Entonados como malas palabras en determinados círculos sociales, económicos, sindicales y académicos, los términos ‘monopolio’ y ‘oligopolio’, se usan generalmente para tratar de explicar la causa de muchos males, fundamentalmente de precios (como los bancos y gasolineras), aunque también de calidad, como ocurrió con muchos monopolios estatales en la década de los ’80.
Pero la concentración en una sola empresa, o en un grupo de ellas, no siempre es sinónimo de ineficiencia, según opinan tres catedráticos y economistas consultados por Confidencial: Eduardo Montiel, Niels Ketelhohn y José Luis Medal.
Para Montiel, “el número de empresas es solamente un factor entre muchos para determinar la intensidad de la competencia en una industria. Por ejemplo, la facilidad de entrar a una industria, lo que los economistas llaman barreras de entrada, afectará enormemente la competencia. Igual si hay productos sustitutos de otra industria”.
Citó como ejemplo “la industria de alquiler de películas en Estados Unidos. Hasta hace poco estaba dominada por una empresa gigante, Blockbuster, con más de 4,000 puntos de venta. Aprovechando la tecnología, entraron empresas como Netflix con entrega por correo y después online, y empresas de otras industrias como Apple con su servicio de iTunes para descargas por Internet”.
“Con pocos competidores en esta industria, los precios son ahora más bajos con mejor calidad y servicio al cliente, mientras Blockbuster entró en proceso de bancarrota el mes pasado. En un ejemplo opuesto, en un país vecino tenían miles de productores de arroz pero pocos productores grandes controlaban el sector y se llevaban la mayor parte de los subsidios en un ambiente poco competitivo”.
Microsoft, azúcar y cervezas
En la misma dirección, el profesor Medal asegura que los oligopolios y monopolios no son malos per se. “Lo negativo son las prácticas anticompetitivas como fijación de precios, distribución de mercados, barreras de acceso, u obligarte a comprar determinado producto como requisito para llevar otro”, enumeró.
Medal aclaró que tampoco se trata de defenderlos per se, recordando que algunos teóricos argumentan que los oligopolios y los monopolios son necesarios para poder almacenar grandes recursos que les permitan invertir en investigación e innovación, “pero Microsoft surgió en un garaje”, contraatacó.
Con todo, hay casos en los que sí justifica que haya pocas empresas brindando, por ejemplo, los servicios públicos. “No es posible tener dos compañías eléctricas en una ciudad pequeña. De hecho, los mercados pequeños sólo dan lugar para dos o tres empresas”, abundó.
Pero no siempre es así. Al mencionar otros ejemplos, Medal recuerda que “el azúcar es un oligopolio protegido por un elevado arancel proteccionista que beneficia a empresarios oligopólicos. Debería permitirse la importación de azúcar con el arancel más bajo posible”.
En ese sentido, aboga por la liberalización arancelaria de las importaciones, y que se eliminen las restricciones a las exportaciones, porque ambas decisiones “ayudan a la libre competencia”.
Sobre las cervecerías centroamericanas, dijo que algunas de estas son culpables del pecado de ‘distribución de mercados’, que sería la razón por la que no se ven cervezas ticas en Nicaragua y viceversa. “Debería existir una ley intracentroamericana que promoviera la competencia, para penalizar esas actitudes”, reclamó.
En el caso de los combustibles, invitó a “obligar a que las estructuras de costos, tanto del monopolio refinador, como del oligopolio distribuidor, sean de conocimiento público”, aclarando que “no estoy abogando porque se dicte un control de precios”.
Lo mismo sería válido para el mercado de telefonía celular o la generación de electricidad.
Del otro lado, recordó mercados que operan como duopolio de facto, (los periódicos) o como oligopolios (los bancos) pero “sería absurdo obligarles a dividirse”, señalando éste como un caso en el que hay que aplicar la ‘rule of reason’, que contempla el derecho estadounidense.
¿Pueden obligarme a dejar de usar Google?
El incaísta profesor Ketelhohn asegura que “algunas industrias requieren escalas mínimas de eficiencia, lo que exige que tengan cierto tamaño, como los ingenios”. Considerando eso, “la Ley no debería estar ideada para interferir con la producción, porque hay escalas mínimas de eficiencia”, que en determinados casos, haría que esas grandes empresas monopólicas fueran necesarias.
Un argumento adicional para ‘dejar en paz’ a esas empresas-grandes-pero-benéficas, es que se trate de “industrias en las que los precios al consumidor son menores que en la región, y además exportan”.
En esos casos, opina que es contraproducente tratar de aplicarles ‘medidas extremas’, como la división, porque al afectar su eficiencia, se afectaría al consumidor al aumentar los costos de producción, y le resta competitividad en los mercados internacionales.
Ejemplos globales en apoyo de su tesis serían los de Google e Intel, dos industrias altamente concentradas, que llegaron hasta esa situación gracias a la calidad de sus productos y servicios, que son gratuitos en el caso de la primera.
“¿Qué podés hacer en el caso de Google, que concentra más del 60% de las búsquedas en algunos países? ¿Obligar al usuario a usar Bing o Yahoo? Si esa empresa ha alcanzado el nivel de cuasimonopolio es porque la gente lo prefiere. Lo mismo es válido para Intel, que tiene control del mercado desde que la tecnología de chips estaba en el 2-86, siguió con el 3-86 y el 4-86, y se mantuvo con el Pentium”.
“Ojala hubiera empresas nicas que pudieran crear un producto y conservar una patente exclusiva para explotarlos sólo ellos por muchos años”, exclamó.
En el ámbito nacional, Ketelhohn citó el caso del azúcar, donde “la competencia es por producción, y depende en gran medida de tener buenas tierras, recursos humanos entrenados, maquinaria”, etc.
El académico no objeta la ‘distribución geográfica’ del azúcar, porque le parece lógico que los ingenios del sur del país cubran los mercados que están más cerca, mientras los de occidente venden en León y Chinandega, y argumentó a favor de la existencia de una sola empresa comercializadora, como en efecto ocurre, porque en ese caso, “con menos de diez personas se optimiza la distribución”.
