Esperaba con anticipación esta reinveción del mítico Hombre Lobo. En parte, porque me gustan las viejas películas de horror que los Estudios Universal, pero también porque el talento asociado al proyecto prometía mucho. La mente maestra detrás del proyecto, como productor y protagonista, era el actor Benicio del Toro. El director original era un maestro del videoclip, Mark Romanek, trabajando sobre un guión de Andrew Kevin Walker (Se7en). El estreno estaba programado para el 2007, pero en el camino, todo se descarriló. Romanek migró por diferencias sobre el presupuesto, dándole paso al menos artístico y mas artesanal Joe Johnston. El guión pasó por varias mutaciones. El primer corte fue destrozado por audiencias de prueba y el doctor en edición, Walter Murch, fue reclutado para salvar al paciente. Después, el corte final se engavetó por meses. Cuando finalmente vió la luz, casi tres años después de su estreno tentativo, el resultado no parece un feroz hombre lobo. Es un monstruo de otra especie: un Frankenstein armado con pedazos de cuerpos disímiles que no terminan de conectarse o moverse bien.
Lawrence Talbot (Del Toro) es un actor inglés expatriado, de visita en Londres con la tropa teatral norteamericana que encabeza. Una carta lo convoca a su casa ancestral. Su hermano ha desaparecido, mientras una misteriosa bestia asola los bosques aledaños. Para cuando llega, es demasiado tarde. Su cuerpo sin vida ha sido encontrado. El padre, Sir John Talbot (Anthony Hopkins) es curiosamente casual al respecto. Sin embargo, Gwen Conlife (Emily Blunt), la apesadumbrada prometida del difunto, le pide a Lawrence descubrir la verdad sobre su muerte. Esa misión lo lleva a un campamento gitano, justo cuando la bestia acecha para atacar. Lawerence sobrevive con una dentellada en el hombro. Se cura rápidamente, pero cuando la luna llena se cierne sobre los cielos...
La atmósfera de la película hechiza. Desde los bosques nocturnos hasta el Londres victoriano alumbrado por la luna llena y las lámparas de gas, la fotografía de Shelly Johnston se roba la película. La hermosa ambientación es mas orgánica y convincente que la de la reciente “Sherlock Holmes”. Pero no hay paciencia para dejar que estos elementos ejecuten su magia. La película ha sido editada con los ritmos de una metralleta. Hasta las tomas panorámicas se ven aceleradas, con nubes zurcando el cielo a velocidad irreal. Los cineastas no confian en la paciencia del espectador. Pero si hay un compromiso total con la violencia. Vemos en sangre y entrañas los efectos del ataque del licántropo. Eso, en el contexto del filme, no es necesariamente un error, pero si revela que las verdaderas intenciones de Johnston residen en el sensacionalismo a tono con la ultra violencia de Hollywood de los 2000, y no con el horror psicológico de los 40s, que apenas atisba en la trama.
Bajo las vísceras, “El Hombre Lobo” es un psico-drama familiar, desarrollado a torpes empellones. En lugar de apuntar por el misterio y la ambigüedad, los realizadores buscan explicar todo, aunque sea con recursos desesperados. Sea el oportuno discurso de un villano, o la inexplicable aparición de una criatura sub-Gollum, recuerdo de un sujeto que aparece en los sueños de otro. Hopkins sigue la pauta y sobre-actúa como si su vida dependiera de ello. Del Toro, Blunt y Hugo Weaving, como un detetive de Scotland Yard, dan suficientes muestras de emoción genuina en los escasos momentos que la frenética película les permite. Pobre Geraldine Chaplin, desperdiciada como un bruja gitana. Compare esta aparición con la que brinda en “El Orfanato”, en una capacidad similar. La humanidad – y el mito del hombre lobo – quedan anegados entre golpes de efecto, sustos mecánicos y música retumbante. La bala de plata que tumba a este lobo feroz es la necesidad de proveer un ataque sensorial para el público masivo.
