La revolución es el sueño que no deja de inspirar, sea añoranza o amargura. Esas dos claves emocionales alimentan la agridulce comedia “El Último Comandante”. Aunque en la Nicaragua de hoy el presidente Daniel Ortega insiste en que su gobierno es una extensión de la revolución, dudo que sea ese el caso. El fin comenzó en el mismo acto de celebración, escenificado el 20 de julio de 1979 en la recién bautizada Plaza de la Revolución de Managua. O quizás, incluso antes. El único preclaro es Paco (Damián Alcázar). Durante una supuesta emboscada de la contra en Rio San Juan a principios de los 80s, el auto-llamado “décimo comandante” simula su muerte y cruza la frontera sin mirar atrás.
Pero atrás deja a Nena (Anabelle Ulloa), la muchacha costarricense que arrastró hacia Nicaragua. Treinta años después, ella regresa a su tierra sin dinero y con una maleta llena de desilusiones. La revolución le falló, igual que Paco. Ahora, ella se aferra a un telegrama anónimo que dice que el susodicho esta vivo en San José. Y así es. El viejo guerrillero es profesor de cha-cha-chá en un ruinoso salón de baile. No contento con ser reliquia ideológica, también es una cultural. Vive en tensa unión con Marvim (Telma Darkins), una cantante alcohólica que ha sacrificado su carrera por él. Mientras Nena reconstruye su relación con su hermana (Haydée de Lev), encuentra un posible enlace con Paco. Se trata de Morita (Alfredo Catania), un viejo compañero de lucha que sigue con la mente en la trinchera.
Hay suficiente trama aquí para varias películas, y “El Último Comandante” no termina de decidirse cual quiere ser. Oscila incómodamente entre drama y comedia. No encuentra un tono consistente que conjugue ambos géneros. La desintegración de la unión entre Paco y Marvim contrasta con las escenas de Nena y su familia, apuntando a comedia almodovariana. Pero incluso esas posibilidades quedan truncadas. Decisiones editoriales sofocan los golpes de efecto, emotivos o cómicos. Secuencias pseudocumentales vibran con el pulso de la vida misma, mientras otras se ejecutan con la cobertura visual básica de una ficción de televisión.
El sentido de desconexión incrementa por un problema de forma. El estilo mismo de la imagen cambia. Eso no es por si mismo algo malo. Los directores utilizan diferentes tipos de cámaras y películas para cambiar de puntos de vista, moverse en el tiempo y el espacio, o sugerir diferentes realidades. En el arranque pensé que ese era el caso. Nena en el bus va retratada en alta definición, un flashback a su huida de la casa familiar parece video estándar, la escaramuza de Paco en los ochentas emula película de 16 mm...tres tiempos y estilos diferentes. Súmele a eso genuinas imágenes de archivo de la época. Pero a medida que avanza el metraje, esas distinciones desaparecen y los cambios se manifiestan aleatoriamente. Se hace evidente que no hay una justificación dramática o narrativa. Y si uno es un espectador susceptible a notar estos cambios, el efecto es alienante. Te saca de la película en lugar de envolverte en su realidad.
Es una lástima, porque la historia original está cargada de potencial. Y los actores brillan en sus papeles. El mexicano Alcázar, con una brillante carrera internacional, es un maestro para pasar de la zozobra a la hilaridad en un abrir y cerrar de ojos. Es Ignacio López Tarso y Germán Valdez “Tin Tan” en un solo paquete. Los actores costarricenses dan la talla. Ulloa y de Lev tejen la química contenciosa de las hermanas de verdad. Catania esconde posibilidades lunáticas como el guerrillero trasnochado que aún espera el regreso de la revolución. Y Telma Darkins rompe el corazón en cada una de sus escenas. Pero la película no termina de enfocarlos para que cada uno deje su huella.
Por una especie de tormenta perfecta, tres películas centroamericanas se han estrenado en lo que va del año. Cada vez es más evidente que hay talento en la región, pero los creadores de contenido necesitan más oportunidades para ejecutar una práctica sostenida. Esa era la grandeza del vilipendiado sistema de los grandes estudios de Hollywood. Un director bajo contrato filmaba una o más películas al año, a veces saltando de un género a otro, alcanzado un dominio superior del lenguaje cinematográfico de la ficción. Aquí y ahora, toma hasta diez años conseguir financiamiento para producir un largometraje de ficción. Y esa es una bestia muy diferente a los comerciales, videos institucionales y documentales que suelen constituir el grueso de la producción local. Nuestros cineastas necesitan más y mejores oportunidades para que sus ideas puedan desarrollarse cumpliendo todas sus posibilidades.

Comentarios
hey ho!!!
en CR se han estrenado varias obras de produccion local, como A OJOS CERRADOS, o GASOLINA de Guatemala, o la historia centroamericana SIN NOMBRE de produccion mexicogringa.
La "primavera" no es solo de lo que viene a Managua...