Para cuando Ray Bingham (George Clooney) se describe como un tiburón a la mitad del metraje de “Up in the Air”, la comparación es redundante. Los kinéticos montajes que lo introducen ya lo han delatado. Se desplaza con elegante sentido de propósito a través de los azules y grises aeropuertos que adora. Es como un escualo en alta mar. Su trabajo lo mantiene viajando. Y su naturaleza es la de un depredador. Ray se dedica a despedir empleados de grandes empresas, donde el verdadero jefe prefiere no dar la cara la hora de compactar. Con la economía en crisis, su negocio florece. Tras el celebratorio montaje inicial del viajero, vemos lo deprimente de su destino: una sucesión de trabajadores anónimos reaccionan con incredulidad, dolor y furia al compasivo despido que Ray dispensa. Él es el típico bastardo, para el cual Hollywood reserva sus peores escarmientos cósmicos. Pero este no es el típico melodrama aleccionador.
Aunque aún hay atisbos de la ironía manerista de “Thank You For Smoking” (2002) y “Juno” (2008), la nueva película del joven director Jason Reitman recibe una dosis de honestidad gracias al acertado casting. No importa cuán caprichosos sean los diálogos que los personajes entrecruzan, Clooney y sus implacables co estrellas hacen aterrizar las visiones contradictorias que pululan bajo la superficie del guión. Vera Farmiga es su amante itinerante. “Piensa que soy igual que tú…solo que con vagina”, le dice. Ella también vive errante en los aeropuertos de norteamerica. En un club de viajeros frecuentes, se reconocen como almas gemelas. Pero pronto, Ray acarrea consigo más equipaje. Se trata de Anna Kendrick, como la joven ejecutiva que, en una estrategia de eficiencia, propone que la empresa efectúe los despidos via-Skype. Furioso ante la posibilidad de perder el extraño hogar que se ha fabricado suspendido en el aire, Ray la obliga a acompañarlo en una brutal asignación.
Disculpen el cursi título en español. Si bien la educación sentimental figura en el radar, la película es más compleja de lo que parece, barajando una inquietante reflexión sobre la relación de la gente con el trabajo, la realización personal, la familia y, sorpresivamente, la muerte. No es una casualidad que en solo en el arranque, Ray crea que una asistente de vuelo le ofrece “cáncer” (“Do you want the can, sir?” le dice, blandiendo inocentemente una lata de gaseosa). O que en su climático encuentro con un idealizado Capitán (el invaluable Sam Elliot), este virtual doble de Dios tenga poco o nada que decir. “Up in the Air” mira a la muerte a los ojos y…parpadea. Tiene demasiadas cosas en la maleta como para concentrarse en el destino final. Al menos, termina en una nota de gracia, a tono con el complejo personaje que Clooney ha construido. Lástima que este sea el año de Jeff Bridges, porque Ray Bingham le amerita un Óscar.
De hecho, esta película es una rareza: una genuina película de actores para adultos pensantes. No hay un eslabón débil en el reparto. Clooney y Farmiga tienen una química combustible. No disimulan las señas de la edad, y eso le da una carga emocional extra al romance que entablan. Kendrick los pone en aprietos a la hora de confrontarlos como la representante de una nueva generación que pone en tela de dudas la sabiduría de sus decisiones. La escena en que los tres comparan sus expectativas románticas en un delicioso ejercicio actoral. No es una casualidad que los tres estén nominados.
Igual de valiosos son los jugadores que pululan en los márgenes. Los despedidos que aparecen ocasionalmente parecen gente normal, porque lo son. Los realizadores reclutaron personas recientemente despedidas para que improvisaran en cámara. Jason Bateman se roba todas sus escenas, como el inescrupuloso magnate de la compactación laboral. JK Simmons refuta esa actitud casual en una sola escena donde pinta con elocuencia el efecto del desempleo. Cuando Ray se desvía a Wisconsin para la boda de la hermana que apenas conoce, una película menor habría pintado a los lugareños como grotescas caricaturas. Aunque Retman saca algunas sonrisas del contraste entre la idiosincracia local y la genérica sofisticación de Ray, el director hace un admirable equilibrio y nunca se pasa de la raya. Las diferencias entre el protagonista y la familia que dejó atrás tienen resonancia dentro de los grandes temas de la película. Que esos temas existan en un producto comercial es un pequeño milagro que debemos agradecer.
