RSS

Confidencial.com.ni

Confidencial » » Leer artículo

El Viaje al Interior

“Comer Rezar Amar”
(Eat Pray Love)
Dirección: Ryan Murphy
Duración: 2 horas, 13 minutos
Clasificación: * * (Regular)

Juan Carlos Ampié | 14/11/2010

Después de su debacle  matrimonial, la escritora norteamericana Elizabeth Gilbert se tomó un año sabático para viajar por Italia, India y Bali. Consignó sus experiencias en el libro “Comer, Rezar y Amar”. La mezcla de crónica de viaje y exploración personal se convirtió en un genuino best-seller, y ahora, un vehículo de estrella para la cada vez más reticente Julia Roberts.

Liz (Roberts) es una escritora aquejada por una sensación de insatisfacción sobre su vida. Salta de un matrimonio con un hombre bueno pero desenfocado (Billy Crudup), a un impulsivo romance con un actor más joven que ella (James Franco). Pero nada la hace...sentir. Está tan sensible que se toma en serio la profecía de un gurú balinés que ha entrevistado para un artículo. Volverá a su santuario. Pero antes, empujada por el azar, escoge dos destinos preliminares. Hojear un diccionario de italiano la manda a Roma. La devoción de su novio por una gurú la convence de hacer una escala en Calcuta - vaya bofetada, considerando que él se muere por hacerlo, pero es un pobretón -. En cada lugar, conoce gente que la obliga a examinarse a sí misma, conectar con los demás y experimentar los placeres de la vida.

No he leído el original de Gilbert, pero la adaptación de Ryan Murphy – creador de las series de televisión “Nip/Tuck” y “Glee” - conecta con conspicuas tendencias culturales norteamericanas. Tenemos la combinación de curiosidad y movilidad que empuja a conocer tierras foráneas; la obsesión con la felicidad y el mejoramiento personal; la masificación del misticismo que alguna vez estuvo consignado a la esfera hippie; la preocupación post-feminista con asuntos de identidad y matrimonio; finalmente, y no menos importante, la fetichización de la gastronomía. Súmele el encanto taquillero de Roberts, y el resultado es una “película de mujeres” con el pulso en el zeitgeist.

Si su libro de cabecera es “Cómo Leer al Pato Donald”, de Ariel Dorfman y Arman Mattelart, se regodeará identificando las semillas de imperialismo cultural y los estereotipos en flor. ¡Ah, los italianos...tan indolentes y enamorados de la vida! ¡Oh, los orientales...tan espirituales! Justo como en las viejas apologías cinematográficas del colonialismo. Pero sería ingenuo seguir esa línea. La película se origina, después de todo, en la experiencia de una mujer específica. Y su audiencia meta son mujeres como ella, o que al menos aspiran a ser como ella. Comparado con “Sex & The City 2”, por ejemplo, “Comer, Rezar, Amar” es un dechado de sensibilidad  humanista. El exotismo es inmaculadamente retratado por la bella fotografía de Robert Richardson, sin dorar mucho la píldora. No parpadea ante los cúmulos de basura en las calles del mundo en desarrollo. Tampoco descuida el halo de luz que debe caer sobre la lustrosa cabellera de la Roberts.

La película tiene dos problemas. El primero es conceptual. El verdadero “viaje” de Liz es hacia su interior. Implica enfrentar el problema de qué hacer con uno mismo cuando todos los referentes conocidos dejan de ser efectivos. Así, Liz, con vocación de viaje, se va al exterior. La gente que conoce, los lugares que visita, las experiencias que tienen, todos son catalizadores para el redescubrimiento personal. Murphy no puede traducir eso visualmente. Liz simplemente come y reza hasta que un personaje le verbaliza las pistas para encontrarse. “Deja tu mente en blanco…se descubrirá una puerta y…¡zooooooom!…el universo entrará”, le dice el excelente Richard Jenkins, como un compañero expatriado. La otra perla es “perdónate a ti misma”. Habríamos empezado de un solo por ahí, Rick. No tengo razones para dudar de que algo así le pasó a Gilbert, pero lo que quizás funciona bien en prosa se ve inerte en imágenes en movimiento.

El segundo problema es estructural. La primera parte, dedicada al desastre sentimental en Nueva York, omite partes cruciales sin las cuales las motivaciones de Liz se oscurecen. Las reveladoras discusiones se guardan para insertarse como flashbacks detonantes de los momentos de catarsis que ella experimenta en el extranjero. Así, la heroína se nos presenta inicialmente como una caprichosa quimera. En lugar de aceptar su angustia existencial como algo válido, la percibimos como una persona insegura que victimiza a los que se atreven a comprometerse con ella. Al revelarse  las piezas cruciales  ya es demasiado tarde. Cuando el español Javier Bardem aparece, como el brasileño que apunta a reclamar el corazón de Liz, uno quiere más bien advertirle que huya en dirección contraria. No es justo para Julia, quien hace visibles esfuerzos por compensar. La vena que cruza su frente se resalta. La sonrisa del millón de dólares se estira y se contrae. ¿Mencioné ya la cabellera luminosa? No hay mejor faro para esta larga gira rumbo al ensimismamiento.

Comentar

Favor no llenar:

El comentario no puede ser más largo que 250 palabras.

Más en:

Otros artículos del mismo autor