Economía

Los pequeños negocios que sobreviven y crecen con el microcrédito

Cinco historias de éxito: Vendiendo carbón en Masaya, zapatos en Costa Rica, plantas en Ocotal, repuestos en Managua, y una pulpería en Tisma

En un poco más de tres años, el desplome del sector de microfinanzas dejó sin cobertura a casi 300 000 clientes de todos los rubros, tamaños y ámbitos de la geografía nacional, y sin ingresos, a un número similar o mayor de personas en todo el país.

“A diciembre de 2017, atendíamos unos 600 000 clientes, y ahora casi un 50% menos. Dejar de atender todos esos negocios representa un daño enorme para una economía tan informal como la nuestra, además que disminuyó el flujo de dinero circulando”, aseguró Julio Flores, presidente de la Cámara de Microfinanzas de Nicaragua (Asomif).

La recesión económica que comenzó en abril de 2018, cuando la represión gubernamental asesinó a más de 300 personas y frenó de golpe el dinamismo del país, derivó en una depresión económica que llevó al cierre de miles de empresas, y la destrucción de centenares de miles de empleos.

Pero no todos fracasaron o se limitaron a subsistir.

En medio de ese mar de esperanzas perdidas, también hay historias de microempresarios que tuvieron suerte, que trabajaron más, que no dejaron de honrar sus deudas, y que creyeron que eran capaces de seguir adelante, ganando poco o ganando mucho más que antes, y que siguen de pie, pese a la crisis económica y social que los cerca por todos lados.

Este es el testimonio de cinco pequeños negocios que sobreviven y progresan con el crédito de las empresas de microfinanzas.

Viviendo de las plantas

Sofía Guerrero, de Catarina, es una mujer de 57 años que tiene más de medio siglo de vender plantas, pues comenzó a ayudar en el negocio familiar desde que tenía seis años. Cinco décadas haciendo lo mismo, le permitió pasar de una época en que se levantaba a la 1 de la mañana para viajar en bus hacia Chinandega con un canasto lleno de plantas, a poseer una camioneta, un camioncito, y más de media docena de casas: la suya, las que construyó para cada uno de sus cinco hijos, más las que alquila.

La clave para dar ese salto económico es el microcrédito, al que accedió hace unos 20 años, cuando comenzó a trabajar con Finca, y luego ProMujer, FAMA, y Alternativa, hasta llegar a FDL.

La venta de plantas en Catarina es el negocio de Sofía Guerrero. Foto: Cortesía

“Los préstamos me han ayudado mucho a prosperar, porque he sabido administrar el dinero: la mitad, para mejoras, la otra mitad, en el negocio. Nosotros compramos y sembramos plantas, aunque también compro muebles en el taller de mi hermano, y en otros talleres”, relató.

A pesar de vivir en un lugar tan pintoresco como Catarina, doña Sofía no tiene un tramo propio donde exhibir y vender sus productos, porque de todos modos, ella no depende de los turistas nacionales y extranjeros que llegan por miles hasta ese lugar. Lo suyo es cargar el camioncito que compró hace varios años por 8500 dólares, juntando los 6000 dólares de un préstamo que un hermano suyo obtuvo en Ficohsa, con los 2500 que ella había podido ahorrar.

Aunque no niega los efectos de la recesión económica, y de la pandemia de covid-19, Sofía no ha dejado de ir a los departamentos a vender, recordando que en 2018 fue “a Laguna de Perlas, a Kukra Hill, donde hice una venta muy grande, y logré pagar mis abonos, porque yo cuido mucho mis créditos”.

Cuenta que, aún con la pandemia, ha ido a vender a Ciudad Rama, Nueva Guinea, Ocotal, Jalapa. “La gente a la que le gustan las plantas, te compra una y otra vez”, además que su precio no es muy alto: 80 a 100 córdobas, explicó.

Lo que sí ha bajado es la venta de muebles, porque muchos de los que le compran son receptores de remesas o jubilados. Aun así, ella tiene clientes a los que entrega muebles en sus casas, aunque las órdenes de compra las hacen familiares de esos clientes que viven en Estados Unidos, Panamá o España, desde donde le hacen los pagos vía remesa.

Los repuestos crecen en medio de la crisis

Hansell Maltez, en Managua, dueño de Motorrepuestos Emanuel, también tiene su propia historia de éxito, al pasar de ser empleado de alguien más, a ser dueño de un negocio que vende repuestos de motocicletas, y posee su propio taller de reparación.

“Comencé en esto hace seis años. Antes, trabajaba en Masesa, vendiendo repuestos en el norte y centro del país. Después, fui vendedor rutero con un camión por toda Nicaragua. Un día, regresando de Granada, me secuestraron y me soltaron en un cauce en Ticuantepe, así que le tomé miedo a la ruta, además que en esos días, leí de asaltos similares en otras rutas”, detalla.

De pronto, se percató que conocía a los proveedores, y ya sabía lo que la gente buscaba, así que decidió intentarlo por su cuenta. Vendió su Honda Civic en 3000 dólares, y juntó el dinero con otros 2000 dólares que su mamá obtuvo en préstamo, para comenzar a recoger pedidos, comprar los repuestos, empacarlos y enviarlos como encomiendas por medio de los buses de transporte interurbano, hasta que se le ocurrió poner un punto en Managua para vender al detalle.

Buscó y rentó un pequeño local. Luego, decidió alquilar uno más grande, que costaba mucho más, “y ese fue el boom. Comencé a vender repuestos, y puse el taller de motos, lo que aumenta la venta de repuestos”, confirma.

En paralelo, fue haciéndose un nombre en el mundo de las microfinanzas. Si al inicio, era su mamá la que sacaba los créditos para él, “porque no me conocían”, la legalización de su negocio le permitió acceder a su primer crédito por 1500 dólares, que invirtió y pagó en seis meses.

Después obtuvo otros 3000 que pagó en 12 meses. Luego, uno de 5000 dólares, “pero con fiador”, hasta que Fundeser consideró que podía darle 10 000 dólares, que él usó para inventario, esforzándose por pagarlos antes del plazo dado.

Con la crisis de 2018, vio cómo se cerraban las calles, y sintió miedo ante la posibilidad de que saquearan su negocio, pero jamás tuvo que cerrar, mientras veía que otros fracasaban, porque no tenían ni para pagar la renta.

La pandemia declarada en 2020 tampoco le hizo mella, al punto que “pude abrir otro local, porque llegaban más clientes y tuve que contratar más trabajadores: si antes tenía un mecánico, ahora tengo seis”, declara.

De cara al presente año, refiere que “mi esposa y yo, mis amigos y familiares, nos preguntamos qué podrá pasar en este año electoral, porque tratamos de ser prudentes. Pensaba abrir un negocio para importar mis propios repuestos, pero mejor vamos a esperar”.

Una empresaria, vendiendo carbón

Hace 16 años, Azalia García era una obrera de zona franca, con un hijo de seis meses, al que no quería dejar al cuido de otras personas. Hoy, es una empresaria que vende leña y carbón en Masaya, que cuida motos y bicicletas, y alquila una bodega a una amiga.

Cuando decidió emprender, habló con su esposo, que se financiaba con ProCredit, pero le dijeron que no podían ofrecerle menos de 3000 dólares, y ella quería unos 17 000 a 20 000 córdobas (alrededor de 1000 a 1200 dólares en 2006). Después de un par de años, cambió de empresa.

“Me fui a FDL con mi récord crediticio, y ellos no dudaron en abrirme las puertas, poniendo el préstamo a mi nombre, no de mi esposo. Solo el primer año me pidieron un fiador. Después de eso, ya no. Yo cuido mi récord crediticio, y nunca me han reclamado por nada”, asegura.

Azalia García se dedica a la venta de carbón. Foto: Cortesía

Ni siquiera en 2018 incumplió sus obligaciones crediticias. Recuerda que capeaba los tranques para ir a pagar, mientras otros pedían reestructuración y plazos.

Gracias a esa cultura de pago, pero también a un espíritu emprendedor, Azalia se mantiene firme. Durante 2018 “las ventas se bajaron, pero la gente siempre venía a comprar. Yo vendí granos básicos, verduras, queso, crema, huevos (al por mayor y menor), y tengo un parqueo para unas 100 motos diario, más bicicletas. Cuando el mercado cierra, yo sigo atendiendo”, asegura.

Eso le permitió terminar de pagar su préstamo en 2020, y sacar otro en marzo de 2021, por 4100 dólares, para surtirse de carbón (100 sacos llenos de carbón cuestan 16 000 córdobas, y el precio puede subir a 22 000), y leña, y para hacer mejoras en la casa, que “era de tabla, se estaba cayendo”.

Ahora está construida con piedra cantera y perlines. Tiene portones, tapia, y construyó una bodega que alquila a una amiga. “La gente cree que el carbón no genera, pero con esto he mantenido a mis hijos, que ya sacaron títulos técnicos; tengo un TV de 50 pulgadas, y el varón me pidió una moto. Nunca he sacado un aparato al crédito en ninguna casa comercial”, se ufana.

“Hay días buenos y malos. Cuando son buenos, ahorro. Cuando son malos, ajusto para la comida e invierto el resto, pero ahorita estamos en suspenso por las elecciones, porque esto se va a poner feo. Andan diciendo que los bancos van a caducar, pero caduca el que no tiene su mente buena”, concluye en referencia a quienes hacen mal uso de los préstamos.

 Vendiendo zapatos en Costa Rica

Hollman Torrez se metió al negocio familiar de la zapatería en 1984 “por responsabilidad”. Casi cuatro décadas después, es dueño de su propio taller, y sus zapatos se han vendido en Costa Rica y Panamá.

A inicios de los años 90, sacó su primer crédito con Chispa, que tenía grupos solidarios de cinco personas. Con el tiempo, los promotores le ofrecieron financiamiento para él solo, después de comprobar su capacidad de pago, y de inspeccionar sus talleres.

A inicios de este siglo comenzó a trabajar con FDL, usando los préstamos para mejorar su casa, construir un taller formal, comprar equipos, hormas, motores, y contratar a doce trabajadores en determinado momento. Hasta que llegó 2018. Y 2020.

“La pandemia es lo más pesado que me ha pasado desde que tengo este taller. Eso, más la situación del país, nos tiene a muchos tirando la toalla. Yo he podido seguir, porque tengo una situación sólida, y un mercado establecido que ya me conoce, pero si esto sigue así, quien sabe si terminamos el año”, advierte.

Las tiendas que venden zapatos usados, son una alternativa cómoda para resolver la necesidad de calzado a menores precios. Foto: Cortesía

Su problema se ve agravado porque “se disparó el precio de la materia prima, y la gente de las tiendas de los mercados no acepta precios más altos”.

Mientras por un lado aumentan los precios, por el otro caen las ventas. Torrez refiere que él tenía una clienta que le compraba 100 pares de zapatos y se los pagaba de inmediato, pero esa clienta está pensando en cerrar -porque ya no vende, mientras debe enfrentar altos costos de alquiler y electricidad- y quizás dedicarse a vender comida o batidos, porque solo está ganando para comer, y pagar los gastos del día a día.

“Yo trato de convencerlos para que no se desmoralicen y no tiren la toalla”, relata recordando que, de aquellos 100 pares de zapatos, ahora solo le recibe 20 pares, y al crédito.

“Yo le he dicho a mis clientes: si sobrevivimos a la pandemia, el próximo año nos vamos a reponer, porque los que tienen plata la tienen retenida, esperando que pasen las elecciones. Siempre pasa lo mismo, y este año será peor por la pandemia. Creo que sobrevivirá el que sea más fuerte, y tenga más mercado y capital, aunque sea de las microfinancieras” sentenció.

Una pulpería en Tisma

Haber estudiado hasta el tercer año de Administración de Empresas, y tener acceso al crédito, permitió a Máryuri Gutiérrez pasar de atender un kiosco en un colegio, a manejar una pulpería en Tisma, cuya mercadería básica se expande conforme a las temporadas del año.

“En 2006, comencé a trabajar con créditos pequeños que nos daban en Usura Cero, pero dejé de usarlos porque los plazos eran muy cortos, y después los recortaban sin previo aviso”, por lo que presentó una solicitud en FDL, donde le dieron 20 000 córdobas en préstamos que fue renovando, hasta que la confianza generada le permitió obtener 5000 dólares para comprar mercadería para la tienda, y pacas de ropa usada.

Las pulperías son uno de los negocios más comunes, que no solo generan empleos, sino que también facilitan el día a día de los consumidores. Foto: Cortesía

Hasta que llegó 2018, y se encontró con que “no podíamos salir. No podía ir a Masaya a comprar”. Ni a pagar, de modo que comenzó a viajar hacia Tipitapa, para pagar en la sucursal local, agradeciendo que “FDL no nos cobraba mora, porque entendía que no es que no quisiéramos pagar, sino que no podíamos”.

Viajando en compañía de su esposo, aprovechaba para comprar mercadería y alimentos para revender, pues “de nada nos sirve tener el dinero, y no tener productos. Había una señora que medio nos surtía, pero me quedaba la duda de si dejar eso para alimentar a la familia, o mantener el negocio y pagar las cuotas”, recuerda.

Desde el inicio de la pandemia de covid, “la gente tiene miedo, está sin trabajo, y los que siembran están perdiendo, porque no hay precios para sus productos, pero deben pagar sus préstamos, porque los bancos no les van a perdonar las deudas, ni a esperarlos, así que corren el riesgo de perder sus casas”, relató.

Su negocio se mantiene “con lo poco que logramos vender. Yo vendo y reinvierto mis ingresos”, pero también gracias a lo que aprendió en la universidad, que le permite “elaborar balances, estados de resultados, saber manejar la existencia de productos, y cómo promoverlos ante los clientes”.

Recuerda que, mientras trabajaba con el dinero del préstamo que tenía vigente a finales del año pasado, en diciembre de 2020 le informaron que podía conseguir un préstamo exprés, para invertir en la temporada navideña, así que sacó 2000 dólares, que usó para comprar pólvora, y lo pagó en el plazo establecido, que era de un mes.

Ahora, solo espera que el proceso electoral sea tranquilo, y que no haya más cierre de maquilas.

Su esperanza con respecto a las votaciones, es “que la gente no salga a protestar, porque si esto se descompone, ya no vamos a ser el segundo país más pobre de América Latina: vamos a ser el primero. Esto es preocupante, es desesperante”, exclama mientras ruega que no haya más desempleo, en especial, en las zonas francas que “generan más de la mitad del empleo. Si las cierran, esto será peor”.


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