Esta nueva versión de una taquillera comedia de horror de los ochentas es un filme de género. La trama es relativamente simple. En un genérico suburbio de Las Vegas, Charlie (Anton Yelchin) lleva la vida un adolescente promedio. En la escuela trata de ser suficiente cool como para merecer a su novia Amy (Imogen Poots), pagando el precio de distanciarse de su nerdísimo amigo de infancia Ed (Christopher Mintz-Plasse). En casa ofrece reconfortante camaradería a su madre soltera, Jane (Toni Colette). Su precario balance se compromete cuando aparece un nuevo vecino en la casa de al lado. Su nombre es Jerry (Colin Farrell). Parece un chico malo acomodándose en la mediana edad, con ojos para Jane. Pero antes de que un ápice de romance florezca, Ed chantajea a Charlie para que le ayude a invadir la casa de Jerry. El inadaptado escolar está convencido de que el recién llegado es un genuino vampiro, culpable de varias desapariciones en la zona. Y por supuesto que tiene razón.
Concebida como producto para la competitiva temporada veraniega, la película de Craig Gillespie debe cumplir con las convenciones que el espectador promedio está acostumbrado a procesar. Así, cada breve secuencia de suspenso culmina con un aparatoso golpe de orquesta que nos anuncia que la tensión se ha disipado por el momento. Situaciones dramáticas interesantes, como la soledad de Jane, son abandonados cuando la acción se toma por asalto el filme. El complicado giro que toma la relación entre Charlie y Ed, se resuelve con un humor que parece estar invocado para evitar que la trama ahonde mucho en la humanidad de los personajes. La película cae presa del distanciamiento irónico que le permite venderse como comedia. Justo cuando la trama se mueve en dirección de un lugar realmente oscuro, lo realizadores dan marcha atrás para no distraer...de la distracción. Véase la confrontación entre un cazavampiros y un ser amado “convertido” por Jerry. El costo emocional del momento no es registrado por la cámara, mas bien dedicada a establecer los parámetros de la confrontación final. Por eso la película termina siendo vagamente insatisfactoria, a pesar de su eficiente manufactura y el carisma del reparto.
Dentro de sus limitaciones, ofrece algunos alicientes. Farrell le hinca el diente a su papel. El actor irlandés que en los inicios de su carrera fue infructuosamente mercadeado como la segunda venida Brad Pitt, parece liberado por no tener que cargar sobre sus hombros el protagonismo de una película. Este papel, a la par de su caricatura en la reciente “Quiero Matar a Mi Jefe” (Seth Gordon, 2011), puede garantizarle una larga carrera como secundario de lujo. También tenemos una instancia de casting astuta, al darle el papel de Peter Vincent, una especie de cazador vampiros cruzado con el mago Chriss Angel, a David Tennant, actor inglés que saltó a la fama como una de las últimas encarnaciones del mítico Dr. Who, de la clásica serie de ciencia ficción. Lástima que la siempre excelente Toni Colette se vea desperdiciada cuando los giros de la trama la sacan prontamente de la acción. La intensidad de la secuencia es chocante porque parece el clímax de la película, y aparece apenas a la mitad del metraje. Saca la alfombra de debajo de los pies de la audiencia de la mejor manera posible. Todo lo bueno trae algo malo.
A pesar de sus múltiples eventos y efectos especiales apropiadamente asquerosos, la mayor virtud de la película está en su atmósfera. Gillespie y el excelente director de cinematografía Javier Aguirresarobe crean una realidad tan plástica y estéril que no resulta imposible creer que un muerto viviente pase desapercibido entre los vivos. Y esta no es la película de vampiros de sus abuelos. La noche nunca es naturalmente oscura. Siempre esta contaminada por las luces parásitas de la modernidad. El resultado no es estéticamente bello, pero si es conceptualmente brillante, y ejecutado con técnica impecable. En un mundo perfecto, Aguirresarobe conseguiría una nominación al Óscar, pero esos honores están vedados para modestos productos de género como éste, que apenas aspiran a asustar y entretener por menos de dos horas. Es horrible. Como debe ser.
