Ben Ali, el ex dictador tunecino, entendía parcialmente la importancia de la innovación tecnológica y el potencial de la economía digital, razón que le permitió dejar a su país mejor posicionado en este campo que muchos de sus homólogos. Pero la paradoja del dictador en la hora digital consiste en que no tolera las innovaciones sin control y lo inscribe en las instituciones. Puede resultar una verdadera bomba de tiempo.
Hecho poco frecuente en el mundo (viajar enseña a no utilizar el termino "único" con ligereza): la Agencia Tunecina de Internet (ATI) es la responsable técnica de las tres funciones fundamentales de la red de redes: los nombres de dominio, las direcciones IP y el IXP (Internet Exchange Point, la infraestructura física mediante la cual los proveedores de acceso a la internet intercambian tráfico entre sus redes para aumentar el ancho de banda y reducir los costos, explica Wikipedia).
Lo grave, me explicó Khaled Koubaa, presidente de la Internet Society de Túnez, reside en que "estas tres funciones deben permanecer siempre separadas". Equivale a que una única instancia concentre en sí los tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial… tal y como en una dictadura.
"La ATI estaba estrechamente ligada al palacio presidencial", agrega Moez Chakchouk, quien es el jefe actual. "Es una agencia técnica súper equipada y que gana dinero. (…) Promovía la economía digital trabajando a la par con el régimen. Cumplía cierto papel en la innovación, pero controlaba los medios."
Tal control resultaba ser su cuarta función: la de la seguridad del estado, en la cual la ATI también estaba involucrada. "En tiempos de Ben Ali se le consideraba como la cortina de hierro de la internet", agrega Chackchouk.
Nombrado poco después de la caída del dictador, hace cuanto está a su alcance para limitar los peligros. Primer punto: no más secretos. Recibe a los medios y a los blogueros. Abrió, además, una plataforma gratis para los programas de código abierto y una que ofrece herramientas para burlar la censura.
Propone dejar el control del contenido en manos de cada usuario, sin que el estado ni ninguna sociedad intermediaria deba intervenir. Desea que la ATI se vuelva un actor neutro como cualquier IXP en los países democráticos, que se permita que todos los operadores participen en el capital. No hace falta destruirla como pidieron algunos al inicio de la revolución. "Hace falta transformarla", insiste.
Kouba teme, sin embargo, que en tanto dicha herramienta exista pueda ser utilizada de manera diferente. Apoya a Chakchouk pero agrega (y el interesado está consciente): "La revolución cambió al presidente… pero no la estructura. Basta con despedir al director para regresar a la censura. Es extremadamente peligroso".
El problema es muy concreto: cuando se le pidió censurar los sitios pornográficos, Chakchouk se negó. Fue condenado por el tribunal y apeló la decisión hasta las instancias supremas. Aquí radica el problema: en la situación actual, el juez (y no parece ser el peor de los casos) puede obligarlo a censurar. Nada anuncia que su sucesor, que podría ser nombrado muy pronto, hará alarde de igual valentía para enfrentarlos hasta el final.
Es así como Ben Ali dejó una verdadera bomba de tiempo al legar a los nuevos dirigentes la tentación de no destruir una herramienta que ofrece servicios pero resulta peligrosa en extremo. La situación puede complicarse rápidamente, aunque hace falta entender que los actores directamente implicados cuentan menos que la estructura existente. Podríamos preguntarnos qué harían en su lugar Cameron, Rodríguez Zapatero o Sarkozy, si dispusieran de tal herramienta.
