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Desinfectar edificios en tiempos de Coronavirus, el trabajo de una exiliada política en EE. UU

Emergencia Coronavirus

Sin seguro médico, la nicaragüense Idania Molina y sus hijos intentan sobrevivir a las dificultades que le impone la pandemia


Trabajar para una compañía de limpieza que desinfecta edificios no es el empleo más grato en tiempos de coronavirus. Pero Idania Molina necesita llevar ingresos a su casa. Tiene que hacer dos turnos diarios en la ciudad de Houston, Texas, en Estados Unidos, el país con el mayor número de contagios en el mundo con 475,873 casos.

Desde hace una semana, un pequeño nebulizador le acompaña en sus noches. Molina, quien tuvo que exiliarse en Estados Unidos debido a la persecución política del régimen Ortega-Murillo, ha presentado síntomas similares a los del coronavirus. Confiesa tener temor. El día que no soportó la fiebre y el cansancio pulmonar, llamó al 911. Hizo un “Facebook Live” al momento de ser asistida en la ambulancia. Su mayor preocupación eran sus hijos, Axel de 16, y Michell, de 13. “Mi intención era contar (en el video) que, si me pasaba algo, mis hijos quedaban solos, a la intemperie”, relató la mujer.

Molina no había sentido tal angustia desde el 8 de julio de 2018, cuando presenció la brutal “Operación Limpieza” cometida por paramilitares y policías en el departamento de Carazo. Desde día, su vida derivó en “una travesía” que la llevó a refugiarse en Estados Unidos, sin sospechar que acabaría también presa de una pandemia mundial.

Molina y sus hijos ingresaron a Estados Unidos el 4 de enero de 2019. Se unió a la primera gran caravana de migrantes que salieron del Triángulo Norte de Centroamérica. Su familia es solicitante de asilo político, eso quiere decir que no cuentan con seguridad social, una condición que, en tiempos de Covid-19, los vuelve focos de suma vulnerabilidad.

Aunque el Secretario de Salud de Estados Unidos, Alex Azar, aseguró que los pacientes con coronavirus sin seguro médico recibirán atención médica, entre la población sin protección los temores van en aumento ante el avance de la epidemia. “No se preguntará a ningún paciente por el estatus migratorio. Invito a todas las personas que tengan síntomas a tomar acción, porque es la única manera de frenar el virus”, agregó la autoridad sanitaria.

Para Molina, la angustia que le causa la pandemia es doble: “Por alzar la voz, por protestar cívicamente en Nicaragua, hemos tenido que venir a pasar dificultades a otro país”, lamentó.

Alias “La flaca”

Molina es licenciada en Lengua y Literatura. Antes de la rebelión de abril, era maestra del preescolar “Ángeles de Dios” en Carazo. De hecho, ella fundó el colegio con sus ahorros de toda una vida. Pero cuando la matrícula superó los 60 niños, “el secretario político del FSLN presionó para volverlo un centro público”, afirmó.

Semanas después, el departamento de Carazo se convertiría en un bastión de resistencia con los tranques ciudadanos de la protesta autoconvocada contra la represión estatal. Desde entonces, Molina es conocida como alias “La flaca”. Se sumó a las marchas “desde los primeros días”, dijo. Muchas noches veló junto a su hijo en el tranque del barrio La Libertad, y “a veces en el tranque San José en Jinotepe”.

Madre e hijo se convirtieron en perseguidos políticos, en especial el joven de 14 años, quien vio cómo Josué Mójica fue asesinado en una barricada. El hijo de Molina también fue herido de bala en la pierna.

Una de las razones que impulsaron a esta familia a exiliarse fue que la jueza del Distrito Penal de Audiencia de Diriamba, Carolina Urbina, giró una orden de captura contra el joven. Lo acusaba de “terrorismo, golpe de Estado, tortura en perjuicio del Estado, vandalismo y narcotráfico”.  Luego de ocultarse en Nicaragua, madre e hijo se sumaron a la caravana de migrantes centroamericanos. Fue una larga travesía de meses.

“Me parecía un sueño haber salido del país de la noche a la mañana, sin nada, sentía que lo había perdido todo, no lo creía, me partió el alma haberme ido”, describió Molina. Aunque la familia logró establecerse en Estados Unidos, el advenimiento del Covid-19 dificultó más las cosas para ellos.

Hace seis meses, el hijo de Molina fue diagnosticado con diabetes de tipo 1. Las secuelas de la represión aún le pasa factura, y debe inyectarse insulina 4 veces al día. Después de un año de la llegada a Estados Unidos, la ayuda de unos misioneros religiosos acabó, y Molina debe salir a trabajar a las cuatro de la madrugada, y volver a las once de la noche, para solventar todos los gastos de medicina, alimentación y renta.

“Como migrante tengo que hacerlo”, sostuvo. Ya obtuvo un permiso laboral, pero tiene pendiente una audiencia frente a una Corte Federal que decidirá aprobar o vetar su solicitud de asilo.

El día que fue hospitalizada dejó a sus hijos solos en el apartamento. Su mayor temor era dejarlos “para siempre”. En la sala de emergencia fue diagnosticada con síntomas semejantes a los del Covid-19, y fue enviada a reposo en total aislamiento a su casa. “Pasé 3 días sin ver a mis hijos bajo el mismo techo”, relató.

La mujer considera que su “talón de Aquiles” es dejar a sus hijos solos en un país como Estados Unidos. “Cuando me enfermo solo pienso que ellos quedarían solos en este país, sin nadie”, expresó.

La solidaridad de la comunidad de nicaragüenses en Texas la apoyó para poder hacerse la prueba del coronavirus, la cual tiene un costo de 140 dólares. El resultado fue negativo. Su diagnóstico: “una infección pulmonar”. Ahora tiene 3 razones para quedarse en casa: su enfermedad, la de su hijo, y su trabajo de alta exposición. Pero aunque no debería salir de casa, lo hace porque la necesidad no le da tregua.

“Tomaré medidas de prevención en mi trabajo”, aseguró. En su bolso lleva ambroxol, acetaminofén y antibióticos para hacer frente al cansancio y la tos que le fatiga. Las nebulizaciones la hacen sentir mejor, pero necesita descansar más. Cuatro horas diarias de descanso no son suficiente. Y aunque el Covid-19 es una pandemia global, padecerla en un país ajeno en posición desfavorable, puede hacer la diferencia, según ella.

Pese a todo y al Coronavirus, Molina no se arrepiente de haber participado en las protestas contra el régimen Ortega-Murillo.

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