en el primer alcohólico anónimo en fallecer de covid-19, pero no sería el último. Cinco miembros de esa organización confirmaron a CONFIDENCIAL la pérdida de 15 de sus compañeros, muchos de ellos con décadas de sobriedad a cuestas.

“Malespín era un oficial activo de la Policía Nacional. Lo vi varias veces con su camisa celeste y su pantalón oscuro. Era muy recto y, cuando era necesario, llamaba al orden a los compañeros que no prestaban atención en las sesiones, porque se dedicaban a chilear”, relata Luisa R., quien lo recuerda bien, no solo por haber sido el primero en partir, sino también porque “se llamaba igual que uno de mis hijos” y que el padre de ese hijo.

Ella supo de su muerte, porque se lo relató Genoveva (una compañera en AA), la que también le envió el enlace a un sitio web donde se informaba de su fallecimiento, y de los honores que le estaba rindiendo el Gobierno.

La undécima y duodécima Tradición de AA, señala a sus miembros la obligatoriedad de operar desde el anonimato, por lo que solo se identifican con un nombre y la inicial de su apellido, requisito que se extingue al perecer la persona, en cuyo caso sí se permite identificarlo plenamente.

El Malespín policía no sería el único Carlos Malespín, miembro de AA, en fallecer por covid-19. Un segundo Carlos Malespín (alias Papún) se quedó militando durante más de un cuarto de siglo en AA, porque encontró en ellos la inspiración y el apoyo para mantenerse sobrio por 24 horas más. Hasta la semana pasada, en que el covid-19 acabó con él.

La tragedia de su muerte no se extinguió con él. Papún era parte de un grupo de danza llamado ‘Gran Impacto Matancero’, en el que también bailaban su esposa y ocho artistas más.

El grupo amenizaba diversas actividades sociales y comerciales, contando entre sus clientes a la Alcaldía de Managua, que los contrataba para alegrar los tiangues que están en la Avenida Bolívar.

Varios días después de la muerte del Malespín bailarín, su esposa también se rindió a la muerte, y luego, otro de los integrantes del grupo.

El otro Carlos Malespín, el padre del hijo de Luisa R., también era AA, y ya es fallecido, aunque su muerte ocurrió en 2009, en otro contexto.

Viendo a tantos partir

Lo que no pudo hacer el alcohol, lo logró el coronavirus SARS-CoV-2, al acabar con la vida de más de una decena de AA.

CONFIDENCIAL compiló, con la ayuda de cinco alcohólicos en recuperación, una lista en la que están otros trece alcohólicos anónimos que han fallecido en las últimas cuatro semanas, (tres de ellos, este miércoles) tan solo en Managua.

La mayoría, presumiblemente, por causa de la pandemia que tiene en jaque a la humanidad, y que en Nicaragua fue desestimada por el régimen Ortega Murillo que hasta le bailó una “cumbia del virus importado”

Entre los fallecidos se menciona a Germán Garay, Fulvio Sanabria, y Farid López. También se relata la doble tragedia de la familia Pineda, que en poco más de 24 horas, vio partir a Juan (conocido como el Cingo, con unos 38 años de permanencia en AA), y su hermano Jorge (alias, el Ciego que tenía más de 40 años de sobriedad).

También se recuerda a José Avellán y a Adolfo ‘el Caballo’ Martínez. Los AA consultados sospechan que la alta dependencia del cigarrillo, restó posibilidades de sobrevivencia a ambos.

En la lista también están Luis Pérez (el Pajarito); el Aguacatero; y Donald Salazar, de quien se recuerda que era fundador de un bailongo situado detrás del mercado Periférico.

El miércoles 4 de junio, la comunidad capitalina de AA recibió una mala noticia por partida triple, al conocerse el deceso de Daniel López, Roberto Hernández, y Manuel, un compañero que sesionaba en un grupo en San Judas.

Según su propia definición, Alcohólicos Anónimos (AA), “es una comunidad de hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo”. El único requisito para ser miembro de esa organización internacional, es el deseo de dejar la bebida.

Medidas insuficientes

Hasta hace un mes, muchos grupos de AA siguieron sesionando con regularidad. Si acaso, tratando de aplicar las medidas de distanciamiento físico, el uso de cubrebocas, y el lavado constante de manos. Sentían que si aplicaban esas medidas, podían seguir adelante con sus sesiones nocturnas, que son vitales para mantenerse sobrios por 24 horas más.

“La mayoría de los grupos están cerrados, porque son locales pequeños, donde todos tenemos que estar muy juntos. Tengo rato de no ir a sesionar, porque [esos locales tan pequeños] son focos de infección”, opina Lesbia G., una alcohólica con 35 años de permanencia en el programa.

“Hay muchos que no quieren dejar de ir a sesionar, y se infectan en los buses, en los grupos, en las calles. A algunos no les gusta ni siquiera usar mascarilla. Sé de grupos que siguen sesionando, en horarios de tres a cinco de la tarde, o de siete a nueve de la noche, aunque llegan muy pocos, no la cantidad de siempre”, relata Lesbia R.

“Cuando se tiene tantos años de estar en AA”, dice Luisa R., que también tiene 35 años de estar en el Programa, “no es tan necesario ir todas las noches a sesión [porque tienen suficiente entereza como para no volver a caer en la tentación de la bebida], pero nos hace falta ver a los amigos, darles un apretón de manos, un abrazo, saber cómo están”.

Aún cuando ‘no es obligatorio’, sesionar a diario, los AA siempre encuentran tiempo para reunirse con sus pares. Sea en el grupo en el que nacieron, o cualquier otro que les resulte conveniente, por cercanía geográfica, o afinidad social.

Uno de ellos era Pedro ‘el busero’, un conductor de la ruta 118, que normalmente sesionaba en el Grupo ‘Nuestro Ser Superior’, ubicado en el Barrio Georgino Andrade, pero aprovechaba los tiempos libres entre una vuelta y otra, para reunirse con sus hermanos AA, en el Grupo ‘Gloria Divina’, que queda cerca de la terminal de buses en Laureles Sur.

En esas casi dos horas entre una salida y otra, Pedro subía las gradas de piedra de la conocida como “Colina 110”, (sitio de una masacre cometida por la Guardia Nacional de Somoza, en donde murieron casi 40 guerrilleros, en junio de 1979) y aprovechaba para invitar a los nuevos integrantes a permanecer en el programa, y a que estudiaran la literatura de AA.

El único detalle que se conoce sobre sus últimas horas, es que Pedro llegó a dejar el bus a la terminal de la ‘Parrales Vallejos’, porque estaba con fiebre y no se sentía bien, y que esa misma noche estaba muerto.

Quédense en casa

“Necesitamos contar nuestras historias y escuchar las historias de los demás. Eso nos permite practicar ‘el puente de comprensión’, por la similitud de las experiencias, lo que crea empatía entre nosotros. Compartimos nuestras vivencias, para ver lo que dejamos atrás, y para transmitirlas a los recién llegados, y motivarlos a que sigan sin beber”, detalla César M., que tiene 71 años de edad, y 27 de estar en AA.

A partir de esa necesidad emocional del encuentro con los demás, Luisa R. relata que, cuando la pandemia era una realidad que copaba los noticieros del mundo, y la sensación de peligro crecía en Nicaragua “estuve yendo como un mes al Grupo. Mis hijos me regañaban, porque no querían que corriera riesgos, pero es necesario seguir sesionando para pasar el mensaje a los nuevos que van llegando, y a los que ya están en AA”, reflexiona.

“Los grupos son autónomos, mientras defendamos los principios de Alcohólicos Anónimos”, aclara Manuel R., aunque la organización no prohibió las sesiones presenciales, llegó un momento en que se dieron cuenta que las medidas preventivas eran insuficientes, y había que parar. Máxime al considerar que, aunque hay muchos jóvenes, muchos otros alcohólicos son personas de la tercera edad, como él, que tiene 87 años.

Luisa R. recuerda que recibir la confirmación de tantas muertes, “me hizo entrar en estado depresivo. Pasaba llorando, pero Manuel R. me alentó en las sesiones virtuales. Me recordó que estamos muy viejos, y que la depresión mata, así que decidí tomar la muerte como algo natural”.

“Creí que los AA de Nicaragua sobreviviríamos, igual que mis compañeros AA de Miami, y Orlando, (ambas ciudades de Florida, Estados Unidos), donde no he sabido de ningún compañero muerto, pero aquí, por desobedientes, estamos viendo esta mortandad”, añade.

Luisa R. refiere que donde sí ha sabido de alcohólicos fallecidos en el contexto de la pandemia es en ciudad Guatemala, que es una de las urbes en la que ha fundado grupos, así como en Managua y Miami.

El término de ‘desobedientes’, está relacionado con el relato que hace José, ‘Chepe’ O., con 16 años en AA, al recordar que “nos han dicho que evitemos estar en aglomeraciones, pero el amor por estar en nuestros grupos nos ha puesto en riesgo. Ahora tenemos que estar bien alejaditos de eso”, reconoce apesadumbrado.

Managua 2020… en otra ocasión será

Manuel R., acaba de celebrar 51 años de estadía en AA. Hizo una precelebración el 12 de mayo (la fecha exacta de su aniversario), que debía servir de preámbulo a la fiesta en grande, una pachanga dominical en la que esperaba a cientos de alcohólicos para celebrar un acontecimiento tan grande.

Sin alcohol, desde luego.

Pero en esa semana comenzó a recibir mensajes de diversos compañeros en los que le hacían saber de la muerte de uno, otro u otro AA, lo que le hizo reconsiderar primero, y posponer después, su gran celebración.

“Algo como esto nunca se había visto. Los grupos nunca se habían cerrado, excepto para la guerra, o el terremoto, pero aún en esa época, sesionábamos donde se podía, incluso debajo de un árbol”, rememora.

Lo que tampoco había sucedido es que se pospusiera una convención internacional, y menos una mundial, como la que estaba prevista para realizarse en Detroit, en julio, y fue pospuesta para 2025.

A escala regional, César M. relata que “la Semana Santa pasada, teníamos previsto realizar en Managua (en el Polideportivo España, y en la Universidad de Ciencias Comerciales), la convención centroamericana de Alcohólicos Anónimos, pero se decidió posponerla, a petición de las oficinas de servicios generales (OSG) de cada país de Centroamérica”.

“Al conocer el anuncio, me di cuenta que esto era serio, y que sin el distanciamiento físico estábamos en peligro, así que el 18 de marzo celebré mi 27 aniversario, con una sesión de estudio, y esa fue mi última sesión. Desde entonces, hago algunas saliditas rápidas al súper, porque ya desistí de ir al mercado. Voy a las 7:30 de la mañana, en el horario para los mayores de edad”.

Uno que no pudo evitar tener que salir, fue Domingo German Garay Aragón, que vivió los últimos 22 de su vida alejado de la bebida. Garay, que vivía en el Barrio Jorge Casalí, atendía una barbería ubicada de la gasolinera de Waspán, una cuadra al lago.

Si bien los familiares de Garay (y los de la mayoría que fallecen por covid-19) no dicen de qué mueren sus parientes que eran compañeros AA “porque sienten vergüenza de decirlo”, Manuel R. dijo que “él tenía un abanico puesto de forma permanente, y le decía a su familia que se estaba ahogando”.

La decisión de su esposa fue llevarlo al hospital, donde se lo entregó vivo a los médicos, pero ya no lo vio más. Cuatro días después le informaron que estaba muerto, y que debía proceder a su sepultura, por lo que, después de su entierro, la señora decidió quemar todas las pertenencias personales.

Adiós, viejos robles

Además de la natural sensación de dolor ante la muerte de tantos AA, la organización también está perdiendo parte de su historia. Hombres con 27, 32, 40, y hasta más de 50 años en el Programa, que servían de inspiración, no solo por la riqueza de las vivencias que tenían para compartir, sino porque eran la prueba viviente de que sí se puede renunciar al alcohol, de por vida.

“A veces, entre más tiempo llevás en el Programa, se observa algún celo con los jóvenes, que llegan a dudar de los años de sobriedad que defienden los más viejos, pero los que tenemos algunos años en AA, servimos como padrinos, los instamos a leer la literatura, a ocupar este Programa para lograr su bienestar mental, y para ayudarles a entender dónde están metidos”, dijo Manuel R.

“Es doloroso perder gente con tantos años en el Programa, gente que despertaba la admiración de los más jóvenes en AA, y que han hecho mucho por llevar el mensaje a nuevos lugares, levantar grupos, ayudar a los alcohólicos que necesitan apoyo emocional”, dijo por su parte Luisa R.

“Es gente con una larga trayectoria. Es una pérdida irreparable”, comenta Lesbia G.

José, ‘Chepe’ O., comenta que muchos de los fallecidos “eran de la tercera edad, que envejecieron en el programa. Era gente de salud delicada. La pandemia vino a atacar más a estas personas, algunos con 40, 50, 52 años en los AA. Al perderlos, se pierde su experiencia, su legado, porque ellos comenzaron a abrir el camino”, valoró.

 


La pachanga tendrá que esperar

A sus 87 años, Manuel R. no pierde el ímpetu que lo llevó a quedarse en AA, adonde llegó en 1969 “hecho basura. Era un harapo buscando vida. Tenía cinco meses de estar bebiendo. Con pelagra, con cascarones en los brazos. Sin ropa interior”.

Hoy, precisamente porque está consciente de los riesgos que representa el covid-19, Manuel R. se abstuvo de celebrar que hace más de medio siglo decidió dar un vuelco a su vida, y comenzar a vivirla plenamente… sin alcohol.

En algún momento, más adelante, los alcohólicos anónimos tendrán que reunirse a recordar a los que se han ido, a lamentar lo que han perdido, y si bien eso pospondrá, definitivamente que no cancelará los festejos por los 51 años de sobriedad de Manuel R., y su medio siglo sin haber vuelto a fumar.

“La celebración tendrá que hacerse. Es que la música ya está pagada”, confiesa Manuel.


Sesiones en línea

Golpeados de forma tan terrible, los alcohólicos anónimos comenzaron a crear grupos virtuales para salvar la necesidad de sesionar con sus hermanos en recuperación, sin tener que juntarse con ellos.

“Yo estoy participando en un grupo virtual llamado ‘Acción’, que se reúne a través de WhatsApp. Al principio eran solo tres, pero ahora estamos un poco de más de 20, y sé que hay otros grupos en Zoom, tanto dentro como fuera del país”, detalla Luisa R.

César M. es uno de esos tres pioneros. Recuerda que “el 22 de abril, me llamó Omar E., mi amigo en AA desde hace 20 años, porque para entonces él también tenía más de un mes sin sesionar, y me propuso hacerlo de manera virtual, así que también invité a mi hermano, Efraín M. que está muy nuevo en AA. En este momento, ya somos más de 20”, contó.

César comparte que ha sugerido a los participantes del grupo virtual –muchos de ellos, hombres y mujeres con varias décadas de vida- que tengan un nieto a la orilla, para resolver cualquier problema técnico que ocurra, porque “los chavalos son campeones a la tecnología”.

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