“Ni pa´ trás ni pa´ lante”, diría un cubano a la hora de observar la realidad salvadoreña y queriendo decir que esta sociedad ha quedado estancada en el tiempo y en el espacio; que sus avances son significativamente menores en comparación a sus regresiones.
El Salvador siempre ha sido convulso. Históricamente fue un remedo de República; más que remedo de Nación, una inmensa finca explotada por un pequeño grupo de oligarcas voraces e insensibles que contaron siempre con un ejército de capataces criminales para doblegaron a los colonos y peones a látigo, machete y miseria.
Los ejidos de los indígenas fueron arrasados para convertirlos en plantaciones de café, caña y algodón. Los dueños de las grandes haciendas construían sus palacetes en San Salvador, desde donde administraban y exportaban sus productos. Otra cosa nunca les importó.
Cualquier reclamo había que apagarlo desde las raíces, de ahí las matanzas, las carceleadas y los exilios.
Pronto los cafetales, cañaverales, algodonales, beneficios e ingenios fueron convertidos en bancos y en inmensos centros comerciales. El colón sustituyó al dólar, pero la mentalidad voraz nunca se apaciguó.
Hubo revueltas aplastadas, poblaciones diezmadas; vino y se fue la guerra, pero la paz nunca llegó. La paz es un invento perverso del sistema político, que sólo sus representantes entienden y manejan a la perfección.
Los oligarcas siguen conservando sus privilegios, mientras la democracia es un desfile bufo de elegidos que terminan haciendo lo que el dinero les pone como límite.
Tres pasos adelante, cinco para atrás. Así nunca llegaremos al horizonte, aunque la ilusión óptica nos hace caminar a la línea imaginaria de la esperanza.
Ahora resulta que el primer presidente de izquierda de la historia nacional, que representa a una izquierda antidictatorial, antioligárquica y antimperial, está rendido y dulcemente atrapado en las redes de sus antiguos enemigos, quienes no han cambiado ni cambiarán de rumbo.
El mandatario ahora se inclina ante las políticas de Washington que han ordenado remilitarizar el Estado, cuando la militarización fue la causa de la recién pasada guerra civil.
¿Será esto una pesadilla? O como diría mi padre, Roque Dalton, en su verso hiriente y realista:
País mío no existes sólo eres una mala silueta mía una palabra que le creí al enemigo
(*) Juan José Dalton, director de Diario Digital ContraPunto

Comentarios
Salud Juan Jose, un fuerte abrazo en la distancia. Completamente de acuerdo, la lucha sigue igual, ahora contra los nuevos ricos y traidores que se unieron y acomodaron al actual orden. Un abrazo con todo lo que mana aqui.
Mi estimado Dalton estas atrapado en el pasado. Funes no quiere seguir en guerra y que el País crezca. Ubicate amigo.
Realmente es una cruel realidad, salí hace más de 35 años.
En 1978 no pude asistir al funeral de mi papá porque había una cruenta guerra civil.
Fui en el 2008 para enterrar a mi madre.
En ese momento me doy cuenta que la sociedad salvadoreña estaba viviendo un teatro porque los ricos estaban bien protegidos en sus mansiones o urbanizaciones y quienes les protegían eran los más pobres porque están viviendo de forma miserable. Miedo a las pandillas
Donde están las reivindicaciones sociales por las que se lucho en la guerra civil que duró más de 12 años.