No tiene que gustarle el beisbol para disfrutar de “Moneyball”. De hecho, se verá frustrado si busca un drama deportivo convencional. La principal preocupación de la película no está en re escenificar las 20 victorias consecutivas de los Atléticos de Oakland en el 2002, sino en la crisis existencial de un solo hombre, Billy Beane, ex jugador y atribulado administrador que mira como monstruosas empresas como los Yankees de Nueva York le arrebatan a sus estrellas con jugosos contratos.
Con un tercio del presupuesto, Beane simplemente no puede competir. Por eso, decide nadar contra la corriente, desoír los consejos de sus scouts, desentenderse la poesía del juego y tratarlo como un negocio donde su inversión debe rendir rédito. ¡Oh, sacrilegio! ¿Acaso no ha escuchado que el deporte es una religión?
La película está basada en el libro de Michael Lewis, quien tuvo acceso privilegiado a los hechos, siguiendo a Beane durante su temporada de oro. La película dirigida por Bennet Miller se apropia del espíritu periodístico y observa despiadadamente la realidad cruda y burocrática.
También funciona en un nivel más universal. “Moneyball” es una profunda meditación sobre trabajo e identidad, sobre el problema de qué hacer con uno mismo, con los talentos que tenemos y el tiempo que se nos da. Una serie de flashbacks revela el pasado del administrador como prometedor novato que le da la espalda a una beca universitaria para firmar un contrato de beisbol profesional. El cálculo falla. Billy nunca despega en el campo.
Su posición gerencial es una especie de premio de consolación que la vida le ha dado. Durante una negociación fallida con el jefe de los Indios de Cleveland, conoce a Peter Brand (Jonah Hill), joven economista dedicado a hacer análisis de estadísticas de juegos a los cuales nadie hace caso. Es como el doble inverso de Billy: fuera de forma, intelectual y recién egresado de la Universidad de Yale. Es lo que el golden boy nunca fue, y en alguna medida, lo que quiso ser.
Contratarlo para aplicar su cerebral sistema de reclutamiento es un desesperado acto de rebelión contra la incierta mística que lo ha conducido a la insatisfacción. La idea es armar el mejor equipo posible con los jugadores que si pueden pagar: novatos baratos y veteranos en declive, que combinan los atributos necesarios para ganar el número necesario de juegos para triunfar en su liga.
Brad Pitt trabaja a doble capacidad y además de protagonizar, produce la película. De hecho, la impulsó a lo largo de un azaroso camino que incluyó un inicio en falso. Steven Soderbergh empezó a filmar pero abandonó el proyecto cuando el estudio objetó el presupuesto y cambios en el guión. Tras meses de incertidumbre, Pitt consiguió abaratar costos y enrolar a Bennet Miller, regresando seis (!) años después de su impactante “Capote” (2005). La odisea refleja curiosamente el arco dramático del filme.
Hollywood y las Grandes Ligas, como empresas de entretenimiento, se parecen mucho. Y ni siquiera las grandes estrellas tienen las cosas seguras. El esfuerzo valió la pena, porque la película es un vehículo ideal para su talento. Pitt está cumpliendo las promesas que lo pintaban como el heredero de Robert Redford, y a este paso puede superarlo. Tome nota de la escena en que confronta a sus scouts. Su exasperación es calibrada con pasmoso virtuosismo. El choque de una nueva forma de pensar enfrentándose al status quo se manifiesta en su lenguaje corporal. Pero el actor no solo encarna ideas. Hay una sutil escena en la que acompaña a su hija adolescente a comprar una guitarra y la anima a cantarle. Billy mide su entusiasmo como equilibrista. Quiere motivarla a explorar sus intereses, pero no quiere empujarla a perseguir una ilusión vana. Su fracaso como jugador lo ha hecho escarmentar.
Habría querido más escenas con el avinagrado entrenador Art Howe (Phillip Seymour Hoffman). Robin Wright es una de las mejores y menos empleadas actrices de Hollywood – hágase un favor y busque “Sorry, Haters” (Jeff Stanzler, 2005) en Netflix – y me partió el corazón verla fugazmente en tan sólo una escena, como plácida ex esposa. Pero en el gran esquema, este es el juego de Pitt, y es difícil resentir su protagonismo con una actuación tan compleja y certera. Vea la última toma. En una mirada queda claro que el éxito es sólo un estado más de incertidumbre. Si fuera un pitcher, diría que Pitt tiró un juego perfecto. No se la pierda.
