Los hermanos Coen han sido acusados de cerebrales y misántropos, como si eso fuera algo malo. Sí, pueden ser crípticos. Mucha gente todavía se rasca la cabeza por el diálogo final de “No Country for Old Men” (2009). Pero su nueva película ofrece un equilibrio perfecto entre su estilo, sus preocupaciones y las necesidades de un público masivo. Trabajando sobre la novela de Charles Portis - no la película de Hathaway que le valió un Óscar a John Wayne - Joel y Ethan Coen crean un oeste que no tiene lugar para débiles, pero sí ofrece espacio para esa moneda de cambio atesorada por ejecutivos y espectadores por igual: conexión emocional. La que se traduce en premios y récords de taquilla. No en balde consiguió 10 nominaciones al Óscar, y más de US$170 millones en la taquilla norteamericana, convirtiéndola en el film más taquillero de los hermanos cineastas. No podría pasarle a una mejor película.
Todo empieza con un hombre muerto, su cuerpo tumbado frente a una pensión, mientras el peón borracho que le mató huye a caballo. El difunto es el padre de Mattie Ross (Hailee Steinfeld), niña de 14 años que debe encargarse de los asuntos pendientes del padre, desde lo mundano – devolver unos caballos a un comerciante inescrupuloso – hasta lo trascendental: traer ante la justicia al asesino, Tom Chaney (Josh Brolin).
El hombre perfecto para el trabajo es el “Gallo” Cogburn (Jeff Bridges), un pistolero borracho y violento que ejerce como cazador de recompensas bajo el abrigo de la ley. La patrona adolescente no quiere simplemente asignar el trabajo. También quiere participar activamente en la cacería, y ver al villano pagar su crimen. Los esfuerzos por disuadirla son infructuosos. A pesar de la resistencia de Cogburn, Mattie se le une en el camino, a la par del alguacil tejano LaBeouf (Matt Damon), comisionado para atrapar al mismo malhechor por otro crimen. Pero Chaney se ha unido a la peligrosa banda de Lucky Ned Pepper (Barry Pepper). Dispensar justicia no será fácil.
La sombra de la película previa, la estatura legendaria de Wayne – y la decisión del estudio de matricular a Steinfeld en la categoría de Mejor Actriz de Reparto pata los premios de la Academia - podrían hacerles creer que esta es la historia de Cogburn, pero los Coen la centran en el personaje de Mattie Ross. Desde el inicio, se establece en el centro de la historia, como guía de esta particular expedición por el oeste imaginario. No hay atisbos de romanticismo, sea en la forma de nostalgia por el western de la era dorada de Hollywood, o en una idealización de los motivos de los personajes. Mattie busca venganza como si fuera un trámite más, heredado por la fatalidad. Tampoco se idealiza su juventud. En este lugar y esta época, la niñez no disfruta de la exaltación que la favorece en el presente. Los reparos en llevarla tienen que ver con consideraciones prácticas, y una vez que los vence a fuerza de terquedad, se convierte en un viajero más.
Los personajes habitan una realidad concreta y hermética, despiadada, prosaica en espíritu, aunque invocada con genuina belleza estética. La fotografía de Roger Deakins es trascendental. Menos evidente, pero igual de poderoso, es el efecto de la música. El compositor Carter Burwell toma la canción espiritual “Leaning on the Everlasting Arm”, un himno que data de 1887, y deriva casi toda la partitura del filme de su melodía. Es el mismo que entonaba el siniestro predicador encarnado por Robert Mitchum en “The Night of the Hunter” (Charles Laughton, 1955). No es un guiño vacío para que los cinéfilos se congratulen de identificarlo. Ambas películas se centran en niños que deben crecer rápidamente cuando la violencia les arrebata a sus padres, y el encuentro con una conflictiva figura paternal de repuesto.
Además de ser grandes estilistas visuales, los Coen aman la palabra verbalizada. Desde la cadencia de metralleta tomada de la clásica comedia de enredos de “The Hudsucker Proxy” (1994), hasta el argot hippie-surfista-marihuanero-californiano de The Dude en “The Big Lebowski” (1998), pasando por el cariñoso homenaje al acento del medio-este en “Fargo” (1996); sus películas son genuinos banquetes vernaculares. Se reporta que toman diálogos directos de la novela original, que encuentran elocuente expresión en el sólido reparto. También hacen gala de su perverso sentido del humor en una breve escena de violencia explosiva, donde resuenan ecos de sus películas previas.
Pero no están jugando. No se están pasando de listos, ni quieren chocarnos fácilmente. Muertes cruciales que un director menor explotaría en busca de catarsis o suspenso se ven desde la lejanía. Es porque el verdadero punto culminante de la película no es una ejecución, si no el atípico acto de nobleza de un personaje aparentemente irredimible. Se ejecuta en una cabalgata nocturna, retratada en una secuencia genuinamente lírica, que contrasta con lo que ha sido la película hasta ese punto. En el epílogo, es correspondido con un acto de amor que refleja una imagen del inicio de la película. Sin perder el estoicismo ni traicionar el espíritu del filme, los Coen muestran el corazón que late a tres cuartas de sus cerebros.

Comentarios
Gran pelicula, con una magnifica actuacion por cada uno de los actores, un western limpio sin gran atisbo de violencia desmesurada, muy limpia realmente el unico pero esque para mi gusto un final un tanto agrio.