Economía

Los empleos que se perdieron y los que se reinventaron con la covid-19

Seis historias: Un jubilado, un trabajador de turismo, uno de una empresa extranjera, un empleado "online", una empresa familiar, y una barbería

Armando” es un jubilado que, de vez en cuando, conseguía trabajar unos turnos adicionales como mesero en la ciudad de Granada, para procurar ingresos que le permitieran ayudarse a cubrir los gastos del hogar. Esa opción desapareció cuando reventó la noticia del primer contagio de la covid-19 en el país, y lo dejó dependiendo enteramente de su escuálida pensión del INSS.

Ante la indolencia oficial en el manejo de la emergencia sanitaria, las empresas, organizaciones de sociedad civil y familias decidieron quedarse en casa, lo que frenó de golpe la economía nacional, como lo muestra el PIB mensual y trimestral; la recaudación de impuestos, y la destrucción de empleos formales, (medida por el número de afiliados a la Seguridad Social e informales.

Las estadísticas muestran que, hasta septiembre de 2019, había 716 500 cotizantes al INSS, y que ese número comenzó a crecer de forma paulatina durante cinco meses (con la excepción de diciembre de 2019), hasta cerrar en 742 600 en febrero. En marzo comenzó un declive que frenó en agosto y, a pesar de cinco meses de incrementos, los 723 200 afiliados que se reportaron en diciembre de 2020, representaban una caída de 19 400 personas (2.6%).

Esos números llevan implícitos miles de historias de trabajadores que perdieron sus empleos, que tuvieron que ejercer mal pagados oficios que no eran los suyos, así como algunos que finalmente lograron conservar el empleo, sacrificando parte de su salario en el proceso.

Uno de ellos es “Andy”, un capitalino que cruzó la frontera sur en 2018, buscando en otras tierras la seguridad que no había en la suya. La pandemia lo encontró laborando en un hotel, empleo en el que tuvo que aceptar una rebaja del 77%, y trasladarse a vivir en una de las habitaciones, a modo de compensación y apoyo de su empleador, situación que persiste hasta hoy.

“Marcos” tuvo un poco más de suerte. La empresa norteamericana para la que trabajaba desde El Salvador, le mantuvo el salario por cuatro meses, porque no podía repatriarlo a Nicaragua hasta que se reabrieran las fronteras. Cuando eso pasó, le dieron las gracias y lo enviaron al país, donde permanece a la espera de conseguir un empleo… aunque no sea tan bueno como el que perdió.

Tres empleos online

CONFIDENCIAL también conversó con tres nicaragüenses a los que la pandemia no los golpeó tanto. De hecho, algunos están mejor ahora, que como estaban hace un año.

Es el caso de Óscar Meléndez, que a marzo del 2020, laboraba en un call center, en turnos de lunes a sábado. “Cuando se supo el primer caso, la reacción fue primero, de preocupación, y luego de inseguridad, pero seguimos trabajando igual por dos semanas, hasta que las empresas en Estados Unidos comenzaron a despedir gente, lo que implicaba que había que despedir gente aquí también”, narró.

De las 70 personas que laboraban en ese departamento, en poco tiempo quedaban unos 20. El resto, o renunció para salvaguardar su liquidación, (porque la empresa en Estados Unidos parecía estar a punto de caer en la bancarrota) o para proteger su salud.

Meléndez renunció a inicios de abril, “porque no me quería exponer al virus, pero también para proteger mi liquidación”, admite. Con él, se fueron otros doce de los veinte empleados que aún quedaban en la oficina.

Pasó los seis meses siguientes buscando empleo, sin encontrarlo, por lo que fue comiéndose sus ahorros para cubrir el día a día, pagar deudas, y hasta cancelar un préstamo.

Relata que, “en ese tiempo estuve haciendo networking (ampliando su red de contactos profesionales) en LinkedIn”, donde terminaría encontrando tres empleos, dos de ellos, en el área de enseñanza de idiomas, y el último en recursos humanos para otra empresa estadounidense.

Define este último como “una plaza de trabajo remoto”, donde comenzó el 1 de septiembre, en un momento en que se encontraba fuera del territorio nacional.

A estas alturas sigue ocupando una de las plazas de enseñanza de idiomas, así como el trabajo de recursos humanos, lo que le ha permitido ingresos suficientes para remodelar su casa, y hacer planes para comprar un auto.

“La crisis de 2018 paralizó la construcción de mi casa, así que decidí hacerlo ya, porque era ahora o nunca. Yo no he parado de trabajar, ni en 2018, ni con la pandemia, lo que me ha permitido un nivel de ahorros con los que puedo cubrir estos gastos. A veces también hago fotografía de objetos para branding, networking y fotografía comercial, además de impartir tutorías de idiomas por vía remota, a estudiantes en el extranjero”, compartió.

Ay voy

A marzo de 2020, Edwin Espinoza se encontraba operando una empresa familiar de envío de paquetes, a la que bautizó “Ay Voy”. Aunque sabe que la escritura correcta es “Ahí Voy”, decidió llamarla de aquella otra forma, “porque es la manera en que la gente lo pronuncia”, relató.

“Ay Voy” nació en septiembre de 2018, apenas un mes después que lo corrieran de la empresa de microfinanzas en la que se desempeñaba como coordinador nacional de Tesorería. A marzo de 2020, él se hacía cargo de llevar los paquetes, mientras su esposa operaba como encargada del call center, pero la sensación de peligro que generó conocer del primer contagio, llevó a que se vieran desbordados en poco tiempo.

“La crisis nos encuentra entregando compras hechas en el mercado, o en el supermercado. Al conocerse el primer caso en esta ciudad, (una señora en un mercado municipal) para nosotros creció la petición de entregas en productos de farmacia: guantes, mascarillas y alcohol gel”, detalla Espinoza.

Recuerda que cuando llegaba a las farmacias, a hacer las compras para sus clientes, las hallaba llenas de gente comprando lo mismo, hasta que esos productos se agotaron, y ya no era posible encontrarlos en ningún lugar.

Entonces comenzaron a recibir pedidos para hacer las compras de abarrotes y productos de limpieza, “porque la gente tenía temor y se resguardó en sus casas. Ya no salían para nada, y nosotros teníamos listas tras listas de compras”, recuerda.

Eso los puso en un dilema. ¿Debían seguir atendiendo o no? Después de todo, ellos también podían enfermar y morir, así que la decisión fue elegir dónde ir y dónde no, excluyendo el mercado en primer lugar, porque se consideraba un foco de infección.

La empresa también cambió su modo de operar. Si antes entregaban de forma directa, al arreciar la sensación de peligro de contagio, las entregas se hacían a distancia, descontaminando las bolsas en presencia del cliente, y llevando el vuelto en una bolsa que también descontaminaban.

Espinoza relata que buscó personal adicional cuando el negocio creció, “pero nadie quería trabajar en esto porque tenían temor, así que seguimos solos, ella y yo. Cuando disminuyó un poco, conseguí un motorizado más, y así estamos en este momento”.

Aunque ha disminuido el volumen de servicios, la empresa ha logrado mantenerse con dos motorizados, y una tercera persona que atiende el call center, mientras el novel empresario termina los detalles para lanzar en Play Store su App llamada Ay Voy Nicaragua, y termina de negociar acuerdos con empresarios de su mismo rubro, para ampliar la entrega de paquetes a otras ciudades del país.

Espinoza reconoce que no es el empleo que quisiera, y que en ocasiones le gustaría disfrutar de la tranquilidad de tener un salario fijo los 15 y 30 de cada mes, “pero luego lo pienso mejor, y se me quita, porque pienso ¿otra vez tener un jefe, trabajar para alguien más, y perder todo lo que hemos hecho?… No”.

Los clientes fieles

Julio Montalván Morales tiene cinco años de haberse dedicado a la barbería. Los primeros tres años, en modestos locales ubicados en varios de los barrios orientales, lo que le permitió no solo adquirir experiencia en su oficio, sino también conformar una base de clientes que lo buscaban cada vez que cambiaba de ubicación.

Eso cambió en enero de 2020. Lejos estaba en ese momento de imaginar que un virus nuevo detectado por primera vez en Wuhan, China, pondría de rodillas a la civilización humana, y golpearía la economía global como pocos fenómenos lo han hecho hasta ahora.

En ese mes de enero, se alió con un amigo en calidad de inversionista, para instalar una barbería con aire acondicionado en Altamira, “porque es un punto muy movido, en el que hay mucha clientela con mayor capacidad económica”, relata.

Sus expectativas iniciales eran crecer, y de hecho, “todo pintaba bien antes de la pandemia”, asegura recordando que los ingresos del negocio le permitían pagar los 300 dólares mensuales de renta, más 7000 córdobas (otros 200 dólares) en concepto de electricidad.

Al conocerse el primer contagio disminuyó el número de clientes. A partir de ese momento solo llegaban los que lo conocían, pero ya no había clientes nuevos, por lo que los ingresos solo daban para cubrir los gastos, pero nada más.

“Las primeras dos semanas se veía todo normal, pero a la tercera semana, solo llegaba el 20% de la clientela. A veces, uno o dos al día, cuando antes eran entre 12 a 15 clientes. Solo aguanté un mes más en ese lugar”, rememora a petición de CONFIDENCIAL.

Lo siguiente fue instalarse en el barrio “Georgino Andrade”, porque el papá de su amigo inversionista estaba construyendo un local para poner un negocio, y vieron que había espacio para poner la barbería. “Yo rasuraba, mientras ellos seguían construyendo”, detalla.

Aunque los ingresos ya no eran como cuando estaban en Altamira, la verdad es que los gastos tampoco, así que siempre podía mantener el punto de equilibrio. Con todo, tuvo que bajar el precio del corte de pelo, lo que les permitió mantener el flujo de clientes, y por consiguiente, de ingresos, “siempre cuidándonos. Nunca nos enfermamos”, asegura.

En enero de 2020, finalmente regresó a Villa Venezuela, donde paga aún menos en concepto de alquiler, y consiguió mayor movimiento, no solo porque se trata de un sitio populoso con 4000 casas y muchos barrios aledaños, sino también porque su vieja clientela puede buscarlo más cómodamente.

Montalván explica que la aparente disminución de contagios hace que la gente salga más, y busque sus servicios de forma más asidua, lo que le ayuda a mantener un nivel de ingresos que le otorga suficiente estabilidad.

Mientras termina la crisis sanitaria, él sigue aplicando algunas de las recomendaciones, como disponer de alcohol, limpiar apropiadamente los peines, cuchillas y utensilios, y usar mascarillas, aunque prácticamente ya descartó la careta facial.


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