Calentamiento:
La fila para ingresar al estadio virtual, instalado por la Juventud Sandinista, medía más de tres cuadras. Pero dentro del local armado con graderías metálicas que servían de paredes en medio del descampado, a las dos y media de la tarde ya no alcanzaba nadie. Los guardias de la entrada, cansados de tanto revisar, apresuraban el pase de las personas que seguían fuera. El clásico español, entre el Barsa y el Madrid, estaba a punto de comenzar y Checho, desesperado, ignoraba los “!viva la juventud!” que emitía un animador, porque quería que le tatuasen el escudo del Barsa en el cachete colmado de ronchas secas.
Los tatuajes, como todo en el estadio virtual, eran gratis. Checho, sin embargo, no consiguió tatuarse. No porque el tatuador se haya negado a pintar en su piel en etapa terminal de varicela, sino porque el espray se acabó.
Con la voz quebrada y los ojos al borde del llanto, antes de perderse en la multitud dijo en tono triste: “soy salado, no pude comprar la camiseta ni ponerme el tatuaje. Ahora nadie sabrá que soy Barcelonista”.
A sus catorce años, Checho no quiso revelar su nombre de pila, pero no ocultó su pasión por el archirrival del Real Madrid. Llegó a pie al parque de la Biblia, lugar donde funcionó el estadio virtual en el que se congregaron más de 10 mil jóvenes a ver el clásico de fútbol español que desata pasiones desenfrenadas en Nicaragua, sin importar cual sea el estatus social.
Dos estilos de camisetas predominaron en el estadio virtual: las del Barsa y las de Nicaragua Triunfa con motivos rosado chicha. Del Madrid había pocas. O quizás algunos no se atrevieron a profesar públicamente su filiación con el otrora equipo mimado del dictador español Francisco Franco.
El roce y el sudor entre las personas, producía un calor envinagrado. Sin embargo, eso no importaba. Niños, adolescentes, mujeres, borrachos y hombres de peinados exóticos bailaban, bebían y aventaban toda clases de objeto al aire mientras los animadores hacían lo suyo.
Primer tiempo:
En realidad, el primer tiempo, anímicamente hablando, no empezó con el silbatazo inicial del árbitro. Si bien la llegada tempranera de Higuaín al marco contrario despertó cierta emoción en los hinchas madrileños, no pasó a más, porque la escuadra del histriónico Mourinho acostumbra a eso y al final no cuaja. Fue hasta el zarpazo colérico del alemán Özil al travesaño defendido por Pinto, que el Estadio Virtual salió del estado de tensión que estaba, cortesía de la sagacidad de un Real Madrid que jugó como nunca y no ganó como siempre.
Checho apareció en escena nuevamente. Se tocaba el cachete como sintiéndose el escudo Culé (o arrancándose algún cascarón), y no decía nada. Solo miraba la pantalla izquierda dubitativamente porque su equipo no encontraba la táctica adecuada para frenar al enemigo.
Bordeando el minuto 18, Dani Alves le sacó de entre las piernas la pelota a un zaguero blanco y la despejó a quien sabe dónde porque las mega pantallas y el audio en el estadio virtual se apagaron de repente…
El reclamo no se hizo esperar. Durante dos minutos no hubo fútbol. El fallo tecnológico, los organizadores, intentaron saldarlo con las ocurrencias de los animadores, que en el momento resultaron rancias a los hinchas deseosos de más patadas. Los objetos que antes rayaban el cielo gris, ahora eran dirigidos a la tarima. No obstante, cuando la voz de los narradores envolvió nuevamente el ambiente, regresó el estado de euforia.
El juego se friccionaba en el medio campo. Pinto, aun así, lucía estoico logrando atajadas dignas de fotografías. Pero como en todo deporte nada es predecible, Messi, surgió con su genialidad providencial filtrando la esférica a Pedro, quien ajustició a Iker Casillas.
El alarido trepidante de “goooooooool” le cambió el semblante de Checho. Incluso, hasta olvidó el cachete.
El Barsa ganaba 1-0. Y muy pronto Alves puso el 2-0, a pocos minutos antes que acabara la primera parte. Checho volvió a desaparecer entre la erupción jubilosa. Las graderías temblaban. El paroxismo era generalizado. Las pocas camisetas del Madrid desaparecieron por completo.
Medio tiempo:
“Y dónde están los barcelonistas”, preguntaban los animadores a la masa embravecida. “Aquí le traemos diversión que solo la Juventud puede dar”, proseguían las voces. La diversión se trataba de bailarines strippers dotados de cuerpazos.
Al ejecutar su coreografía los strippers varones, las damas paradas en el campo suspiraban. Gritaban toda clase de frases insinuantes, mientras los muchachos de al lado, gesticulaban caras abrasadas en celos. Cuando aparecieron las strippers mujeres, los papeles se intercambiaron; con la diferencia de que las muchachas de al lado no expresaron movimiento alguno.
“!Qué viva la juventud sandinista!”, fue el lema de la tarde, aunque no muy repetitivo. El vacío que la frase al no mencionarla hubiese podido dejar, era rellenado por los colores de los banderines alrededor del estadio, alusivos a la causa del partido gobernante.
Segundo tiempo:
Real Madrid jamás dio señales de claudicar. Arrancando la segunda mitad del partido la tensión del tiempo precedente no se sentía. Para los cuantos madridistas a la vista, la historia de los clásicos se repetía: el equipo olía a flores de muerto, aunque pisara a fondo el pedal.
Casi resignados los hinchas, Cristiano Ronaldo les devolvió el orgullo con un gol que no tuvo poder para acallar la estampida Culé del Estadio Virtual. Fue un gol no celebrado.
Faltaban quince minutos para el final. Tras despojar del balón a Puyol y descifrar a Pinto, Benzema hechizó el estadio nuevamente con la tensión que solo el mejor fútbol ofrece: comerse las uñas mientras Cristiano Ronaldo, armado en fintas, buscaba infructuosamente la clasificación a la semifinal de la Copa del Rey.
El final:
Teresa Blandón quedó fascinada. Vendió todos los mangos y los cigarros de su canasto. Al escuchar por los parlantes que el juego había terminado 2-2, recogió rápidamente sus pertenencias y se apartó de la entrada. “Esa gente sale como animal”, dijo. Efectivamente, la predicción de Teresa se cumplió.
La malla de contención fue abatida por miles de personas. A la tarima volvieron los animadores a aventar regalos y tratar de contener la muchedumbre para, quizás, dar las gracias “a la juventud” por la organización del evento. Sin embargo, la gente los obvió.
La veintena de buses parqueados a las afueras del Estadio Virtual encendieron los motores, y en desbandada las personas se montaron. Quienes andaban a pie siguieron, al mejor estilo Flautista de Hamelín, la unidad móvil de una radio que a su paso dejaba regado el ritmo de una canción que todos, absolutamente todos, tarareaban con destreza: Nossa, nossa/ Assim você me mata/Ai se eu te pego /Delícia, delicia/ Assim você me mata.

