Una mala maniobra de tránsito truncó el sueño de Antonio. Este muchacho nicaragüense, originario de Chontales, decidió pasar un semáforo en rojo, lo que marcó su destino en Estados Unidos. Un patrullero lo detuvo, pidió los papeles y al percatarse de que el joven era ilegal, lo detuvo. Estuvo tres meses en una prisión para ilegales en Los Angeles, hasta que las autoridades estadounidenses lo repatriaron y pasó a engordar la lista de deportados nicaragüenses, que en 2010 sumaron 1,347 personas, según datos del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Antonio asegura que no se da por vencido. Intentará regresar a Estados Unidos cruzando México, en una larga y cada vez más peligrosa travesía. Dice que vale la pena. Allá dejó todo lo que había construido durante cuatro años de trabajo, y no está dispuesto a perderlo. Cuando las autoridades lo apresaron por ilegal, no tuvo tiempo de arreglar sus cosas: regresó a Nicaragua con lo que tenía puesto. Una situación desmoralizante: regresar sin nada al país del que se fue por falta de oportunidades. A sus 22 años dice que no está dispuesto a quedarse: Nicaragua no es país para jóvenes.
El drama de Antonio lo han vivido miles de nicaragüenses que anualmente son deportados por las autoridades estadounidenses. El dato del Departamento de Seguridad Nacional no deja de sorprender. Más de mil compatriotas deportados es un número grande, aunque menor si se compara con las estadísticas de El Salvador (18,520), Honduras (17,899) y Guatemala, que encabeza la lista, con más de 23 mil deportados en 2010. Costa Rica es el país centroamericano con menor nivel de deportados, apenas 275 el año pasado.
Un drama Centroamericano
Las deportaciones son uno de los grandes dramas centroamericanos, dado el peso que tiene para las débiles economías de la región el regreso al país de miles de inmigrantes, personas que dejan de enviar remesas y que en muchos casos, dadas las faltas de oportunidades de trabajo, terminan formando parte de los grupos ilegales que desangran el llamado “triángulo norte”.
De hecho, las deportaciones pueden tener un fuerte impacto en la política de seguridad de Estados Unidos, a tal punto de que varios legisladores se han pronunciado a favor de revisar las leyes de deportación. Uno de ellos es el demócrata Eliot Engel. “No estoy diciendo que deberíamos parar de deportar extranjeros criminales o ilegales, sino que las leyes están teniendo consecuencias importantes que el Congreso no ha considerado plenamente”, dijo Engel.
Las estadísticas de las autoridades estadounidenses no especifican el motivo de las deportaciones, aunque en uno de los ficheros se establece una causa general denominada como “estatus criminal”. Basados en ese concepto poco claro, 794 de los nicaragüenses deportados en 2010 tenían un estatus criminal. En el caso de Guatemala, 9,359 fueron deportados con esa “señal”, así como 8,315 de los salvadoreños y 10,358 de los hondureños.
La mayor cantidad de las deportaciones registradas en 2010 se dieron en los estados del suroeste de Estados Unidos, principalmente Arizona y el sur de California. Sólo en la ciudad de San Diego, cerca de la frontera con México, fueron detenidos más de 110 mil migrantes.
En California, algo así como El Dorado para los migrantes mexicanos y centroamericanos, durante cuatro años tuvo su casa Antonio, en una ciudad cercana a la Bahía de San Francisco, que prefiere no mencionar. Había comprado carro, mandaba dinero a su familia para comprar tierras en Chontales y tenía “sus cosas”, pertenencias adquiridas a fuerza de trabajo en una granja donde lo trataban “como perro”, pero en la que recibía un salario mensual de 2,400 dólares (54,384 córdobas al cambio oficial), una cantidad que este joven está seguro que sería difícil ganar en Nicaragua.
Tras ser apresado por su infracción, Antonio fue encarcelado en una prisión en las afueras de Los Angeles, una especie de limbo en la que no sabía qué medidas tomar. No contaba con su dinero, no podía pagar una fianza ni contratar a un abogado. Las autoridades estadounidenses lo mantenían mientras preparaban su regreso a Nicaragua. Acá llegó hace 15 días y desde que entró al país pensó en regresar.
Precisamente el desconocimiento de las leyes y sus derechos es uno de los factores que afectan a los migrantes de la región, explica Martha Cranshaw, coordinadora de la organización Nicas Migrantes. Cranshaw recomienda a los migrantes nicaragüenses informarse siempre sobre las leyes migratorias de los países, al iniciar el largo viaje hacia el norte informarse bien de las rutas y las ciudades cercanas a éstas, así como las autoridades nacionales o centroamericanas (embajadas, consulados) que pueden interferir por los migrantes. Sin embargo, para la gran mayoría de éstos, el viaje en busca del “sueño americano” es un viaje a ciegas. No tienen más protección que la propia.
Un viaje de pesadilla
Entrevisté a Antonio en marzo de 2010, para un reportaje especial publicado en Confidencial en aquel mes. Antonio estaba contento por haber conseguido trabajo y me dijo que ahorraba dinero y que no tenía planes de regresar a corto plazo. En aquella ocasión narró la pesadilla que vivió en su ruta hacia Estados Unidos:
Salió de Managua un día de febrero, a las 1:30 de la tarde, junto a otras 90 personas que, como él, habían pagado su boleto a una mejor vida. Después de 18 horas de camino apenas sin parar, llegaron al primer destino: Ciudad de Guatemala, donde pasarían dos días antes de que dos camiones los llegaran a traer para llevarlos hasta la frontera con México.
De la frontera los trasladaron a Chiapas y de allí comenzó una larga travesía para cruzar México, que incluiría viajes en pangas y sin salvavidas atravesando lagos de aguas profundas, puentes colgantes que se mecían vertiginosamente y que daban la sensación de caer en cualquier momento a un vacío de rocas filosas, molestos caminos ardientes; la incomodidad de dormir apretujados en pequeños cuartos de casas perdidas quién sabe en qué confines; sin bañarse, haciendo las necesidades más básicas al aire libre; apenas comiendo y bebiendo.
Antonio recuerda que uno de los peores momentos que vivió en aquel viaje que le parecía sin fin fue cuando los coyotes los trasladaron a Puebla. Un camión frigorífico de dos pisos llegó por ellos, aunque no iban solos: otro grupo de noventa personas también sería trasladada. 180 almas apretujadas en un camión para transportar pollos. A Antonio le tocó viajar en el piso de arriba, que contaba con un raquítico aire acondicionado; otro grupo iba en el piso de abajo, con hoyos abiertos en la plataforma del camión para que entrara aire.
El aire del camión falló tras diez horas de viaje de pie, totalmente encerrados, aguantándose las ganas de orinar, con la estricta orden de no hacer bulla para evitar llamar la atención. Los 90 pasajeros comenzaron a sentirse asfixiados, la sensación de pánico se apoderó de ellos. Comenzaron a gritar, a golpear las paredes del camión, a pedirle al conductor que se detuviera. “Nos estábamos ahogando, todos sudábamos, gritábamos”, recuerda Antonio. El chofer se detuvo, abrió las compuertas y los pasajeros respiraron desesperados. Tardó unos minutos para reparar el aire y continuar el viaje.
De Puebla el grupo fue trasladado a Sonora y de ahí directamente a la frontera con Estados Unidos, donde serían movidos en grupos de diez, acompañados de un guía que les ayudaría a cruzar el desierto hasta Phoenix, Arizona.
“Es horrible caminar por el desierto. Cuando pasaban los helicópteros de la Patrulla Fronteriza nos quedábamos calladitos y el guía nos echaba encima una cobija del color del suelo. El guía no paraba de fumar marihuana y se alteraba fácilmente, nos podía golpear y hasta amenazaba con matarnos. Uno no le hizo caso y lo agarró a patadas. El muchacho nos dio lástima, pero no podíamos hacer nada porque el guía nos podía dejar perdidos”, dice Antonio.
Todos llevaban un galón de preciosa agua y una mochila con potes de comida. Un día después de iniciar la travesía un hombre de 45 años se torció un tobillo, por lo que se le dificultaba seguir. El guía le gritaba que avanzara, que no se quedara, que ya iban a llegar, y el hombre los seguía, de lejos, cojeando.
Antonio no soportó la situación. Fue hasta él y le ayudó a cargar la mochila. Pero el hombre no podía seguir. “Váyanse sin mí”, recuerda Antonio que imploraba. El muchacho entonces se echó el brazo del hombre al hombro y siguió la caminata así, cargado ambas mochilas.
“Llegó un momento en el que tuve que botar mi galón de agua y mi comida. Me dije que tenía que aguantar a ese hombre pase lo que pase. Doy gracias a Dios por tanta fuerza que me dio”, dice.
El grupo pudo llegar hasta Phoenix tras 22 días de viaje desde Managua. En Phoenix fueron hospedados en un rancho, de donde salieron hasta Los Angeles. En la ciudad californiana los coyotes contactaron al primo de Antonio, que lo llegó a traer a las nueve de la noche de ese mismo día.
¿Por qué quieren regresar?
¿Vale la pena arriesgar la vida por un futuro incierto? Antonio, a sus 24 años, está dispuesto a hacerlo. No lo detienen ni las noticias terribles que llegan desde México, donde grupos criminales como los terribles Zetas secuestran, extorsionan y asesinan a los inmigrantes cuyos familiares no pagan el monto exigido por su liberación.
Marcela Zamora conoce muy bien esa situación. Zamora es una cineasta nica-salvadoreña que ha hecho en cuatro ocasiones el recorrido que hacen los migrantes centroamericanos a través de México, una trayectoria de aproximadamente cinco mil kilómetros. Zamora ha documentado los maltratos que sufren las migrantes centroamericanas, que ha dejado documentados en su obra “María en tierra de nadie”.
Esta documentalista explica por teléfono que Los Zetas son actualmente uno de los principales azotes de los migrantes. Los secuestros se han convertido, de hecho, en un negocio rentable: a cambio de la libertad exigen cantidades de dinero que van desde los 500 hasta los 5,000 dólares, sumas tan altas que muchos no pueden pagar porque vienen de zonas muy pobres, y en muchos casos con su viaje se convirtieron en la esperanza de su familia para poder salir de esa miseria. Así es que si no pagan los eliminan.
Uno de los momentos más dramáticos del documental de Zamora lo protagoniza una migrante que fue secuestrada por una organización criminal ligada a Los Zetas. Estos le perdonaron la vida a cambio de que ella les lavara y cocinara. Su relato es estremecedor: Ella trabajó para un “carnicero”. Cada vez que lavaba la ropa de éste miraba que estaba llena de sangre, y siempre se preguntaba por qué. Hasta que se enteró y con lágrimas lo explica en el documental: “Es el que mata a las personas que no tienen a nadie que responda por ellos. Destaza a la gente, los mete en un barril y les prende fuego”.
La situación es más terrible para las mujeres centroamericanas, que sufren el doble peso de ser ilegales y mujeres. Lo explicó por correo electrónico Argán Aragón, sociólogo que ha estudiado el fenómeno de la migración centroamericano y aspira a un doctorado en sociología por La Sorbona, de París.
“Poco a poco el sexo se vuelve una estrategia para cruzar para las mujeres (Cuerpomatic, le llaman). Algunas cuentan que piensan librar retenes de las autoridades migratorias o policiales, librar asaltos, hacerse ayudar por otros migrantes durante el viaje, o irse con un camionero de frontera a frontera, a cambio de favores sexuales. Y la verdad muchas lo logran”, explica Argan.
Una estrategia que este experto conoció en persona: “Muchas hondureñas se visten muy sexys durante el viaje (con escotes y minifaldas), para seducir y así ir pasando los obstáculos. Conocí a una niña muy guapa que viajaba con pollero y con toda su familia, y que tenía que ir haciéndose novia de un chavo autóctona en cada camión para que la policía no le pidiera papeles a ella, también tendría que acceder a lo que le pida cualquier autoridad, y también se le entregaba al pollero. No sé cómo llegó a Los Angeles, si es que llegaron, pero esto ha de haber alterado su percepción de ella misma y de la de sus padres con quien viajaban”.
“La situación está grave, muy grave y solo parece empeorar”, dice Argan. “Y como sabes, esto es solo una diminuta parte de lo que ocurre. Impresionante como el ser humano tiene hasta la médula una cosa: el aguante para seguir adelante”, concluye.
Seguir adelante es lo que desea hacer Antonio, el muchacho de chontales que forma parte de las estadísticas de deportados del Departamento de Seguridad estadounidense. Antonio ha puesto de acuerdo con un amigo para regresar a Estados Unidos. Con este amigo estudia la ruta que deberán emprender. Aunque aún no tiene una fecha para hacer el viaje, está seguro que encontrará trabajo y comenzará de nuevo. Como ya lo hizo en 2007.

Comentarios
760.522.8808
Soy miembro de una firma legal en San Diego. Si algun nica, o su familiar, se encuentra en una de estas situaciones, contactese conmigo al 76.522.8808. Quiza les pueda ayudar.
Recibió el memo el COSEP?