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Esperando el vuelo

Kathy Sevilla | 5/1/2012

Son las 7 y media de la noche, llego una hora antes de que arribe el vuelo en que viene Roland. La sala donde se espera a los pasajeros está repleta. Acaba de arribar un vuelo de American Airline que viene de Miami. Me ubico en un rincón para no molestar. Y para que el tiempo pase sin sofocarme, comienzo a observar y observar la vida, como haciendo un documental de cinema verité me convierto en testigo mudo de la realidad que transcurre.

Mujeres, niños, niñas, jóvenes, ancianas, hombres, chavalos y chavalas casi pegando sus narices en el ventanal de vidrio buscan con ávida mirada a los que arriban. -Mirá es ese. -No, no ha salido-, comentan. Otros que no tuvieron la dicha de estar en primera fila, estiran sus pescuezos como chompipes antes de navidad, buscando y buscando. Y toda la familia espera, ataviados con sus mejores galas como para fiesta dominguera. En contraste un “chele” en bermuda y camiseta toda desteñida, chancletas de gancho marca Reef, y con una gran mochila a la espalda y otra adelante, se pasea de un lado a otro como en busca de algo perdido. Una niña de unos 10 años lleva un vestido de organdí rosado chicha con un cintillo del mismo color en la cabeza, calcetines con encaje y zapatos negros de charol, y recorre también de un lado a otro la sala. Un niño que parece listo para primera comunión, con su saco que le queda ajustado y pantalón negro chingo, hace señas a otro niño. Quién sabe desde qué horas esperan y esperan entre vendedores de lotería que ofertan la suerte, tal vez les cae el gordo y se hacen millonarios el próximo sorteo. Entra un niño con pantalones y camisa raída ofertando animalitos de palma que elabora al instante a cambio de un peso o lo que quiera una darle, habilidad adquirida en algún taller de manualidades de alguna ONG que vela por la niñez.

Comienzan a salir los pasajeros y el gentío se aglomera en la puerta estorbando el paso a los Ejecutivos que salen de primero portando al hombro su computadora y una pequeña maleta de rueditas. Al rato sale un maletero con una carretilla con nueve enormes bultos negros, como que los de allá pasaron todo el año recogiendo chunches para los de acá. Y detrás viene la recién llegada que apenas cruza la puerta se le abalanzan para darle un sencillo ramito de flores, atadas con una reciclada cinta de lazo de regalo. Y comienzan los abrazos y los besos. Como por orden de importancia, primero los mayores y luego uno a uno va la recién venida abrazando a los quince parientes que han llegado al recibimiento, desde el tiernito de meses envuelto en una colchita de lana hasta la octogenaria abuela que de tan encogidita y menudita parece pajarita. Y los abrazos duran lo que ha durado la ausencia. Y comienzan a aguarse los ojos y a brotar lágrimas silenciosas o llanto retenido para no llamar mucho la atención. Y -Saludé a su tía. -Este es el niño de la fulana. -Y qué grandes que estás chavalo. -¿Y éste quién es? Y la recién llegada dice: Ay, pero que niño más lindo. Y llegar a la puerta que da a la calle dura una eternidad mientras obstruyen el paso de los otros pasajeros.

De repente, un pequeño gritito sale de la sala, en un rincón, una “chela” alza y abraza a una niña de unos 8 años y recibe besos y apretujamientos, mientras otra chela las abraza a las dos. Y lloran y la aprieta más y la besa en la frente y la niña mira sin saber qué decir, qué hacer, nada más aferrada al cuello de la chela que recién llega. Y salen abrazadas las tres, dos chelas y una niña morena de hermoso y largo pelo negro.

Y vuelve a aglomerarse en la puerta otro grupo de como doce personas a recibir a la otra mujer. Y nomás sale, abraza a la niña de vestido rosa y lloran abrazadas, no dicen nada, solo se abrazan y lloran. Y una prima toma fotos y más fotos mientras uno a uno van abrazando a la pasajera.

Y es que ya casi es época de navidad. Vuelven los idos de las guerras, la economía, el desempleo. Madres, padres, hermanas, tías retornan, algunos con la gracia de dios todos los años. Otros por primera vez desde hace media, una, década. Es el sacrificio pagado para poder mandar el diario a los que se quedan, a la mama, al papa, a la abuela, a la otra hermana que cuida y educa a los hijos e hijas de los idos.

Y aparto la mirada y comienzo a caminar hacia la otra sala, porque así como el bostezo, el llanto se contagia. Y con un torozón en la garganta, maldigo la guerra que dividió a las familias, maldigo la crisis económica provocada por las transnacionales, por los banqueros, por la avaricia, la ambición. Voy y me siento en las sillas de espera y por primera vez pongo atención al círculo con las nueve esculturas que adornan el lobby, nueve cabezas de mujeres que representan diferentes razas, y como telón de fondo se lee Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino, abajo trece relojes marcan diferentes horas de este instante. Y con esa imagen me quedo esperando y esperando el vuelo atrasado. Mientras recito como mantra: La paciencia todo lo alcanza. La paciencia todo lo alcanza.

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