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Lata Vacía

El Hombre de Hierro 2
(Iron Man 2)
Dirección: Jon Favreau
Duración: 2 horas, 4 minutos
Clasificación: * * (Regular)

Juan Carlos Ampié | 3/5/2010

Ninguna advertencia de la crítica podrá disuadir a los fanáticos de ver “Iron Man 2”. Después de todo, es la anticipada secuela de un popular éxito de taquilla. Y no es necesariamente mala. De hecho, esta secuela supone una leve mejoría sobre el original. “Leve” es la palabra clave.

El millonario Tony Stark (Robert Downey Jr.) asume públicamente su identidad de super-héroe. Su ego y la adoración del público hacen combustión, mientras el mineral que lo mantiene vivo y super-poderoso lo envenena progresivamente. Mientras tanto, un pesado senador (Garry Shandling) trata de expropiar sus invenciones, pintándolo como incapaz de manejar el poder de sus armas. El “millonario malvado” de turno (Sam Rockwell) une esfuerzos con un físico ruso (Mickey Rourke) que tiene una vendeta personal contra la familia Stark. Tony sigue su contencioso romance con Pepper Potts (Gwyneth Paltrow), ascendida de asistente personal a directora de Empresas Stark. Scarlett Johansson es reclutada para reemplazarla, pero trae su propia agenda oculta.

Como un hombre común-super héroe con crisis de identidad, “Iron Man 2” tiene su propia naturaleza dual. Debe comportarse como película de acción cuando en realidad quiere ser una comedia romántica. Sus mejores escenas son las que están dedicadas al sparring verbal entre Downey y Paltrow. Tienen una química chispeante. Es aquí donde la secuela se distingue sobre el original. Sólo cuando están juntos, el actor encuentra compañía de su talante. Los demás actores simplemente no tienen chance. Sus papeles están cruelmente sub-escritos (la pobre Johansson es tratada como objeto decorativo) o reducidos a sus claves de villano (Rourke) o aliado (Don Cheadle).

La película alcanza el epítome de lo impersonal en sus secuencias de acción. Las particularidades del personaje limitan la percepción de realidad física humana– el hombre está oculto dentro de su armadura –, y de remate, el director Jon Favreu no tiene facilidad para armar una secuencia de acción coherente. Después de causar un monumental choque en el rally de Mónaco, el archi-enemigo sabe exactamente por donde caminar para que las piezas de chatarra candente no le caigan sobre la cabeza. Tiene ojos en la nuca? Gigantescas moles de metal ocultan su falta de sustancialidad entre el brillo del sol o la oscuridad. Y como suele suceder, las vidas de cientos de personas peligran en un clímax donde improbablemente, la cámara no registra a ninguna víctima. La violencia y la destrucción sirven para entretener. Sus resultados simplemente no entran en la ecuación.

No es de sorprenderse que el director Jon Favreau – quien además asume el papel del chofer Happy – se sienta mas cómodo convirtiendo a Downey y Paltrow en Rock Hudson y Doris Day. Entró al radar de Hollywood como guionista y actor de “Swingers” (1996), hilarante comedia sobre una tribu urbana de jóvenes temerosos del compromiso, que adoptan el estilo de los solteros de la década de los cincuenta. Desde entonces, ha trabajado frente y detrás de la cámara, pero como director no ha encontrado un estilo distintivo o discernible. Sus películas son terminalmente genéricas. Y esta no es la excepción.

Pero en el gran esquema de las cosas, el éxito del proyecto descansa en los hombros de Robert Downey Jr. Digamos que logra aterrizarlo, pero puede pagar un alto costo a mediano plazo. Al igual que Johnny Depp en “Piratas del Caribe”, Downey Jr. habita esperpentos taquilleros como si estuviera dentro de una burbuja. Las películas dan rienda suelta a todo su movimiento, ruido y furia - “acción”, digamos – a su alrededor, mientras ellos flotan por encima de todo. El estéril carácter comercial de los productos no parece polucionarlos. Son los increíbles hombres de teflón. Pero Downey está tentando demasiado a su suerte, anclando con el mismo espíritu - y casi la misma actuación - dos franquicias taquilleras, esta saga de super-héroes y el revisionista “Sherlock Holmes”.

Cuando aparece Samuel L. Jackson, como un luchador por la justicia con los super-poderes de la recapitulación de trama y del diálogo expositivo, se hace patente el peligro. Si Downey sigue vendiéndose al mejor postor, se convertirá en su compañero de reparto: un prodigioso actor que malgasta su talento en demasiados proyectos dedicados exclusivamente al lucro. Una caricatura de sí mismo.

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