Entre la luna y New York City: lo mejor que puedes hacer es seguir a Brand y Gerwig en “Arthur”.
La taquilla solo recuerda super héroes, pero la radio nunca olvida. Si menciono “Arthur”, la comedia que ahora se estrena en versión remozada 30 años después de la aparición del original, es poco probable que desfilen por su mente Dudley Moore como un millonario felizmente dipsómano. O Liza Minelli, como la chica pobre que le enseña a ser feliz. Vendrán a su mente los acordes de la melosa balada interpretada por Christopher Cross, “El Tema de Arthur”, que probablemente está sonando en algún lugar de nuestro dial en este preciso momento.
Nada parecido se escucha en el nuevo filme, y gracias a Dios – linda canción, pero después de oírla un millón de veces, hasta Burt Bacharach habría roto el disco. Y esa no es la única diferencia de fondo. La actitud frente a la adicción es ahora más iluminada. El guión de Peter Baynham pone énfasis en una patología más benigna, que cala a fondo con la cultura popular de momento y los dotes de su nuevo protagonista, el comediante Russell Brand. “Arthur” sigue siendo alcohólico, pero la característica que lo define es su estado de adolescencia retardada. Es un niño-hombre, inocente e irresponsable, acostándose con vividoras anónimas en una cama coronada por un espectacular modelo del sistema solar, marcado por la muerte temprana de su padre y una madre remota. No en balde Arthur hace su entrada vistiendo el infame disfraz que Joel Schumacher re-diseño para sus secuelas destruye-franquicias de “Batman” a mediados de los noventas. Si, el bati-traje con pezones. Y de remate, el mismo bati-móvil. Rescatar esos detritos de cultura pop actualiza de un sólo golpe la historia y define la psiquis del protagonista.
La historia es básicamente la misma. Arthur accede a casarse con una ejecutiva trepadora (Jennifer Garner), so pena de verse desheredado. Simultáneamente, conoce a una excéntrica chica pobre (Greta Gerwig) que se manifiesta como su pareja ideal. Todo sucede bajo la atenta mirada de su nana. En la original se trataba de un mayordomo, interpretado por John Gielgud, pero el cambio de género tiene sentido. El “niñato” merece una figura maternal, para compensar a la arpía de su madre (Geraldine James).
La novedad no está en la trama. Puede adivinar el desenlace desde que echa una mirada al poster al lado de la boletería. Y la dirección de Jason Winer es poco inspirada. Pero la verdadera atracción está en las actuaciones. Brand tiene un talento magnífico para dispensar los chistes de una línea que colman el guión en buena parte de la película. Está por verse si podrá traducir ese don a personajes que escapen a su zona de confort, pero por el momento, funciona como reloj. Tiene una química chispeante con Mirren, y cuando las cosas se ponen sentimentales, juntos invocan inesperada gravedad emocional. Garner es una buena deportista hincándole el diente al papel de villana. Pero lo mejor de todo es el debut en nuestras pantallas de Greta Gerwig. La joven actriz despuntó en EEUU como el rostro más reconocible del movimiento mumblecore, películas de bajo presupuesto y guiones verbosos sobre los devaneos amorosos de jóvenes urbanos y bohemios. Entró al radar de Hollywood como la inocente cuyo amor prevalece sobre la neurosis depresiva de Ben Stiller en la excelente “Greenberg”. Aquí arriba en un vehículo más comercial y menos retador. Pero bienvenida sea, de igual manera.
