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Nervios de Acero

“127 Horas”
(127 Hours)
Dirección: Danny Boyle
Duración: 1 hora, 34 minutos
Clasificación: * * (Regular, recomendada con ciertas reservas)

Juan Carlos Ampié | 14/3/2011

Parece que el 2010 fue el año para ver a gente bonita sufrir en la gran pantalla. Acabamos de presenciar la oscarizada inmolación de Natalie Portman en “Cisne Negro”, y llega ahora esta sesión de tortura a James Franco. No, no se trata de una re-transmisión de la ceremonia de los premios de la Academia. Es la adaptación de las memorias del joven montañista Aron Ralston, quien en el 2003 quedó atrapado por el tiempo titular en un cañón de Utah. Para liberarse tuvo que hacer algo radical, retratado con lujo de detalles en esta película cortesía del director británico Danny Boyle (Slumdog Millionaire, 2009). Aunque no sé si “cortesía” es la palabra adecuada.

Conocemos a Ralston sobre la marcha. No hay otra manera. Es un huracán de actividad, corriendo a un fin de semana de exploración, documentando sus pasos con cámaras de fotografía digital y video. El narciscismo, la atracción por el riesgo, el déficit atencional y la validación personal a través de la tecnología lo hacen un hombre de nuestro tiempo. Boyle crea frenéticos montajes, en pantallas divididas en varios fotogramas, con imágenes directas o indirectamente conectadas al Ralston. Suena consistente con la psíquis del protagonista, pero recuerda al estilo hiperkinético que el director explotó en su película anterior. “127 Horas” es una mezcla de videoclip y drama inspiracional en los términos menos sutiles posibles.

Después de un breve encuentro con dos mochileras (Kate Mara y Amber Tamblyn) - un genuino remanso de paz y conexión humana -, sucede el evento. Un traspiés envía a Ralston al fondo del cañon Blue John. El hombre de acción queda inmovilizado, con el brazo derecho apresado entre la monumental pared y un pesado peñazco. A solas y sin manera de comunicarse, el joven autosuficiente se vuelve vulnerable. El loco que presume de sentirse en casa en la naturaleza salvaje encuentra un escarmiento cósmico. Franco da un genuino tour de force actoral. Las circunstancias claustrofóbicas se vuelven tolerables para el espectador por su vívida caracterización. Pero pareciera que el director no confía tanto en él. No deja su cámara quieta – la mete hasta en una botella de agua. Los “flashbacks” vuelan con la regularidad del cuervo que ominosamente lo visita cada mañana. Seguro que Ralston repasó su vida, sus fracasos personales, y alucinó con sus seres queridos. Pero la literalidad de la propuesta de Boyle es desinspirada. Va detrás del sentimentalismo, y el valor de shock. Sólo así puede justificarse el gráfico tratamiento brindado al sacrificio mayor de Ralston. Una vez que nos ha reconfortado con melodrama, nos aturde con violencia gráfica (si no sabe qué sucede, o quiere sorprenderse, deje de leer).

Delirante, al borde de la muerte, Ralston se corta el brazo para liberarse. El proceso se muestra con lujo de detalle. ¿Es honesto a la experiencia del hombre? Supongo que sí. Pero se experimenta como una prueba de resistencia a la audiencia. Parece que Boyle nos está diciendo “¿Pueden creer lo que filmé? ¡James Franco, como Aron Ralston, se está cortando el brazo de verdad!”. Para mayor fidelidad anatómica, una toma mete la cámara dentro de la carne para ver los huesos rotos.  Así, nos saca efectivamente de la película para invadir el terreno de la provocación vana. Pero los diálogos cada vez más explicativos nos dejan claro que el horror sucede para que Aron se convierta en un mejor ser humano. Es un filme inspiracional para la generación que atesora a “Saw” y “C.S.I.”.

La belleza de la ficción es que nos permite llegar a la esencia de la experiencia humana sin quedar apresados en los hechos o el mundo material. Boyle reduce la odisea de Ralston y su pretendida transformación a su momento más grotesco y doloroso. Vale sólo por este instante de carnicería salvadora. Mientras veía “127 Horas”, no podía dejar de desear que Franco viajara mágicamente a otra  película temáticamente similar pero de superior calidad.  Se trata de “Into the Wild”, dirigida por Sean Penn en el 2007, y basada en la historia real de Chris McCandless, un joven que “deserta” de la sociedad moderna para irse a vivir a la Alaska salvaje, con trágicos resultados. No se cortaba el brazo, pero si cercenaba su conexión emocional con el resto de la humanidad. El actor Sean Penn, dirigiendo con increíble sutileza, retrataba el dilema de su protagonista con sensibilidad. Boyle sólo busca sensacionalismo. No le hace justicia a la tensa coexistencia entre el hombre y la naturaleza.

Comentarios

2
Orlando

Hey, es Aron Ralston, no Rolston.

Salud!

1
María Xavier Gutiérrez

Bien dicho Juan.

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