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Niñas y mujeres nicas anotan “golees” contra el machismo en La Carpio

Migrantes

En el barrio de histórica acogida de migrantes nicaragüenses en San José, una fundación promueve el fútbol para retar a la violencia de género


Cada sábado por la mañana “Martha” tiene una cita imperdible. Se pone su ropa deportiva, sus tenis, gorra y mascarilla para salir a buscar a sus compañeras. “¿Ya estás lista?”, va preguntándoles una a una, casa por casa, hasta formar un buen grupo de niñas y mujeres que van a jugar fútbol. El punto de reunión es una cancha en la que entrenan por un par de horas, sin que importe el inclemente sol. 

Después de sudar, toman un poco de aire, comen una merienda y se alistan para la segunda parte: la sesión psicosocial. El mismo grupo se traslada a la casa de una de las integrantes, en un callejón, a unos 200 metros de distancia. En el porche esperan las sillas acomodadas en círculo, una pizarra, un televisor y la facilitadora, que acaba de terminar de trabajar con el grupo cuyo turno es ahora el de ejercitarse. 

Así funciona la Fundación Golees, que usa el fútbol como retador de la violencia de género y el machismo en esta comunidad llamada La Carpio, al oeste de San José, la capital de Costa Rica. Es un asentamiento informal que históricamente ha acogido a migrantes nicaragüenses, la población extranjera más grande en el país.

En La Carpio, un asentamiento informal con alta población migrante, las niñas y mujeres juegan fútbol y participan de talleres psicosociales cada sábado. Foto: Indira Rojas | Confidencial

En La Carpio viven unas 25 mil personas, la gran mayoría de Nicaragua o de origen nicaragüense, incluyendo a “Martha”, una refugiada de 43 años que llegó en 2018. Es diseñadora gráfica industrial, estudiaba psicología y administraba un restaurante familiar, pero tuvo que salir de Nicaragua junto a su pareja por la persecución política hacia su familia, tras involucrarse en protestas. Ese año salieron decenas de miles de personas huyendo de la crisis sociopolítica y económica que persiste, tras la represión estatal de las masivas manifestaciones ciudadanas en contra del Gobierno.

“Martha”, refugiada nicaragüense de 43 años, integrante de Golees.

Un año después llegó “Lucía”, hijastra de “Martha”, de 19 años, junto con su niña de cuatro, también buscando refugio en el país vecino. Las dos entrevistadas solicitaron protegiéramos sus identidades y nombres, ya que aún temen por la seguridad de sus parientes en Nicaragua y prefieren que las autoridades gubernamentales nicaragüenses no sepan dónde están ahora.

Ambas se apoyan en su proceso de integración a la comunidad. “Martha” emprendió un negocio de venta de piñatas, empezó a relacionarse con sus vecinas y así llegó a enterarse de Golees. “Decía yo, ‘tengo 43 años, ¿y voy a jugar fútbol? ¡Uy, no!’, pero cuando miré a un montón de señoras de 60 años hacia arriba, pues, me entusiasmé mucho”, comenta. Luego se involucró también “Lucía”, que tenía pocas amigas, porque llegó justo antes de que empezara la pandemia de coronavirus y la recomendación a las personas de quedarse en casa. 

Al comienzo yo no quería, porque como en Nicaragua nunca podía, todos (los que jugaban) eran hombres, entonces, yo nunca jugaba ahí”, dice, pero eso cambió casi enseguida. “Cuando voy a jugar ya soy otra persona. Yo nunca sentí esa adrenalina”, asegura la joven.

La vida en La Carpio puede resultar un tanto familiar para los nicaragüenses recién llegados, porque el acento ‘nica’ se escucha en cada cuadra, porque las ventas de comidas típicas están en cada esquina, pero aún así al inicio no fue fácil adaptarse para “Martha” y “Lucía”. 

La Carpio: La exclusión y el estigma

En una pequeña cancha de La Carpio entrenan las integrantes de Golees. En la foto, “Lucía” juega con el balón mientras la entrenadora María Alfaro da instrucciones al resto de jugadoras. Foto: Indira Rojas | Confidencial

Con una única salida hacia la ciudad, rodeado por dos ríos contaminados, una planta de tratamientos residuales y un botadero municipal que se encuentra a la par de la cancha donde entrenan las integrantes de Golees, La Carpio es un sitio donde la marginación existe en lo físico, pero también en lo social, pues es víctima de una mala fama, en parte creada por los medios de comunicación que reportan principalmente sucesos violentos, y por los comentarios xenófobos en la sociedad costarricense, que se enfocan en los problemas de la comunidad: la violencia, la pobreza, el hacinamiento o la basura. 

“En Costa Rica la gente dice que los grupos de personas con condiciones socioeconómicas más difíciles son quienes reproducen más fácilmente la violencia y, también, en muchos casos, se asocia con un tema de nacionalidad”, explica Mónica Brenes, psicóloga del Servicio Jesuita para Migrantes que ha trabajado en La Carpio y que conoce de estos mitos. 

Pero La Carpio es más que eso, es también el lugar donde los habitantes han creado sus propias redes de servicios y negocios para satisfacer sus necesidades, donde han conseguido, poco a poco, el acceso a algunos servicios básicos o legalizar algunos de los terrenos, donde existen programas de asistencia, emprendimiento y formación social, como al que llegó Martha a aprender a elaborar piñatas y otras manualidades. “Es una comunidad que se ha forjado gracias al esfuerzo de las personas que forman parte de ella, a lo que habría que agregar el papel de las mujeres que ha sido y sigue siendo fundamental”, comenta Brenes.

Bajan denuncias de delincuencia en La Carpio

Los habitantes refutan el estigma social cambiando su realidad por cuenta propia. Randall Umaña, jefe de puesto de la delegación policial de La Uruca, distrito al que pertenece La Carpio, destaca el descenso en las estadísticas de incidencia delictiva en la zona. “Desde hace dos años para acá hemos visto una disminución continua”, asegura, atribuyéndola a las acciones estratégicas conjuntas de las autoridades de salud, seguridad y municipalidad, al trabajo de las organizaciones de sociedad civil, a un cambio en la misma población y también, en parte, a las medidas de restricción de movilidad en los últimos meses. 

En cuanto a la violencia de género, en particular incidentes de violencia intrafamiliar, contrario al estigma, la cantidad de denuncias anuales de violencia intrafamiliar en el distrito en que se ubica La Carpio no es la más alta del cantón. Según el Sistema de Emergencias 911, en La Uruca se registran anualmente más de 1000 denuncias de este tipo, frente a las 2800 que se registran, en promedio, en Pavas, el distrito de San José con las cifras más altas. 

Aunque no es propia de un sector socioeconómico o de una nacionalidad, la violencia de género sí existe en La Carpio, como un fenómeno complejo y estructural que alcanza todos los espacios en las sociedades machistas. 

“Desgraciadamente, para todas las mujeres, nuestra vida de una u otra forma ha estado marcada por situaciones de violencia por nuestra identidad de género, y creo que (en La Carpio) hay mucha apertura, muchas ganas de hablar y de tener estos espacios de mujeres, para mujeres y para poder compartir”, observa Brenes. 

Ser mujer en La Carpio

La mayoría de las integrantes de Golees son adolescentes y jóvenes. Foto: Indira Rojas | Confidencial

Esas mismas ganas de hablar, de empezar esa conversación, las sintió la trabajadora social Carme Salleras, cuando llegó por primera vez a La Carpio. La creadora y directora ejecutiva de Golees es una joven española de 28 años, exjugadora de Atlético de Madrid y expublicista. Llegó a Costa Rica en 2019, después de que le diera un giro radical a su vida y se convirtiera en educadora social. Fue así que llegó a San José, para realizar su proyecto de fin de grado y dio con la comunidad. “Decidí irme puerta por puerta, por todas las callecitas de La Carpio, hablando con las chicas”, recuerda. Desde entonces han pasado por la fundación unas 300 participantes.

“Hay un fenómeno que se llama la interseccionalidad: Ya las mujeres, por el mero hecho de serlo, estamos en situación de vulnerabilidad por encima de niños y hombres, pero si a esto se le suma una zona de exclusión social, una zona con altos índices de pobreza, con altos índices de violencia, de drogodependencias, etcétera, etcétera, son como capitas de cebolla que hacen que ser mujer en La Carpio sea bien complicado”, dice Salleras sobre la razón de ser de Golees en este lugar. 

“Aquí pasan cosas mágicas. Es el espacio donde ponemos nuestros cuerpos, nos reivindicamos como mujeres”, comenta mientras camina por la cancha donde entrenan semanalmente las integrantes. 

Anotando “golees” contra el machismo

Golees es un acrónimo que significa Género, Orgullo, Libertad y Empoderamiento de Ellas en la Sociedad. Resume bastante bien el objetivo de la fundación. “El fútbol es la excusa, trabajar con temas de igualdad de género, con promoción de los derechos humanos, de la mujer y el empoderamiento femenino, es la meta real”, describe su fundadora. 

En la práctica eso se realiza en dos momentos, la sesión psicosocial y el entrenamiento de fútbol. 

Golees cuenta con un equipo interdisciplinario conformado por educadoras físicas, trabajadoras sociales y psicólogas, pero lo más importante es la voluntad de las mujeres, niñas y adolescentes. “Cada sábado vienen aquí y ponen su cuerpo, su mente y su corazón”, agrega Salleras.

La fundadora de Golees Carme Salleras, de pie atrás del grupo y portando mascarilla roja, coordina una de las actividades del espacio psicosocial, que se lleva a cabo en el garaje de la casa de una de las participantes. Foto: Indira Rojas | Confidencial

Este sábado tocó hablar sobre la menstruación. Hubo espacio para reflexionar sobre cómo ve la sociedad ese proceso biológico, pero también hubo risas y anécdotas que muchas compartieron con franqueza. No hay vergüenza, tampoco distinción entre quiénes son mayores o jovencitas, ‘nicas’ o ‘ticas’.

“Hablamos de nuestro cuerpo, de cómo querernos, de cómo ayudarnos no solo físicamente, sino emocionalmente”, dice “Martha”. Para “Lucía”, lo más importante ha sido encontrar amigas y confidentes con las que compartir sus retos como madre joven, las alegrías, tristezas y también alguno que otro chiste de los que tanto le gustan.

La sesión de fútbol no es accesoria. Uno de los principales propósitos es reivindicar la cancha como un espacio del que las mujeres también son dueñas. Al inicio algunos hombres se molestaban al ver a las mujeres ocupándola, recuerda Salleras, pero ahora muchos llegan a curiosear, a echar porras a sus familiares y amigas. “Mi esposa siempre caminaba conmigo. Ella siempre me apoya, ahora yo la estoy apoyando a ella”, dice Geovanny Ayala, que asiste al entrenamiento de hoy junto con su bebé, que desde el cochecito ve a su mamá jugar y ejercitarse. 

“Estos niños y niñas que están creciendo viendo a sus mamás, a sus hermanas mayores jugando fútbol, el mensaje que reciben es que una mujer, al igual que un hombre, puede hacer lo que quiera en su vida, siempre con respeto, que es lo más importante”, reflexiona Salleras.

Las más pequeñas que llegan como espectadoras también se animan a patear el balón. Foto: Indira Rojas | Confidencial

El uso de prácticas deportivas o lúdicas para la educación social se pone en práctica en otros sitios del mundo y también en Costa Rica desde hace algunos años. Así lo cuenta la entrenadora de fútbol de Golees María Alfaro, una joven que creció en una comunidad parecida a esta y que encontró en el deporte su pasión y misión de vida. Cuenta que también entrena a mujeres en barrios de la zona de Alajuelita, por ejemplo, otro cantón de San José.

“Hay otras organizaciones que también se dedican a trabajar esta misma modalidad. El fútbol es como un gancho para las chicas, pero el trabajo más importante está detrás. Vivimos en comunidades donde, indudablemente, hay muchísimo machismo y violencia familiar, entonces, tratamos de trabajar primero con las mujeres”, cuenta Alfaro.

La meta final de Golees es que cada proyecto sea gestionado por la propia comunidad. Salleras aspira a que ella pueda continuar abriendo capítulos de Golees por todo el país, y que las mujeres de La Carpio se apropien de la conducción y continuidad de las sesiones. 

“Tenemos chicas que son supervivientes de violencia doméstica y que están siendo apoyadas por otras chicas que a lo mejor han vivido lo mismo. La idea es eso, que desde la colectividad hagan un cambio real en sus propias vidas y en la comunidad”, ejemplifica. 

A “Martha”, el fútbol le ha servido hasta para bajar de peso y mejorar su salud, ya que cuando llegó a Costa Rica desarrolló diabetes tipo 2. 

Nunca se imaginó ser parte de un equipo de fútbol, menos a su edad. Ahora es de las que se alista muy temprano y pasa recogiendo a sus compañeras para que nadie falte. “¡Ahora me siento tuani!”, dice, entre risas.

 


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