Es difícil ser una institución viviente. Sólo pregúntenle a Pedro Almodóvar. Su última película fue recibida con indiferencia y hostilidad por la crítica española. Los réditos de taquilla no fueron tan abundantes como antaño. Las acusaciones de agotamiento volaron. Después de subir mucho, la historia de tu caída supone un arco narrativo natural. Pero donde muchos ven repetición, yo veo refinamiento y pericia narrativa.
“Los Abrazos Rotos” arranca en el 2008. Harry Caine (Lluís Homar) es un guionista ciego que vive para escribir y disfrutar los fugaces placeres que la vida aún le tira a su paso, bajo los atentos cuidados de su socia Judith (Blanco Portillo) y su hijo Diego (Tamar Novas). Pero no siempre fue un hedonista desencantado e invidente. La noticia de la muerte del poderoso capitán de industria Ernesto Martel (José Luís Gómez) y la sorpresiva aparición de Ray X (Ruben Ochandiano), una extraña figura de su pasado, lo lanza a rememorar su vida en 1994. En ese entonces, Harry Caine se llamaba Mateo Blanco. Podía ver, y vivía de hacerlo, como director de cine. Se preparaba para rodar su primera comedia, “Chicas y Maletas”. La protagonista era Magdalena (Penélope Cruz), la amante-trofeo de Martel. Recuerdos y confesiones arman una trama a tiempos paralelos que teje entre ellos una oscura historia de amor y obsesión.
Almodóvar ha alcanzado un nivel de control magistral sobre sus ejercicios narrativos, desarrolla sus intrincadas estructuras sin esfuerzo aparente. El referente mas cercano a “Los Abrazos Rotos” es “La Mala Educación” (2004), otra película en la cual las culpas del pasado y los secretos del presente combustionan en el set de una película. Pero si aquel thriller estaba concentrado en asuntos de identidad sexual, este arrebatado melodrama sangra sentimentalismo. Es todo acerca del amor. Correspondido y sin corresponder. Entre padres, madres e hijos. Entre hombres y mujeres. Entre los artistas y sus creaciones, y al final, entre el espectador y la película. No menos importante, también entre el director y su estrella.
De manera similar a David Lynch con el díptico siniestro de “Mulholland Drive” (2001) e “Inland Empire” (2006), Almodóvar erige un genuino monumento al arte y artificio de las actrices. Penélope Cruz tiene el mejor papel de su estelar carrera en Lena, y es un personaje imposible y elusivo. Pocas veces es ella misma. Siempre está simulando, o creando una personalidad falsa que las circunstancias exigen de ella. Empieza como secretaria que coquetea con la prostitución para pagar las cuentas médicas de su padre moribundo. Pasa a devota amante de un hombre poderoso a quien no ama. Pretender es su forma de vida. Para cuando alcanza el status de actriz legítima, Almodóvar se las arregla para que asuma en una breve escena las personalidades de Audrey Hepburn, Goldie Hawn y Marylin Monroe. Y finalmente esta la verdadera Lena, fundida en abrazos ilícitos con su amante. Bajo todos esos dobleces y disfraces, Cruz logra conjurar a una mujer de carne y hueso. Es una proeza que quita el aliento. El poder de la simulación encuentra otra elocuente manifestación en las secuencias en las que Martel emplea a una lectora de labios (una estoica Lola Dueñas), para que le interprete la conversaciones entre Mateo y Lena, en las tomas de un “making-of” que él ha encargado para espiarles. Es tan divertido y trágico a la vez.
Como siempre, está a la orden la docta cinefília del director. Superficialmente hay guiños a Buñuel – el sobrenombre de Lena mientras “trabaja” como dama de la noche es Severine, igual que el de Catherine Deneauve en “Belle de Jour” - y a otras figuras del cine. Pero formalmente, Almodóvar sigue tomando inspiración en el melodrama de Douglas Sirk, el thriller de Dario Argento, y ahora, también en si mismo. En una movida que probablemente contribuyó a alienar a la crítica española, el director manchego se ha auto-referenciado. “Chicas y Maletas” es una versión de sus “Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios” (1988), con Lena asumiendo el papel originado por Carmen Maura – como si le hiciera falta una identidad más. En breves apariciones, Rossy de Palma y Chus Lampreave toman papeles distintos a los que ostentaban en la alocada comedia de enredos que catapultó al director a la fama mundial.
Más que un síntoma de ego desatado, es una pista al corazón de la película. Bajo el laberinto temporal y emocional de la trama, hay una conmovedora meditación sobre el poder de la imagen para salvar el pasado. Una bolsa llena de fotos rotas, unos dedos que se deslizan sobre una pantalla fría tratando de palpar a un fantasma, o una fresca sonrisa preservada para siempre en un pedazo de film...son imágenes sencillas que alivian una pérdida irreparable. La primera vista de “Los Abrazos Rotos” puede abrumarle. Esta película recomienda múltiples visitas. La fotografía de Rodrigo Prieto le acaricia la vista, la hermosa música de Alberto Iglesias le da ganas que le rompan el corazón, solo para que sus acordes lo consuelen. Déjese llevar por la embriagante emoción de Almodóvar. Mientras haya cine como este, no hay amor completamente perdido.
