El comentario de Edgard Tijerino en la contraportada de El fabuloso Blackwell, (Leteo, ediciones, 2010), novela premio centroamericano de Arquímedes González, abrió mi apetito. ¿Un periodista curtido como Tijerino había sido también víctima de uno de los deslices más graves cometidos por el periodismo nacional? La burla montada por dos años por un tramoyista espléndido, al editor deportivo de La Prensa, Edgard Rodríguez, cautivó mi interés desde que Alfonso Malespín me contó lo ocurrido en uno de esos almuerzos que tenemos cada cierto tiempo. Malespín se había propuesto documentar los escandalosos timos cometidos contra y por el periodismo nacional, alertándome que muchas veces se debían a la falta de profesionalismo de algunos periodistas. El caso Blackwell era paradigmático. Un tanto insólito.
La contraportada de El fabuloso Blackwell me produjo perplejidad. No eran comentarios a la novela de González como creí al inicio. Más bien eran apreciaciones vertidas por Rodríguez, Tijerino y Steve Springer, columnista de Los Ángeles Times, elogiando las hazañas de un campeón en ciernes, mitad nicaragüense, mitad gringo. Creyendo que Arquímedes González andaba por estos lados, le escribí solicitándole me obsequiara su última novela. Su respuesta fue inmediata. No estoy en Nicaragua pero podes solicitarla a Ulises Juárez Polanco, uno de sus editores. La tarde del 18 de enero de 2011, mientras asistía en la UAM a la entrega de reconocimientos a varios escritores nicaragüenses, Juárez Polanco me dijo traje la novela; al final del acto te la entrego. Esa tarde no pudo ser porque me marché de inmediato.
Al día siguiente me encontré un correo de Ulises diciéndome que me había buscado; me remitió su número y llamé de inmediato. ¿Dónde estás? ¿Aquí por Santa Ana? Si quieres te lo llevo, nos vemos en el Centro Nicaragüense de Escritores (CNE). Para no seguir jugando al escondite, déjamela en ese lugar, yo paso por ella. La mañana del 20 de enero, Tijerino reclamaba a González, a través de El Nuevo Diario, afirmando que su libro contenía una falla: jamás había escrito sobre la historia de un boxeador que nunca existió. Tuvo el cuidado de añadir, “que si Arquímedes lo citó, es porque existe y fue publicado, pero yo nunca lo escribí”. Su testigo de descargo era el propio jefe de deportes de La Prensa, Edgard Rodríguez. Para lavar su herida, Tijerino señala que en ese periódico aparecieron notas escritas por él, bajo la rúbrica de Rodríguez.
En su riposta el novelista hace saber a Tijerino que se atenía a los hechos; el artículo había sido publicado en La Prensa, incluyendo el enlace y el artículo publicado en la versión impresa. Todavía le aclara que El fabuloso Blackwell “no pretende responsabilizar a nadie de algo bueno o malo o descubrir si alguien escribió o no el artículo. Despreocúpate de eso. Es una novela, Edgard. Solo una novela que ganó un premio”. ¿Tuvo o no razón Tijerino de haber protestado por la atribución de una nota que alcanza nuevos vuelos en la novela de González? ¿Debió haberse quedado callado como sugiere el mismo Arquímedes o hizo bien en aclarar el infundio? Arquímedes da la pauta. Su novela ahonda sobre un error del tamaño del Everest, sin que ningún editor ni jefe de redacción de La Prensa, pudieran darse cuenta “de lo que ocurría delante de sus narices”.
Tijerino tenía que aclarar la nota, las reglas del género periodístico lo exigen. Las normas que rigen al periodismo distan mucho de las reglas que gobiernan la ficción literaria. El periodismo se atiene a la verdad. Un periodista que miente, falta a la ética; resulta inescrupuloso quien a sabiendas que los hechos no se ajustan a la realidad, los hace llegar a sus lectores, escuchas o televidentes con la mayor desfachatez. En las obras de ficción las mentiras pueden hacerse pasar por verdades, siempre que el escritor logre seducirnos, hacernos creer que los hechos son verdaderos. A eso se debe que grandes creadores se refieran al arte creativo. El peruano Mario Vargas Llosa establece las distinciones entre el periodismo, la ficción y la historia. Igual tarea ha asumido el nicaragüense Sergio Ramírez.
En La verdad de las mentiras Vargas Llosa afirma que diciendo grandes mentiras los creadores de obras de ficción dicen grandes verdades. Al contrario, entre más alejado de la verdad se muestre un periodista mayor será el rechazo que provoque; el historiador debe ceñirse a los hechos sin adulterarlos. El periodista debe ser exacto, conciso, ajustarse a los acontecimientos, jamás falsearlos. El creador de ficciones puede torcer la realidad, deshacerla y rehacerla; siempre y cuando nos haga creer en sus embauques. Mentiras verdaderas las denomina Sergio Ramírez. Una buena novela debe su crédito a la manera en que el creador de ficciones logra convencernos que todo lo dicho se ajusta a la verdad. Su capacidad persuasiva es vital. Logra que creamos en sus inventos, sabiendo que es un gran mentiroso.
¿Cómo tomar la afirmación de Arquímedes González de que todos mentimos? La forma que está planteada en el pórtico de El Fabuloso Blackwell no alude al hecho creativo, se refiere a una mentira simple y llana; aunque genera una tensión al decir que “era difícil no creer en tantos personajes que admiraban a Ian Blackwell y que celebraban sus triunfos”. La farsa creció y fascinó a los reporteros. Un degustador como Tijerino conoce muy bien la diferencia entre una obra de ficción y una crónica deportiva. Tenía que ripostar no para desmeritar la novela, la mejor para mí de las tres escritas hasta ahora por González, estoy convencido que su impulso obedeció a que sintiéndose libre de pecados, no quiso compartir elenco con los periodistas arrastrados por la imaginación delirante del creador de Ian Blackwell.
La gran mentira de los periodistas fue haber creído y hecho creer, debido a su falta de profesionalismo, en una trama urdida por no se sabe quién o quienes, que alimentaron con este engaño la sección deportiva de La Prensa. ¿Quién fue el creador de este engendro, un verdadero demiurgo, un novelista frustrado, un periodista que quiso poner en ridículo al periódico? La capacidad inventiva del creador de Ian Blackwell es fantástica. Un mentiroso con agallas e ingenio. Un fabulador anónimo. Un encantador de serpientes. No solo por al enorme convencimiento generado entre los periodistas, también por haber incluido a la fauna más graneada del boxeo mundial, dando vida a un púgil con puños de granito, corazón noble, estudiante ejemplar; alumno destacado de Angelo Dundee, miembro de número del séquito de boxeadores labrados bajo la tutela de Bob Arum. Un Golden Boy nicaragüense.
¿Cómo burló a los periodistas de otros medios, sobre todo a los expertos en boxeo? Los fanáticos sucumbieron ante esta gran mentira, sin haberse interesado en indagar la existencia de Blackwell. ¿Cómo pudo suceder un timo de semejante magnitud? ¿Dos años en la cartelera mundial sin que ningún periodista haya metido sus narices para husmear y atraer fanáticos hacia su redil? ¿De dónde salió tanta ingenuidad? ¿Cables de AP, prestigiosos periodistas de Los Ángeles Times volcados sobre la figura de Blackwell y ningún periodista nicaragüense pudo develar el misterio? Ante tanta mentira ¿por qué tampoco Tijerino se interesó por conocer quién era ese granadino que mantenía ocupados a sus compañeros de la sección deportiva de La Prensa? No creo que haya sido por complicidad. Ahora paga un precio innecesario por no haber rectificado en su momento.
Como todo buen creador, Arquímedes se sirvió de los hechos para escribir una novela, donde transita a medio camino entre el periodismo y la ficción. Los escritores de ficción son animales de presa, se alimentan de todo cuanto encuentran a su paso. Arquímedes González tenía un acontecimiento singular que se prestaba a la ficción. Juntó las piezas sueltas del rompecabezas, tejiendo una historia paralela, las peripecias de dos jóvenes periodistas, danzando alrededor del Flaco Noel Irías, a quien dispensan un enorme respeto. Sus desencuentros motivados por celos profesionales; como carniceros riñen por la primicia que ofrece la sangre. Metidos en la vorágine de la nota roja, Suspiro carece de escrúpulos, no tiene empachos en mentir, desfigurar los hechos con tal de ganar la carrera de lobos a su compañero de farra.
En un precioso juego de prestidigitación, llegamos a saber que el narrador de la novela, ese loco encantado que eleva a Blackwell a los altares, es el mismo que escribía las notas rojas, pero ya no trabaja en el periódico donde se inició en el periodismo, sino en otro medio escrito. En esa mezcla de personalidades que hace todo novelista, Suspiro reaparece como El Innombrable, de quien el narrador se venga poniendo al desnudo sus tropelías; nunca se atuvo a ninguna regla ética. El Innombrable era jefe de deportes y no el joven reportero con quien departía anocheceres y amaneceres en Aquí Polanco, Pancha Parranda o Papi Pollo. Una novela que Arquímedes González alargó innecesariamente. Edgard debe leerla para no privarse del goce; conocer como armó el tejido y bordó la tela Arquímedes.
Para no incurrir en los mismos errores de quienes forjaron la leyenda de Blackwell, visité su cubículo de La Prensa, y todos me dijeron que Edgar Tijerino jamás escribió esa nota. Por mi parte continúo preguntándome, ¿Qué prevalecerá al final de los tiempos, el desmentido de Tijerino o la versión de la novela?

Comentarios
!Ja,ja!, como dice el niño Nelson de los Simpson.
Guillermo muy buenos tus comentarios, se nota que has hecho una buena lectura y apreciación de la novela de Arquímedez González y lo sucedido en el periodismo nacional. No estoy de acuerdo con Tijerino que dijo que no seguiría leyendo la novela, al contario la hubiera leído hasta terminarla para conocer más a fondo qué pasó con esa ficción periodística. Una pregunta si el boxeador hubiese existido de verdad, se hubiera sentido orgulloso que usaran su nombre en un comentario deportivo? Ahí está el detalle.