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Los nicas varados en Ciudad Juárez, donde el “sueño americano” se esfuma a un paso de EE. UU.

Migrantes

Las políticas migratorias les impiden entrar a EE. UU., el peligro les ronda en México, regresar a Nicaragua es volver al hambre y a la persecución


“¿Por qué a mí?”, exclama “Josué”, con la frustración atravesada en la garganta. “¿Por qué nosotras no pasamos?”, se pregunta “Liseth” mientras estruja una carpeta rosada cargada de documentos. “Joaquín” también está lleno de preguntas, de ‘por qués’. 

Los tres empezaron sus viajes en Nicaragua, por separado, hace varios meses, en busca de un sueño: llegar a un lugar seguro. Todos partieron un día 25 y todos se encuentran a más de 4000 kilómetros de distancia de las vidas que dejaron, en medio de lo que parece más bien una pesadilla que no termina. 

Su destino final era Estados Unidos, pero están en Ciudad Juárez, en Chihuahua, la ciudad mexicana que colinda con El Paso, Texas, a solo una parada de su destino, pero sin poder pasar, varados a causa del MPP, una política migratoria estadounidense que obliga a los migrantes que solicitan asilo en Estados Unidos a permanecer en México mientras responden su petición. 

“Nunca pensamos que nos fueran a rechazar”, se lamenta “Pedro”, mientras su esposa “Margarita” lo observa en silencio, sentada a su par. “Nos sacaron como corderos hacia los lobos”, agrega. El hermano de ella, “Martín”, sentado frente a la pareja en medio de un salón de culto evangélico convertido en albergue, remata: “Salimos de las llamas y estamos en el brasero”. El viaje emprendido desde el departamento de León, hace menos de un mes, se vio truncado por el Título 42, otra de las políticas estadounidenses para despachar a migrantes. Hace apenas unas horas habían llegado a Juárez y se entregaron a la patrulla fronteriza estadounidense para pedir asilo. No duraron ni hora y media en suelo estadounidense, pues fueron expulsados de vuelta a México. 

Como los más de 87 000 que salieron en 2021 de su país de origen, estos nicaragüenses quieren llegar a Estados Unidos para ponerse a salvo de la crisis sociopolítica y económica que persiste en Nicaragua desde 2018. No todos logran entrar. “Josué”, “Liseth”, “Joaquín”, “Pedro”, “Margarita” y “Martín”, al igual que otros cientos de nicaragüenses, han sido retornados a México, el país que atravesaron para llegar hasta la frontera de EE. UU. y en el que presenciaron secuestros, vivieron extorsión, robos, hambre, desolación. No pueden quedarse allí, tampoco pueden retroceder ni avanzar. 

Un equipo de CONFIDENCIAL viajó a Ciudad Juárez, México, para documentar las historias de los nicaragüenses que cada vez más se ven afectados por las políticas migratorias de EE. UU.: bajo el programa MPP, que ha impactado desproporcionadamente a los nicaragüenses; o bajo Título 42, cuyas expulsiones de nicaragüenses se sextuplicaron en 2021. Los entrevistados solicitaron resguardar su identidad por temor a sufrir represalias del actual régimen en Nicaragua, y por su condición de vulnerabilidad, al tratarse de migrantes en condición irregular en una ciudad desconocida y llena de peligros.

El viaje rumbo a Estados Unidos: “Pagar para sufrir”

Para “Joaquín”, “Josué” y “Liseth”, el miedo ha sido una constante durante los últimos cuatro años de sus vidas. Salieron huyendo de la represión del régimen de Ortega y el asedio perpetrado por simpatizantes del gobernante Frente Sandinista y agentes de la Policía Nacional. 

Habían participado en las masivas protestas ciudadanas de 2018 que demandaban la salida del poder de Daniel Ortega y el fin de la represión estatal. 

“Joaquín”, de 29 años y de la ciudad de Managua, trabajaba en una institución estatal, pero al mostrar su desacuerdo por los ataques letales del Gobierno contra los manifestantes, lo obligaron a renunciar, lo hostigaron los militantes sandinistas de su barrio, la Policía le detuvo constantemente para interrogarlo, y tuvo que moverse dos veces de casa. “Nuestro país ha cambiado demasiado, ya no vivimos en un país democrático”, lamenta.

“Josué”, de 25 años y de otro municipio de Managua, trabajaba en una planta industrial, pero tuvo que renunciar tras las constantes amenazas de un colega, militante del FSLN. “Podés anochecer, pero no amanecer”, cuenta que le advirtió una vez, solo por criticar al Gobierno en voz alta delante de él. 

A “Liseth”, de Matagalpa y de 36 años, la tenían “fichada” por haber participado en las marchas de 2018. Varios de sus familiares fueron perseguidos por la misma causa, y se exiliaron en Costa Rica. No conseguía trabajo por la crisis económica y porque los puestos disponibles en el Estado solo se conseguían con “aval político” del FSLN. En su cuadra, la hostilidad de los vecinos sandinistas y de policías también se le hizo insoportable, así que decidió enviar a sus dos hijos a vivir con la abuela en la montaña, y ella partió hacia Estados Unidos donde la recibiría una hermana.

Pagaron entre 4000 y 6500 dólares a sus “guías”, contactos de traficantes de migrantes que les prometieron llevarlos a su destino. 

“Fue pagar para sufrir”, dice “Josué”. En el camino se viaja “en camiones durante 29 horas de pie, 19 horas en la cabina de un tráiler”, recuerda “Joaquín”. Se ocultan en bodegas, en condiciones insalubres, se duerme sobre pedazos de cartón, bajo fríos intensos, se pasa varios días sin comer, sin bañarse. “Siempre había personas custodiando al grupo. Hacían uso de pistolas de choques eléctricos para que guardáramos silencio y que las autoridades de acá de México no nos descubrieran”, recuerda “Josué”.

“Josué” y “Joaquín recorren un lugar apartado al que fueron llevados para ser entrevistados en Ciudad Juárez. Foto: Alicia Fernández

“Liseth”, por su lado, temió por su integridad física y sexual todo el tiempo. No puede olvidar las miradas lascivas de los hombres que la acechaban, mientras ella temía lo peor. Fueron, además, víctimas de extorsión por parte de las autoridades mexicanas que les quitaron sus pertenencias y el dinero que traían consigo. Uno de los momentos más difíciles para “Joaquín” fue cuando presenció el secuestro de una joven nicaragüense que viajaba con él. Un hombre la sujetó del brazo, le gritó que llegaría “la Migra” para asustarla y la metió a un taxi. Poco después se enteraron de que los secuestradores pedían un “rescate” de 7000 dólares a los familiares de la joven, que afortunadamente fue liberada y llegó a Estados Unidos.

“Josué” recuerda el alivio que sintió cuando se entregó a la patrulla fronteriza en suelo estadounidense, por la ciudad de Río Grande. Pensó que el sufrimiento se acabaría. “Yo sentí seguridad, porque durante mi transcurso por México, el hecho de ser extranjero te pone en un estado de vulnerabilidad. Pero me topo después con una pared, que son las autoridades”, añade. Describe el trato dentro del centro de detención en Mc Allen como tortura psicológica. Padeció de covid-19 durante su estancia de 24 días sin acceso a ninguna asistencia médica, con luces incandescentes encendidas todo el tiempo, dentro de las “hieleras”, los cuartos donde encierran a los migrantes a bajísimas temperaturas. “Joaquín” también describe tratos inhumanos y humillaciones. “Cuando yo me entregué, lo primero que nos dijeron fue ‘¡Invasión, nos están invadiendo!’”, recuerda.

Las palabras que duele escuchar: “Fuiste beneficiado con el MPP”

Lo peor no fue el maltrato, sino la noticia que les dieron a ambos jóvenes cuando creyeron estar a punto de salir del centro para reunirse con sus familiares que los esperaban en EE. UU..  

“Cuando me llaman, yo con toda la alegría salgo a la puerta y un oficial me dice ‘Fuiste beneficiado con el programa MPP, quédate en México’”, cuenta “Josué”. “Nos sacan, nos dicen que vamos a ver un vídeo, que es la explicación del MPP. En ese momento yo me sentí desmoralizado completamente, porque todo lo que pasé, atravesé por México… Vengo huyendo de un país donde no puedo hablar y voy a hacer regresado a un lugar donde no puedo ni salir”, exclama afligido “Joaquín”.

“Josué” fue el único “beneficiado” entre 750 migrantes, “Joaquín” fue también el seleccionado de un grupo de 75. “Liseth” fue una de las dos escogidas para el MPP. A todos les preguntaron si tenían temor de ser retornados a México, dijeron que sí, pero de igual manera todos acabaron en Ciudad Juárez.

El puente de El Paso: Todos los días, decenas son “regresados”

Todos los días, a eso de las nueve de la mañana, un grupo de migrantes cruza el puente Lerdo Stanton que conecta a El Paso con Ciudad Juárez. Vestidos de suéter gris, caminan en fila en dirección hacia el sur, escoltados por oficiales del Instituto Nacional de Migración de México (INM). Son los “beneficiados” por el programa MPP o “Quédate en México”. CONFIDENCIAL presenció el retorno de los migrantes el pasado 2 de marzo y al preguntarles de qué países eran, varios contestaron que de Nicaragua. 

Una decena de migrantes, entre ellos varios nicaragüenses, camina por el puente Lerdo Stanton que comunica El Paso, Texas, con Ciudad Juárez, Chihuahua. Son solicitantes de asilo que Estados Unidos devuelve a México bajo el programa MPP. Foto: Alicia Fernández

La escena es representativa de las estadísticas. De acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), el 59.4% de los migrantes bajo los Protocolos de Protección al Migrante (MPP, por sus siglas en inglés) son nicaragüenses.

Esta política fue instituida por el Gobierno del expresidente Donald Trump que regresó a más de 70 000 migrantes a México entre enero de 2019 y febrero de 2021. Cuando el actual presidente Joe Biden llegó a la Presidencia terminó con el programa, sumamente criticado por organismos de derechos humanos ya que exponía a los migrantes a graves riesgos en México. Sin embargo, una decisión de la Corte Suprema revivió el MPP que entró nuevamente en vigencia en diciembre de 2021 y que suma, en solo el primer mes, a 673 migrantes bajo el mismo, de los cuales 400 son nicaragüenses, el resto son de Venezuela, Colombia, Cuba y Ecuador. 

El programa, hasta ahora, solo funciona en tres puestos fronterizos: El Paso, San Diego y Río Grande, pero la gran mayoría de retornos se da en El Paso, por lo que Juárez se ha convertido en la principal sala de espera de nicaragüenses.

Durante “MPP 1” eran más los migrantes retornados procedentes del Triángulo Norte centroamericano (Guatemala, El Salvador, Honduras), mientras que en esta nueva fase son, efectivamente, más nicaragüenses, confirma Santiago González, director de Derechos Humanos del municipio de Juárez, que trabaja en la coordinación de la asistencia humanitaria para estos migrantes. “Todos hombres, todos solos. No están mandando familias, niños, mujeres”, asegura. Sin embargo, CONFIDENCIAL entrevistó a dos mujeres nicaragüenses bajo el MPP, una de ellas es “Liseth”, que se aferra a la carpeta rosada que contiene los documentos de su trámite, esperando que eventualmente la dejen entrar a Estados Unidos. De un grupo de 40, las dos mujeres fueron las únicas seleccionadas para regresar a México bajo el MPP, asegura “Liseth”. “Es la constante con Estados Unidos, no hay explicaciones… cuando empiezas a ver un patrón, las cosas cambian”, añade González al enterarse de estos casos. 

CONFIDENCIAL escribió a la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés) y DHS para conocer si existe una razón en particular por la cual los nicaragüenses sean la mayoría de solicitantes de asilo bajo MPP, pero hasta la fecha de publicación no hubo respuesta. 

“Liseth” es una de quizá las únicas dos mujeres nicaragüenses bajo MPP, que hasta hace poco solo contemplaba a varones jóvenes. CONFIDENCIAL la entrevistó en un albergue para mujeres migrantes y personas menores de edad en Ciudad Juárez. Foto: Alicia Fernández

Para los ‘por qués’ de “Josué”, “Joaquín” y “Liseth” la única respuesta es la discrecionalidad de las autoridades migratorias al aplicar sus políticas y seleccionar a quienes pasan bajo el MPP. Pese a que los tres sufrieron persecución en Nicaragua y expresaron tener miedo de volver a México, les regresaron. 

“Pareciera que los agentes de Migración simplemente cierran los ojos y agarran el archivo al azar. Yo no he encontrado el ‘beneficio’ del programa hasta el momento, no sabemos el por qué, ni cómo hacen la selección”, se queja “Joaquín”.

González comenta que la cantidad de retornos bajo MPP va en aumento: si en los primeros días de diciembre llegaban una o dos personas al día, ahora llegan unas 12 personas. Considera que esta fase, “MPP 2” es más ordenada que la anterior porque hay un límite de 35 personas que pueden recibir por día y la estancia de esas personas debe ser de máximo seis meses. 

En abril próximo la Corte Suprema de EE. UU. sostendrá audiencias para evaluar el futuro del MPP y se espera que la decisión llegue en julio. Mientras tanto, los migrantes seguirán siendo forzados a quedarse en sala de espera.

“Nosotros venimos huyendo de la inseguridad en nuestro país, buscando refugio a un país democrático, y nos trasladan al país donde nos tocó sufrir por esta travesía. Para mí el sueño americano no existe. Hayas sufrido persecución, secuestro, tortura en México, igual te regresan, a ellos (los agentes migratorios) no les interesa tu sufrimiento”, exclama Josué, que cuenta que lloró de la angustia cuando supo que sería enviado a Juárez.  “Yo no quiero que el día mañana llamen a mi mamá y le digan que tiene que pagar 7000 dólares porque su hijo está secuestrado”, agrega.

La espera en Ciudad Juárez: refugio y peligro

La desértica Juárez es una ciudad de contrastes. De frío y de calor. De hermosos y límpidos cielos azul profundo y de paisajes grises. Es un espacio de cultura y calidez humana, pero también de peligros. La céntrica Avenida Juárez está llena de rostros: en un enorme mural luce, colorido e imponente, el del artista Juan Gabriel, “El Divo de Juárez”; en los postes, vallas y paredes, los de personas desaparecidas. Víctima de los carteles del narcotráfico, de tratantes de personas, de otros tipos de delincuencia y de la corrupción, Juárez es una de las ciudades más violentas del mundo en un país en que cada vez son más frecuentes las denuncias de secuestros de migrantes.

El puente internacional Lerdo Stanton entre México y Estados Unidos, visto desde Ciudad Juárez, Chihuahua, México, por el que las autoridades estadounidenses devuelven a decenas de migrantes cada día. Foto: Alicia Fernández

Por eso “Joaquín”, “Josué” y “Liseth” tienen tanto miedo. “Joaquín” llegó al albergue hace un mes y desde entonces nunca había salido a la calle, sino hasta el día que accedió a brindar su testimonio a CONFIDENCIAL

“Josué” cuenta que sí ha salido por mandados necesarios, pero lo hace con mucho temor. “Por mi acento, al escucharme hablar me identifican, eso ha llenado más mi vida de temor, ya no quiero ni salir porque no sé con quién me topo… aquí hasta un taxista te puede entregar a un secuestrador, aquí la Policía te puede entregar a un secuestrador, inclusive, frente al albergue ya mataron a un muchacho, él iba caminando por la acera y pasó un vehículo y lo acribilló”, narra.

“Liseth” tampoco sale a la calle, a menos que sea acompañada por alguien de su albergue. “Es cierto que estoy bien, gracias a Dios, en este refugio, pero yo tengo temor de estar aquí, estoy encerrada”, dice.

“Joaquín” y “Josué” también agradecen a los mexicanos que les han ofrecido abrigo en Juárez, en otro de los 23 albergues que funcionan en la ciudad, pero no se resignan a quedarse, y es más grande su clamor y la urgencia por cruzar a EE. UU.  “Yo no dejé a mi familia por venir a que me maten aquí, amanecer el día de mañana en una calle de Juárez solo porque sí. Yo aquí no le debo nada a nadie y, sin embargo, sé que corro más peligro que cualquiera, eso no lo toma en cuenta el Gobierno norteamericano… ¿En qué lógica se basan ellos para enviarnos a nosotros como migrantes, después de haber pasado todo lo que pasamos, enviarnos a uno de los países que más dolor nos ha causado?”, cuestiona “Joaquín”.

Título 42: Nicaragüenses expulsados y a la deriva

Todos los días, muy cerca del Monumento a la Mexicanidad, conocido popularmente como “La X” (es una letra equis roja de 64 metros de altura), un grupo de migrantes camina hasta llegar a la enorme valla metálica que separa a Juárez de El Paso. El punto exacto es donde se ubica un portón que, a eso de las nueve de la mañana, se abre del lado estadounidense para dar paso a una van y a los agentes de la CBP que se bajan y empiezan a recibir a los migrantes que llegan para “entregarse” y pedir asilo.

nicaragüenses varados en Ciudad Juárez
Un grupo de migrantes se entrega a las autoridades migratorias estadounidenses en la frontera entre México y Estados Unidos por Ciudad Juárez. Foto: Alicia Fernández

Allí llegaron el 3 de marzo, desde la ciudad de León, los esposos “Pedro” y “Margarita”, junto con el hermano de ella, “Martín”. Los trasladaron en la van, les tomaron sus datos, una foto y sus huellas dactilares, les pusieron un brazalete morado con un número y los regresaron a Juárez sin mayores explicaciones.

“Pedro” y “Margarita” salieron de Nicaragua abrumados por la situación política y económica. Él trabajaba en construcción y ella en una zona franca. Antes habían migrado por temporadas a Costa Rica, pero la situación económica en ese país “se puso mala” y no hallaban empleo allí. En León intentaron poner una pulpería, pero no les fue bien, tampoco conseguían ningún trabajo ni apoyo del Gobierno, por no ser del FSLN. “No tenemos orden de captura, pero saben que somos rebeldes, que no estamos con el presidente”, dice “Pedro”. “Martín” trabajaba en una institución del Estado, aunque tampoco simpatizaba con el régimen de Ortega. Cuenta que renunció porque se sentía explotado, cada vez le exigían más y más horas de trabajo, y más apoyo absoluto al partido de Gobierno. Se cansó y se unió al viaje de su hermana y su cuñado. Nada de eso les preguntaron en Estados Unidos. En menos de dos horas habían sido expulsados bajo el Título 42, oyeron decir a otro de los migrantes rechazados. Los llevaron a uno de los puentes que conectan a El Paso con Juárez y caminaron hasta llegar a territorio mexicano, donde nadie les recibió ni tomó sus datos. Simplemente entraron y caminaron unos 400 metros más, hasta llegar a una oficina de Gobierno donde les indicaron cómo dar con un albergue. 

CONFIDENCIAL los entrevistó un par de horas después en ese lugar, un salón de culto evangélico cuyo segundo piso es un refugio improvisado para migrantes, sacudidos aún por su infortunio. 

nicaragüenses varados en Ciudad Juárez
Una familia de León en entrevista con CONFIDENCIAL en una iglesia evangélica habilitada como albergue para migrantes. La familia fue rechazada por Estados Unidos bajo el Título 42. Foto: Alicia Fernández

Título 42 es un estatuto de salud pública y bienestar en Estados Unidos que existe desde 1944 y que permite al Gobierno evitar la entrada de personas durante emergencias de salud pública. Desde marzo de 2020, cuando empezó la pandemia, el expresidente Trump ordenó -supuestamente para evitar la propagación del coronavirus- la expulsión de más de un millón de migrantes bajo ese estatuto, en medio de una crisis en la frontera sur con la llegada masiva y sin precedentes de migrantes de distintas nacionalidades. Durante el actual Gobierno, el uso del Título 42 sigue en pie. No se trata de deportaciones, sino de simples rechazos tras los cuales los migrantes terminan de vuelta en México o enviados a su país de origen en avión

Aunque los nicaragüenses son menos del 1% del total de expulsados bajo esta política migratoria, hay un incremento notorio: en 2020 apenas 705 eran rechazos de nicaragüenses bajo Título 42, y en 2021 esa cifra se sextuplicó y llegó a 4563. Para enero de 2022 ya sumaban 149 los rechazos de nicas. La mayoría de estas expulsiones ocurren en Texas. 

nicaragüenses varados en Ciudad Juárez

Reportes periodísticos estadounidenses informaron que el Gobierno de Biden actualmente debate a lo interno sobre la posible eliminación del Título 42 en las próximas semanas, ante las críticas severas de defensores de derechos humanos que señalan que esta política impide a los migrantes, de manera ilegal, la posibilidad de solicitar asilo.

nicaragüenses varados en Ciudad Juárez
Algunos migrantes optan por entrar a Estados Unidos por puntos ciegos de la frontera, caminando por zonas desérticas de Ciudad Juárez en las que se van despojando de su ropa y juguetes. Foto: Alicia Fernández

Esta familia leonesa también tiene miedo de quedarse en México. Sufrieron extorsión por parte de autoridades mexicanas y fueron abandonados a su suerte por los “polleros” durante el viaje dentro de un tráiler en el que permanecieron varias horas hasta ser rescatados por vecinos de la zona. Llevaban tres noches sin dormir cuando se entregaron y no saben si podrán dormir en las que vienen. “Yo me siento aquí peor que en Nicaragua, por los carteles, y a uno lo ven que es extranjero y de una vez le cae la Policía encima, al extranjero lo ven como que hay que estafarlo”, se lamenta “Pedro” y agrega, afligido, que necesitan buscar dinero para mandar a sus dos hijos que quedaron con la abuela. Además, deben pagar el préstamo que hicieron para el viaje. “Dios nos ha dado la fuerza para no llorar. Tenemos desesperación, pudimos haber hecho algo con ese dinero, levantar una casita. Nos quedamos sin el santo y sin la limosna”, dice y luego se queda pensativo. Algunos migrantes hacen un nuevo intento de ingresar a suelo estadounidense por algún punto ciego del muro, en el desierto, donde dejan abandonadas sus ropas, zapatos y, los más pequeños, sus peluches. Otros, viajan hacia diferentes puntos fronterizos para volver a “entregarse” a las autoridades estadounidenses. “Pedro”, “Margarita” y “Martín” todavía no saben qué harán.

Ciudad Juárez, dicen algunos de sus habitantes, es una ciudad que invita a ver el cielo. A “Pedro”, como buen creyente, le tocará ver hacia el cielo y esperar a que surja una solución, porque ver hacia atrás, hacia el país que dejó, no es una opción. 

Cobertura especial a cargo de: Cindy Regidor, Tim Rogers y Alicia Fernández. Agradecimiento especial a Gerardo Nava.

 


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