Robert Downey Jr. regresa como Sherlock Holmes, el legendario detective creado por la pluma de Arthur Conan-Doyle. Ya con una segunda película estrenada, podemos hablar de una franquicia con identidad establecida. Mas que una reinvención de personaje y sus temas, tenemos un taquillerazo moderno vestido de capa y pipa. La relación con el personaje es meramente oportunista. Le viene bien, digamos, el “reconocimiento de marca”, y el ambiente de la Inglaterra victoriana recreada como atracción de Disneylandia. Los sets se miran hermosos. Y la música de Hans Zimmer es graciosamente anticuada. Pero la visión, edición y actitud es puro Hollywood del siglo XXI.
La trama mezcla elementos de varias historias de Conan-Doyle, pero el mas conspicuo es el Profesor Moriarty (Jared Harris), archi-enemigo por excelencia de Holmes. La clave de sus maquinaciones criminales parece estar en manos de Madame Simza (Noomi Rapace), una gitana lectora de cartas. Holmes ni siquiera ha empezado a sacarle las respuestas cuando un gigantesco cosaco armado de puñales se lanza contra ellos. Y así sigue la película. Extensas persecuciones interrumpidas por exabruptos expositivos empujan el metraje innecesariamente mas allá de las dos horas. No se preocupe si se desubica. Antes de la próxima parada en el viaje habrá un momento de reflexión que a velocidad de metralleta pondrá los puntos sobre las ies.
La marca de fábrica creativa del director Guy Ritchie está en los pequeños montajes que, combinando imágenes en cámara lenta y acelerada, delinean los parámetros de acciones confusas. El requiebro estilístico está ocasionalmente justificado, presentándose como la imaginación de Holmes, anticipando sus movimientos como si fuera un jugador de ajedrez. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se aplica sin responder a un punto de vista específico. Es el cineasta – o más bien, el gerente del estudio -, aplicándolo porque se ve “cool”. Es interesante ver como armó la emboscada en los estrechos compartimentos de un tren, pero en el interminable tiroteo en un bosque...¿necesitamos ver cada bala disparada volando corteza por los aires? Creo que no.
La capacidad de disfrutar el filme depende de su nivel de tolerancia ante Robert Downey. Yo creo que se está repitiendo hasta la irrelevancia. Su caracterización es sospechosamente parecida a su Iron Man, o más bien, a la misma personalidad pública del actor.
La capacidad de disfrutar el filme depende de su nivel de tolerancia ante Robert Downey. Yo creo que se está repitiendo hasta la irrelevancia. Su caracterización es sospechosamente parecida a su Iron Man, o más bien, a la misma personalidad pública del actor. La actuación es tan perezosa, que a veces ni siquiera se molesta en mantener su voluble acento británico. Downey corre el riesgo de convertirse en el nuevo Nicolas Cage, un actor de prodigioso talento que termina diluyéndose al aceptar cuanto esperpento taquillero le tiran.
Los realizadores guardan su modesto sentido de irreverencia para la relación principal del filme. No, no es el romance entre Holmes e Irene Adler (Rachel McAddams), sino el affaire homo-platónico entre Holmes y Watson (Jude Law). En la primera parte aún podía decirse que era subtextual, pero aquí es texto. Escrito en tinta y papel. Tallado en piedra. Tome nota: el viaje de luna de miel de Watson se ve interrumpido por un Sherlock vestido de mujer, que lanza a la flamante esposa del tren en movimiento, procede a quitarse la ropa y lanza a su amigo al suelo, conminándolo a permanecer acostado a su lado. Claro, todo esta justificado por el inminente ataque de un escuadrón de asesinos, pero el doble sentido es innegable. Supongo que hay que darle puntos por luchar contra la homofobia.
