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CID GALLUP “abre sus puertas” a Confidencial

Cómo se hace una encuesta

* Una conversación de 30 minutos, saltando de la intención de voto, a los problemas del país, la confianza en el CSE, Facebook y el uso del condón.

Iván Olivares | 25/10/2011

En tiempos de elecciones, muchos se preguntan por la confiabilidad de las encuestas, y la primera respuesta es indagar sobre el prestigio de las empresas encuestadoras y su trayectoria profesional.

De todas formas, es común escuchar gente exclamar “!a mi nunca me han encuestado!”, pero ¿qué ocurre si los encuestadores llegan a su hogar? ¿Tendría usted la confianza de confesar sus opiniones, valores y creencias, y hasta algunos asuntos íntimos a un extraño?

La semana pasada tuve la oportunidad de acompañar a los encuestadores de la firma costarricense CID GALLUP en su trabajo de campo, durante dos agotadoras jornadas, para conocer de primera mano cómo se hace una encuesta.

Los resultados completos acerca de lo que opinan 1,200 ciudadanos de todo el país, se darán a conocer la próxima semana, aunque ya CID GALLUP adelantó los datos electorales: Daniel Ortega cuenta con el 48% de intención de votos, seguido de Fabio Gadea con 30%, mientras Arnoldo Alemán aparece lejano con su 11%, y con menos de 1%, Enrique Quiñónez y Róger Guevara.

Pero el cuestionario completo de esta encuesta incluye temas tan variados como evaluar al gobierno y los problemas del país, saber cual es la noticia que más le ha impactado en los últimos días; o qué tan confiable es este Consejo Supremo Electoral, sin dejar de decir si tuvo relaciones sexuales en el último año, incluyendo confesar si usó condón o no.

Todo es más sencillo desde el punto de vista del entrevistador, muchas veces personal contratado de forma específica para una encuesta en particular, aunque muchos suman la experiencia de varios ejercicios consecutivos, con lo que se reduce el trabajo de tener que prepararlos antes de cada salida al campo, además que se incrementa la efectividad de su labor.

Los encuestadores se mueven en equipos menores de diez personas que llegan al lugar en que se aplicarán las encuestas: quizás doce en un barrio de una ciudad, tal vez quince en una lejana comarca rural, o a lo mejor otros doce en un municipio de tamaño mediano de cualquier rumbo del país.

Para el supervisor de cada equipo, se trata de organizar a su personal, distribuirlo en el lugar definido por los expertos que diseñan cada encuesta, buscar al hombre, mujer o joven de las edades que la muestra dice que deben entrevistar en cada localidad, y asignarlos a sus encuestadores, en base a la rapidez con que sabe que trabaja cada uno, para que ninguno atrase al grupo.

Una vez recibidos los cuestionarios, el supervisor entrega nuevos cuestionarios con otros requerimientos específicos, y mientras el personal realiza la segunda ronda de entrevistas, él regresa a hablar con algunos de los encuestados, para corroborar la exactitud de las preguntas contestadas.

“Se comprueba un porcentaje de los cuestionarios, y se le repiten seis de las preguntas a las personas para asegurarse que las respuestas se anotaron correctamente. A veces no hay tiempo de comprobar toda la muestra levantada en un lugar, de modo que anotamos el nombre y número de teléfono de la persona, para llamarla después y hacer la misma comprobación”, explicó Oscar Escobar, supervisor de CID Gallup.

Escobar explicó que si se detectan demasiadas inconsistencias, se elimina el cuestionario y se ordena al encuestador efectuar otra entrevista a una persona que responda a la misma caracterización de la primera, para mantener los niveles de confiabilidad de la encuesta.

CID Gallup nos “abrió las puertas” de su encuesta, mientras efectuaban entrevistas en el barrio “Isaías Gómez”, de Managua, así como en el caserío “El Piloto”, perteneciente a la comarca “La Grecia”, en Chinandega, y en áreas rurales del municipio de El Viejo, en el mismo departamento.

Esto fue lo que constatamos.

Un típico hogar orteguista

*En el barrio “Isaías Gómez”

Un viernes lluvioso y nublado en el barrio “Isaías Gómez”, en la capital. Cuatro encuestadores caminan casi dos cuadras buscando un “varón de 25 a 34 años”, pero en todas las casas les decían que “aquí sólo viejitos hay”, o “todos los hombres andan trabajando”.

¡Que dicha! ¿Habremos llegado a la cuadra del pleno empleo masculino?

Esa mañana, los encuestadores son los costarricenses Maritza Fonseca y Fernando Cascante, quienes tienen también la tarea de supervisar el trabajo. Les acompañan los nicaragüenses Oscar Escobar y Rosa Ramírez, que funge en ocasiones como supervisora temporal.

Ante tantas respuestas negativas, Fernando parece esforzarse por parecer más tico: llama a las casas diciendo “upe”, esa palabra costarricense que en nica se traduciría como “¡buenas!, ¿hay alguien en casa?”.

Cuando la gente le contesta, Fernando explica que llega en nombre de la empresa “Cid Gallup, de Costa Rrica”, arrastrando la letra “R” para parecer más tico, tratando así de desarmar la natural desconfianza con que la gente recibe a un encuestador, porque no sabe si es en realidad un empleado del gobierno que llega a averiguar Dios sabe qué.

Después de varias respuestas negativas, en donde la gente –desde la ancianita que pregunta curiosa quienes son ellos, hasta la señora que sale con el muchachito en toalla recién sacado del baño- los mira con un poco de aprensión, y los trata como si fueran testigos de Jehová que llegan a predicarles las Buenas Nuevas del Reino.

Finalmente lo encuentran. Se llama Carlos, tiene 25 años y está de visita en casa de su madre, donde también viven varios de sus hermanos. Los afiches color rosado chicha denotan que en la casa se respira orteguismo. Carlos accede a hablar con el encuestador, mientras su madre, una señora rellena y sonriente, lo abraza por la cintura, como queriendo controlar lo que su muchacho dice.

El hombre comienza a responder las preguntas. La señora lo contradice a veces, pero el encuestador centra la conversación en lo que dice él. Cuando Carlos declara que apoya a Fabio, un hermano malhumorado sale desde dentro de la casa, y grita que Daniel lo ha hecho todo bien, pero el encuestador también lo ignora.

El resto de la familia observa desde el porche, entre curiosa y divertida, mientras Fernando le entrega una copia de la boleta electoral en la que aparecen los nombres de los cinco candidatos a presidente, pidiéndole que “vote” por uno de ellos.

Carlos la recibe receloso, pero se siente más tranquilo cuando el encuestador le da la espalda para no ver qué casilla marcó. Luego de “votar”, dobla la boleta, y la introduce en una carpeta de plástico transparente, donde queda de primera.

Sorprendentemente, el orden de los candidatos en esta boleta no coincide con el de la boleta oficial, pero Vania Soza, de la oficina de Cid Gallup en Nicaragua, explica que hay varios diseños de boleta, para que el encuestado no crea que el entrevistador sabrá por quién votó él, lo que sería evidente con sólo ver hacia dónde se dirige el lapicero si uno va a marcar una boleta con el diseño oficial.

El interrogatorio continúa. Carlos aclara que apoya a Fabio, pero asegura que Ortega deja mejor el país; apoya a la alcaldesa de Managua designada por el CSE, Daysi Torres, pero no le gusta el trabajo del Vicepresidente Jaime Morales Carazo, a quien en realidad parece no conocer, como tampoco sabe quien es Mundo Jarquín.

La preguntan por varios países, de los cuales resulta que no le gusta Brasil pero sí Venezuela. Las preguntas regresan al terreno de lo político, donde asegura que el CSE no es confiable, y que Fabio Gadea lidera a la oposición, aunque no es capaz de mencionar a un solo dirigente católico que apoye la candidatura del empresario radial.

Preguntado sobre los problemas del país, menciona el empleo (él mismo está sin trabajo), así como el crimen y la inseguridad, flagelos que, está seguro, Gadea sabrá resolver.

La respuesta no deja muy feliz a su madre, que le reclama por no compartir la visión favorable que ella tiene de Ortega, a lo que Carlos le responde: “Estoy desempleado. ¿Qué te ha dado a vos?”, a lo que ella responde “mi casa”.

Luego de otra ronda de preguntas, y de rechazar que se les tome una foto para este artículo, el encuestador agradece a Carlos por su tiempo, mientras trata de hacer entender a la señora que le reclama por no entrevistarla a ella, que también quisiera participar de la encuesta para dejarla, por lo menos, empatada.

En el Km. 147 carretera a Guasaule

*La señora de las chiverías

El segundo día comienza a las 6:00 am en la Esso de Metrocentro, hasta donde el equipo va llegando poco a poco: son cuatro hombres y cuatro mujeres, que están supuestos a viajar a varios municipios de León y Chinandega, y regresar a Managua después de las nueve de la noche.

Los que llegan primero compran algo para desayunar, y se aseguran de tomarse un buen café para combatir el frío de esta mañana extrañamente nublada, que más parece alguna de las urbes del norte, que la siempre calurosa ciudad que ocupamos de capital del país.

Este sábado, Oscar Escobar es el hombre a cargo de la operación. Los paquetes recibidos le indican la dirección del lugar al que tiene que ir, el sexo y la edad de las personas a entrevistar, por lo que él entrega a cada uno de ellos un cuestionario con cuatro páginas de preguntas… y una boleta engrapada, que no despegarán de ahí.

Dos policías de tránsito (varón y mujer), entran a la tienda y repasan con la vista las ofertas del local. Mientras deciden si compran un sándwich a 80 córdobas, un croissant con café a 35, o un hotdog con papas western y gaseosas a 56, una voz en la radio pide a gritos a su operador en el puesto de mando que apresuren la ambulancia, porque tienen “un motorizado tendido en el pavimento, aquí en la Centroamérica”.

Poco a poco van llegando los encuestadores que están retrasados, los que dejan sus pertenencias en las mesas sus compañeros, y proceden a efectuar el mismo ritual de elección que antes ejecutaron los dos policías, que ahora comen felices sus palitos de papas fritas embadurnadas de empanizador, mientras por la radio siguen pidiendo a gritos que apuren la ambulancia, sin que ellos le presten atención, o al menos bajen el volumen del aparato.

Finalmente, la salida, a eso de las 7:00 am, depara una gira con tres paradas: en una vulcanización poco después de las Piedrecitas; en León, para dejar a una pareja de encuestadores, y en El Piloto, en el kilómetro 147 de la carretera Chinandega – El Guasaule.

Allí, Oscar encuentra a doña Rita Urrutia y se la asigna a Jairo García para que la entreviste. La señora anda descalza por entre el barro de varios días de lluvia acumulada, pero eso no le impide lucir unas uñas de los pies primorosamente pintadas de rojo, mientras saca las botanas, chicles, galletas y caramelos que trata de vender en una mesa techada.

Cuesta creer que alguien pase por aquí con este clima y en esta soledad, donde las casas se sitúan una a cierta distancia de la otra, como acompañando la carretera por donde de vez en cuando pasa raudo un furgón con mercaderías o un bus de pasajeros que difícilmente se detendrán ante el caramanchelito de la señora.

Jairo comienza a leer el cuestionario y formula las preguntas con la monotonía propia de quien se limita a leer de forma mecánica. Doña Rita responde a veces con un “si” o un “no”, aún antes que él haya terminado de formular la interrogante. ¿De verdad está entendiendo las preguntas?

Así, ella asegura que le interesa la política, y revela que sólo cursó el segundo grado de primaria; admite su preocupación después de tantos días sin ver el sol, y aprovecha para abogar por sus hijos en problemas económicos, como si tuviera enfrente a un funcionario de gobierno.

En determinado momento, Jairo pone la boleta al alcance de doña Rita (sin despegarla del cuestionario), y le pide que marque la casilla del candidato de su preferencia. La señora la recibe y se aparta un poco. Revisa la boleta y observa las caras de los cinco candidatos como si no los conociera a todos, hasta que marca una casilla con toda solemnidad, como si todos estuvieran empatados y su voto fuera el decisivo.

Ajeno a todo, un ternero estira el cuello tratando de alcanzar una hoja de chagüite. Para lograrlo, extiende su larga lengua con la que alcanza a sorber el agua que se desliza por el vegetal, y una vez escurrida, la engulle sin más, para satisfacer al unísono su hambre y su sed.

Más acá, Jairo lanza varias preguntas a quemarropa a doña Rita: ¿tuvo sexo el último año? ¿Usó condón la última vez que tuvo relaciones sexuales? ¿Tiene facebook? Sorprendida, la señora responde que “sólo lo hago con mi marido”, mientras trata de entender qué significa esa palabra tan rara.

Sus respuestas a una nueva ráfaga de preguntas muestran que ella entiende que el SIDA es un castigo de Dios; que los homosexuales merecen que el gobierno les dé medicinas para atender esa enfermedad, mientras que las prostitutas no, porque “se lo merecen por llevar ese estilo de vida”.

En el caserío La Grecia

*Una votante joven

Elena Velásquez tuvo que caminar varias cuadras y adentrarse en las entrañas de otro caserío de La Grecia, para encontrar a una mujer de 20 a 25 años. Encontró a Janet Gómez, que a sus 20 años, ya tiene compañero y hasta un hijo.

Las dos mujeres se van a un extremo de la casita con techo de palma, donde la encuestada confiesa su adhesión al presidente Ortega, del que vaticina que ganará las elecciones. René Núñez, Róger Guevara Mena, Jaime Morales Carazo, Edmundo Jarquín, el cardenal Obando y Roberto Rivas, integran su extensa lista de ilustres desconocidos.

“¿Rosario Murillo? Nunca he oído hablar de ella”, asevera tranquila. ¿Conoce a algún líder católico que apoye a Daniel Ortega? No. ¿Alguno que apoye a Arnoldo Alemán? No, ¿O a Fabio Gadea? No.

Cuando Elena le pregunta cuál es el principal logro de Daniel Ortega, la joven parpadea rápida y nerviosamente, mientras piensa en alguna respuesta válida. Finalmente la encuentra: “La construcción de casas para las familias”.

Toda una ironía, si se considera que bajo el techo de su casa de palma, que cubre una superficie de 4 x 6 metros, la familia (compuesta por unas 12 personas), destinó la mitad del terreno para acomodar las dos camas en que se supone que duermen todos, mientras la otra mitad sirve de sala, porche, cocina y patio de juegos a la vez.

En una esquina de ese “patio techado”, 4 niños que no se han bañado (aunque afuera sigue lloviendo a cántaros), juegan a que hacen tareas de matemáticas en un viejo libro de inglés; debajo de una mesa, dos perros hambrientos se esfuerzan por dormir, mientras batallones aéreos de moscas se esmeran en impedírselo.

Janet sigue respondiendo… y contradiciéndose: el principal problema que ella observa es la falta de viviendas, pero sólo Ortega (que ya casi termina sus cinco años de mandato) puede resolverlo. ¿Y no es que su principal logro es la construcción de casas para las familias?

A ella también le llega su momento de confesar si ha tenido relaciones sexuales en el último año. Elena se lo pregunta sin importarle la presencia de la mamá de Janet, que observa en silencio la entrevista. Ruborizada, la joven responde que si. ¿Usó condón la última vez? No. ¿Por qué? Es que me da vergüenza.

“No voy a voy a votar, no tengo opinión”

*Un testigo de Jehová

Luego de salir de La Gloria, la siguiente parada es en el casco urbano de El Viejo, en las cercanías de la Gasolinera Uno, donde Birtelia Mayorga, con un título de sicología en su palmarés, entrevista a Hugo Balladares, de 25 años, Testigo de Jehová, quien le explica que no va a votar por nadie, y que no tiene preferencia política.

Mientras van saliendo las preguntas, que Birtelia hace con naturalidad, él responde de forma cortés, aunque sin ganas, tapándose a ratos la boca con su mano izquierda, dejando un espacio entre los dedos índice y de en medio para que pasen las palabras.

Sus puntos de vista sobre la sexualidad son cerrados, y sin espacios para transigir.

La homosexualidad no le es aceptable, porque es contra la naturaleza. No opina sobre los travestis, ni sobre su derecho a frecuentar sitios públicos, trabajar en el mismo lugar que él, o aún, vivir en su casa. Ni siquiera quiere decir si está de acuerdo con que se les entregue medicamentos a trabajadoras del sexo, o a los homosexuales o a los niños que tienen sida.

El no tiene opinión sobre esos temas.

Comentarios

1
carlos calero

He participado en varias ocasiones levantando encuestas, creo que el trabajo es a cierto nivel profesional (trabajo de campo), luego esta encuesta debe ser manipulada por quien la paga o por quienes deciden que debe "de salir", en el caso de la encuestadora siglo nuevo coincide con CiD Gallup, la diferencia es de apenas 2%, lo que en un mundo de la muestra es insignificante, por lo cual considero que los resultados son "razonablemente creibles"; ahora bien los acepta la derecha?

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