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Los Sombreros del Destino

“Los Agentes del Destino”
(The Adjustment Bureau)
Dirección: George Nolfi
Duración: 1 hora, 46 minutos
Clasificación: * * (Regular)

Juan Carlos Ampié | 26/6/2011

El influyente escritor de ciencia ficción Philip K. Dick es una fuente inagotable de inspiración para Hollywood. Sus trabajos han inspirado “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), un clásico filme de culto; expertos ejercicios taquilleros como “Total Recall” (Paul Verhoeven, 1990) y “Minority Report” (Steven Spielberg, 2002) un alucinante experimento de animación en “A Scanner Darkly” (Richard Linklater, 2006). También una buena camada de películas menores que desperdician el potencial de sus poderosas premisas. En esa lamentable lista pertenece “Los Agentes del Destino”.

David Norris (Matt Damon) es un joven político en ascenso. En una noche crucial para su carrera, su camino se cruza con el de Elise Sellas (Emily Blunt), una bella bailarina que parece la mujer de su vida. Pero el romance no puede ser. Al menos, eso dicen misteriosos hombres vestidos con severos trajes grises y anacrónicos sombreros, conspirando para que los incipientes amantes no vuelvan a encontrarse. Ellos pertenecen al “Buró de Ajustes”. Son una especie de funcionarios metafísicos que se encargan de que la vida de las personas siga el curso predeterminado por el “Presidente” de la compañía. Llámenle Dios, el destino, o lo que sea. El caso es que no quiere que David y Elise hagan vida juntos. Pero no cuenta con que David es un tipo motivado, listo para desafiar a la autoridad.

La premisa es K. Dick clásico. Bajo las superficies futuristas, el autor sembraba profundos dilemas éticos, morales y existenciales. Acá tenemos la semilla de una fascinante meditación sobre la tensión entre la auto-determinación y el destino manifiesto que supone la fe, o la creencia en un poder superior. Pero más allá de relatar en términos concretos su historia, la película de George Nolfi no logra trascender a sus particulares más mundanos y representativos. No es problema que la acción se desarrolle en un reconocible Nueva York del presente, y no en una ciudad del futuro visionariamente concebida –  más bien lo mundano del entorno hace que los elementos fantásticos sean creíbles.

La película fracasa porque el director es incapaz de procurar un lenguaje visual que complemente la trama, que esté a su altura. Nolfi es un artesano, y aquí hace falta un visionario. Su único acierto es filmar de la manera más sutil posible el “modo de traslado” de los vigilantes, abriendo puertas comunes que para ellos funcionan como portales a lugares lejanos. Así, los personajes pueden abrir el baño del Museo de Arte Moderno y cruzar el umbral para poner pie frente a la Estatua de la Libertad. Lindo truco. Por lo demás, las ineludibles escenas de diálogo expositivo caen como yunques, y los devaneos de la pareja agotan a pesar del mesurado metraje del filme.

Es una lástima, porque se despedicia un reparto de lujo. Damon siempre infunde sentido de propósito en sus personajes. Emily Blunt es adorable en un papel que podría ser insoportable por la cualidad preciosista que se le infringe – bailarina moderna, dicharachera y sentimental -. Y los “vigilantes” son de primera categoría. Tenemos a Terence Stamp, imponente en su madurez; Anthony Mackie en su primer papel sustancial post “The Hurt Locker” (Kathryn Bigelow, 2009); y el irresistible John Slattery, probablemente reclutado porque nadie porta un fedora como él en la serie de TV “Mad Men”. Los actores mantienen viva la promesa del film, con tal vigor que al rodar los créditos finales, queda la sensación de que esto no estaba supuesto a pasar. No así. Mi vigilante se durmió a la hora de conducirme a otra película.

Comentarios

1
El celoso

Loco, tuani tu reportaje de ayer! HAHAHAHA
Insisto, ENVIDIO LAS MUJERES GUAPÍSIMAS QUE TE ACOMPAÑAN SIEMPRE =(

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