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Arenas movedizas

El Príncipe de Persia: las Arenas del Tiempo
(Prince of Persia: the Sands of Time)
Dirección: Mike Newell
Duración: 1 hora, 56 minutos
Clasificación: * * (Regular)

Juan Carlos Ampié | 31/5/2010

“El Príncipe de Persia” suena traído de  “Las Mil y una Noches”, pero sus orígenes son más modernos. La película que ahora se estrena con grandes expectativas taquilleras esta basada en un popular juego de video. Tiene más que ver con los parámetros creativos del exitoso director Jerry Bruckheimer, que con el viejo cine de aventuras exóticas que emula.

En los días de gloria del imperio persa, el Rey Sharaman (Ronald Pickup) adopta a un huérfano callejero y lo cría como su hijo menor, a la par de dos hermanos mayores, bajo la sombra del tio Nizam (Ben Kingsley). Ya adultos, los príncipes Tus (Richard Coyle), Garsiv (Toby Kebbell) y Dastan (Jake Gyllenhaal) juegan a la guerra en el nombre de su padre. Dastan, consciente de su condición, no aspira al trono, pero igual los celos y las intrigas afloran en el seno de la familia real. Las tensiones sucesorias explotan a raíz del sitio a la mística ciudad de Alamut, donde Dastan encuentra a la impetuosa princesa Tamira (Gemma Arterton) y una misteriosa daga con una empuñadura de cristal rellena de arena. Pero no hay tiempo para admirar a nada ni a nadie. Un infame crimen convierte a Dastan en un fugitivo, con un precio sobre su cabeza.

La película emula a la perfección la naturaleza de los videojuegos. Las escenas dramáticas tienen diálogos declarativos que hilvanan la trama y conectan las múltiples secuencias de acción, donde los actores se convierten en avatares impersonales que corren, saltan y superan obstáculos en sucesivas persecuciones y desafíos. Es tan divertido como ver a otra persona apretando furiosamente los botones del control de un Playstation. Al menos, el director Mike Newel gana algunos “niveles”. A diferencia de otras producciones de Bruckheimer, la puesta en cámara y edición permiten seguir el hilo de los frenéticos movimientos de sus personajes. Es posible discernir quien salta hacia donde, quien golpea a quien, y como. Suena como poca cosa, pero en realidad es una genuina proeza hoy día. Todavía tengo pesadillas con los alienantes enfrentamientos de las moles de metal de “Transformers”, donde la ubicación espacial y los movimientos se disolvían en una confusa abstracción.

Más allá del ritmo hiper cafeinado impuesto por la necesidad de distraer, es casi enternecedor ver como la película adopta las convenciones del viejo filme de aventuras sin preocuparse por hacerlas funcionar. Todos los personajes hablan en inglés con acento británico, el estilo oficial de todos los personajes étnicos según Hollywood. Pero Jake Gyllenhaal, el protagonista, viene directo desde California, y con demasiada frecuencia olvida hablar como si fuera súbdito del Rey. La identidad del malvado no es ningún gran misterio. Sólo fíjese quien tiene la mayor parte de ominosos acercamientos y el delineador de ojos mas grueso. Lo único intachable es el alivio cómico, cortesía de Alfred Molina, como un inescrupuloso jeque que vive de organizar carreras de avestruces y evadir impuestos. Considerando la inevitable secuela, podemos cabildear para dedicarle a él la próxima película? Véalo como una compensación, Señor Bruck, por todas las horas que he perdido viendo sus películas. No hay arenas del tiempo que me las devuelvan. 

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