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Análisis | CELAC y OEA: las dos Latinoaméricas

La cumbre de México dejó en evidencia, más que nunca, la polarización política del subcontinente entre los gobiernos liberales y los populistas

“Ponga la fecha para un debate”. Lo dijo el presidente Nicolás Maduro a su par de Paraguay, Abdo Benítez, quien le reclamaba por su legitimidad democrática al frente de Venezuela. Esas palabras resonaron el sábado en la cumbre de la CELAC y volaron por las redes sociales, los portales de noticias y los canales de TV a todo el mundo. Fue solo uno de los disparos que cruzaron los dos bandos en que se han dividido los gobiernos de la región. De un lado Maduro y otros cercanos al populismo de izquierda. Del otro, los liberales como Benítez y el uruguayo Luis Alberto Lacalle Pou, quien había lanzado la primera piedra en los micrófonos del Palacio Nacional de Ciudad de México: “En determinados países no hay una democracia plena y no se respeta la separación de poderes (…). Vemos gravemente lo que ocurre en Cuba, Nicaragua y Venezuela”, dijo.

La sexta reunión de presidentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, realizada el 18 de septiembre en México, dejó en evidencia esta polarización a la que ningún mandatario parece escapar. Se trata de dos modelos para Latinoamérica bien diferenciados, cuyo enfrentamiento ha salido a la luz en el siglo XXI. Aunque con matices, sus identidades podrían resumirse en el grado de acercamiento o lejanía de Estados Unidos.

Esa relación con la superpotencia mundial, siempre bajo la lupa para quienes ven allí más perjuicios que beneficios, llevó a que algunos plantearan en los días previos la cumbre de la CELAC como la oportunidad de crear una alternativa institucional a la Organización de Estados Americanos (OEA), sin Estados Unidos ni Canadá. Sin embargo, más allá de las intenciones del anfitrión, Andrés Manuel López Obrador, la declaración final firmada por los jefes de Estado quedó lejos de iniciar este camino, por las divisiones que quedaron de manifiesto.

Así, lo que al principio parecía una cumbre diseñada para avanzar en un nuevo eje latinoamericano, reforzado por la sorpresiva asistencia de Maduro más la activa presencia del presidente cubano Miguel Díaz Canel, terminó en un tímido pronunciamiento en el último artículo del documento. En él se respalda “el empeño para contribuir al fortalecimiento y posicionamiento de América Latina y el Caribe, en el actual contexto político regional y global”. Pero con una aclaración inmediata: “(…) sin detrimento de los grupos de concertación existentes, en temas de interés y relevancia para los Estados miembros de la Comunidad”. Esto puede leerse como una concesión del bando ‘oficialista’ (arropado por AMLO) a los ‘opositores’ (partidarios de la OEA) para que los enfrentamientos verbales no terminaran por hundir la cumbre.

En realidad, a nadie debería sorprender que la cumbre se haya convertido en un ring entre presidentes. El gobierno mexicano, que cerró así su presidencia pro tempore del organismo, había preparado un escenario para que florecieran las disputas. Primero cuando, en la cumbre de cancilleres de julio, anticipó sus intenciones de proponer a la CELAC como alternativa a la OEA. Y después cuando en los días previos a la reunión, AMLO tuvo a Díaz Canel como invitado especial de las celebraciones del Día de la Independencia de México. Ya el mismo sábado 18, cuando Maduro aterrizó en la capital mexicana sin previo aviso, los ánimos terminaron de crisparse.

Para el venezolano era una oportunidad única de recuperar protagonismo. Desde que en marzo de 2020 Washington ofreció una recompensa de 15 millones de dólares por su captura, acusado de terrorismo y tráfico de drogas, el mandatario chavista no había salido de Venezuela. Pero con AMLO como anfitrión no corría riesgos. Así que allá viajó Maduro, buscando revitalizar a la CELAC, fundada en 2011 -—ustamente en Caracas— bajo el influjo de su mentor, Hugo Chávez. Aquella vez 33 países se adhirieron para fortalecer “la integración de la región”. Diez años después, esa integración está aún lejos de concretarse. Tanto, que solo 17 presidentes acudieron ahora a la CDMX y ni siquiera se pusieron de acuerdo sobre qué país asumirá la presidencia pro tempore en 2022. Sin unanimidad, ese rol le cabrá finalmente a Argentina, cuyo jefe de Estado, Alberto Fernández, no participó de la cumbre, jaqueado por una crisis palaciega en su país. Incluso destituyó a su canciller cuando éste esperaba en el hotel de México el comienzo de la reunión.

Bajo este clima enrarecido las dos Latinoaméricas estaban condenadas a batirse a duelo. Así lo describió Rafael Rojas, profesor del Centro de Estudios Históricos del Colegio de México: “Al iniciar la reunión del máximo foro subcontinental con un ostentoso gesto de legitimación de Díaz-Canel, el Gobierno de López Obrador colocó el tono fuera del equilibrio y el pluralismo que demandaba la cumbre. A pesar de que México ha contribuido a la distensión en Venezuela, siendo sede del diálogo entre maduristas y opositores, y se ha distanciado mínimamente del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua, su torsión de la etiqueta diplomática en el espaldarazo a Díaz-Canel atiza el disenso regional”. Este analista internacional cuestionó así el papel que jugó AMLO en la cumbre: “Cualquier liderazgo regional que aspire a ser exitoso deberá colocarse por encima de los partidismos y sectarismos ideológicos”, dijo a El País.

Pero el presidente mexicano no parece haber pecado de ingenuo, sino todo lo contrario. Los aires electorales amenazan con traer otros perfumes hacia países gobernados por mandatarios que no comulgan con el neoizquierdismo de México o Argentina, ni mucho menos con el más rancio de Venezuela o Nicaragua. Hablamos de Chile, Colombia y Brasil, donde los candidatos de izquierda lideran las encuestas. Es decir que el bando pro CELAC y anti OEA podría fortalecerse tras las elecciones presidenciales en esos tres países.

¿Y en Estados Unidos cómo miran esta situación? Su presidente, Joe Biden, aún atribulado por la estampida de sus tropas de Afganistán, está decidido a enfrentar el desafío que le presenta China. Pero no en Latinoamérica, donde el gigante asiático tiene cada vez mayor presencia con sus empresas y sus capitales frescos, sino en el mismísimo patio chino: la región Indo-Pacífico. El pacto con Australia y Gran Bretaña le ha generado otro dolor de cabeza a Biden, ahora con Francia, que rechaza haber perdido un jugoso negocio de submarinos con Australia. Ante semejantes problemas, los movimientos de autonomía que ensayan algunos presidentes latinoamericanos no entran en la agenda urgente de Washington. ¿Aprovecharán Rusia y China esta ausencia estadounidense? Muchos en nuestra región se animan a responder afirmativamente.

Eso es cierto en muchos campos, como el de la diplomacia de las vacunas, un tema en el cual los mayores rivales geopolíticos de Washington han sabido marcar su presencia en la región. Sus Sputnik, Sinopharm y Sinovac han llegado a los brazos de millones de latinoamericanos.

Será por eso que en la cumbre de la CELAC la vacunación no estuvo entre los temas de disputa de los presidentes, teniendo en cuenta que ese tema se ha sumado a la larga lista de desigualdades que aquejan a Latinoamérica. En el documento final ellos hacen un llamado a “democratizar la producción y eliminar los obstáculos que dificultan el acceso justo y equitativo a las vacunas contra Covid-19”. Pero tristemente, esta muestra de integración entre los gobiernos quedó sepultada bajo el peso de los intereses ideológicos que los mandatarios prefirieron exponer en México, impulsados por su anfitrión.


*Cada semana, la plataforma latinoamericana de periodismo CONNECTAS publica análisis sobre hechos de coyuntura de las Américas. Si le interesa leer más información como esta puede ingresar a este enlace.


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