El director británico Ken Loach es uno de los mas vocales izquierdistas del cine internacional. Es mejor conocido en nuestras tierras por ser el creador de “La Canción de Carla” (1996), un elogio a la revolución sandinista que apareció instantáneamente avejentado en su estreno. El resultado de las elecciones del 90, la piñata y los demás lapsus éticos que se fueron revelando, convirtieron al filme en una caduca cápsula temporal. Más que la realidad histórica de los 80s, la película disecaba el romance europeo con la revolución idealizada. Pero es injusto juzgar al director por el que puede ser su peor trabajo. Ahora, con cuatro años de atraso, se proyecta en Cinemark la película que le valió la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2006. Es una muestra mas afortunada de su particular estilo militante.
Mis recuerdos infantiles de las lecturas de los periódicos a principios de los ochentas identifican al IRA como movimiento terrorista, pero aquí nacen como revolucionarios de mejillas sonrosadas y hermosos ideales. En la Irlanda de los años 20s, estremecida por la ocupación británica, Damien (Cillian Murphy) es un joven médico preparándose para irse a Londres a especializarse en el mejor hospital del reino. Su hermano Teddy (Padraic Delaney) lidera un grupo de resistencia armada, y resiente que le de la espalda al movimiento. Pero ser testigo de los violentos exabruptos de los militares ingleses radicaliza a Damien, quien cambia de planes para tomar las armas. Los hermanos luchan unidos hasta que el tratado anglo-irlandés de diciembre de 1921 los convierte en enemigos. Según el documento, Irlanda se convertiría en un dominio bajo la corona inglesa. Los ingleses retirarían sus tropas, dejando detrás a un ejército irlandés. Asi, efectivamente, la lucha anticolonialista se convierte en una guerra civil. Hermanos contra hermanos pelean, literalmente.
Loach favorece un estilo visual poco intrusivo. No utiliza la puesta en escena y la edición para editorializar ni crear emoción. No hay movimientos de cámara expresivos, ni secuencias de planos con motivos ulteriores. El lente observa como lo haría una persona, ubicando a los personajes en su entorno, a veces cortando a un detalle. Curiosamente, me recuerda parcialmente la manera de filmar de Woody Allen, aunque su discurso beligerante esté muy alejado de la introspección existencial del newyorkino – y ya no digamos, de su sentido de humor.
Por supuesto, estas son decisiones estéticas tan calculadas como cualquier otra. Loach prescinde de manipulaciones evidentes para darle protagonismo a las ideas que sus personajes vocalizan, y las acciones que ejecutan. La violencia, presentada sin adornos ni golpes de efecto, es apropiadamente brutal. La ideología se dispensa con la candidez de un “De Cara al Pueblo” en la Nicaragua de los tempranos 80s, y puede ser menos convincente. Pero en la contradicción que surge entre los personajes se respira la complejidad de la situación. Es claro de que lado está el director. No puede encontrarse falla en una película por proponer un punto de vista. Tampoco puede imponérsele un imperativo moral de mantener su favor en ambos bandos, buscando un pretendido balance. Pero la película es más interesante en los momentos en que los cambio mueven el suelo bajo las convicciones más férreas. Por ejemplo, cuando Damien debe matar a un compañero, violentando al extremo su deber médico de salvar vidas; cuando la célula arma un debate en una corte popular sobre la conveniencia de penalizar a un rico prestamista que puede financiar la compra de armas; en la ruptura fraternal sobre el controversial tratado; y en su devastador desenlace. A como hemos descubierto en Nicaragua, ese poético “viento que acaricia el prado” fácilmente puede convertirse en un huracán. Las ideas son puras. Es la ejecución el problema.
