Desde el momento mismo de la conquista, pasando luego por la Colonia, en la que ni siquiera los mismo españoles -etiquetados como criollos y peninsulares- eran iguales, América Latina sigue siendo una región muy desigual, tanto, que le permite ostentar el dudoso ‘honor’ de ser la región más desigual del planeta, según el último Informe de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe.
El informe, preparado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), hace énfasis en el flagelo de la desigualdad, y cómo ésta propicia no sólo que la gente pobre siga siéndolo, sino también, cómo ese esquema perverso casi se asegura que los hijos de los pobres reciban como herencia, una condena casi segura a vivir en la miseria.
“La desigualdad es una de las principales características que definen la historia de América Latina y el Caribe. Una muy alta y persistente desigualdad que, acompañada de una baja movilidad social, han llevado a la región a caer en una trampa de desigualdad”, que ha generado “un círculo vicioso difícil de romper”, afirma el documento.
A lo largo de las últimas cuatro décadas completas, nuestra región supera por mucho los niveles de desigualdad del resto de regiones del planeta: nuestro Coeficiente de Gini ha sido, en promedio, entre 8 y 11 puntos más alto que el de la segunda región más desigual del planeta, como es Asia, y entre 20.4 y 21.5 puntos encima de la menos desigual, como es la Europa Oriental.
Y eso que la situación mejoró ligeramente entre el 2000 y el 2010, con ese indicador bajando hasta 50.5 después de arrancar en 48.4 en la década de los ’70; subir a 50.8 durante los años ’80, para profundizar su deterioro alcanzando los 52.2 en los años ’90.
El Informe detalla que algunos de los países que mostraron mejorías fueron México con una caída de 5,9 puntos porcentuales; algunas zonas urbanas de Argentina, con 5,4 puntos porcentuales; Perú (5,0) y Brasil con 4,8, debido a “una menor inequidad en los ingresos tanto laborales como no laborales”.
Al observar el fenómeno en la región en general, el documento resalta varios factores que ayudan a entender cómo fue posible disminuir los niveles de desigualdad. Cita en primer lugar que “la disminución de la desigualdad en los ingresos laborales en la región”, se explica en parte por una “distribución más equitativa del logro educativo”.
Con todo, se aclara que no se trata de simplemente gastar más en educación, sino que hay que saber enfocar ese gasto, considerando por ejemplo, que el efecto de lograr que un niño complete otro año de primaria, no es el mismo de lograr que un joven termine un año más de universidad.
Dinero público para ayudarle a la gente
Luego del elemento educativo, “el segundo factor más importante que contribuyó a la disminución de la inequidad en la región fue la reducción de la desigualdad en los ingresos no laborales. Así, en la década de 2000 se observó un aumento significativo de la importancia de la contribución igualadora de las transferencias públicas (y, en general, del gasto social del Estado)”.
Se refiere a las “Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC)” programas a los que describen como “una importante herramienta de política social en diversos países de América Latina y el Caribe, así como en muchos países de otras regiones del mundo”, que en general consisten en “transferencias monetarias periódicas dirigidas a hogares en situación de pobreza”, los que deben cumplir alguna condición preestablecida, tendiente a aumentar la inversión en el capital humano de sus hijos.
“En años recientes mejoró el diseño de los programas de transferencias monetarias condicionadas, al tiempo que aumentaron los montos y la cobertura de las transferencias y se afinaron los métodos de focalización. También se incrementó la progresividad del gasto en salud, educación, nutrición e infraestructura básica (electricidad, agua, saneamiento, etc.)”, reza el documento.
Finalmente, se asegura que otros factores que han propiciado la disminución de la desigualdad en América Latina y el Caribe son “el crecimiento del empleo, el cambio de los precios relativos y los ajustes ocasionados por choques macroeconómicos. Además, varios países aplicaron reformas de libre mercado tendientes a la apertura comercial y las privatizaciones”, aunque algunos estudios sugieren que “dichas reformas generaron una mayor desigualdad en los ingresos”.
Luz al final del túnel
Sin ser un canto al optimismo ni un manual de autoayuda para el gobernante latinoamericano, el IDH insiste en que “es posible romper el círculo vicioso de la desigualdad. Un primer paso para lograrlo es establecer esta meta como un objetivo explícito”.
Basan esa afirmación en el hecho que “en la primera década del Siglo XXI, hasta el año 2007, la mayoría de los países de la región lograron reducir la desigualdad e impulsar al mismo tiempo el crecimiento económico, que también fue favorecido por las condiciones externas”.
Al entrar en detalles, recuerdan que “la reducción en la desigualdad que se registró en esos años habría sido el resultado de la aplicación de políticas exitosas de reducción de la pobreza y del desarrollo de una política social más focalizada, basada en la puesta en marcha de programas específicos, entre los cuales destacan los programas de transferencias monetarias condicionadas”.
Desde luego, no podía faltar el elemento educativo, como se evidencia al decir que “un elemento adicional que contribuyó a reducir la desigualdad en América Latina y el Caribe, fue la expansión de la cobertura educativa en los distintos niveles de escolaridad”.
Siendo que no se trata de una teoría ni un proceso perfecto, el informe mismo muestra cómo ese proceso de reducción en la desigualdad “encontró sus límites rápidamente por diversas razones”, entre las cuales destaca “la inexistencia de redes de protección social integrales que reduzcan la vulnerabilidad ante las crisis extremas que en ocasiones se suscitan en las sociedades tanto a nivel individual y de los hogares, como a nivel sistémico”.
Cita entre ellos a eventos climatológicos o económicos de carácter extremo, como “la crisis de los años 2008 y 2009”, que muestra que “los logros alcanzados en la región en lo que respecta a la reducción de la pobreza y la desigualdad son reversibles”.
Al respecto, Luis Felipe López, coordinador del Informe de Desarrollo Humano de la Región, indicó que en 12 de los 17 países se registraban señales de reducción de la desigualdad previo a la crisis mundial. También indicó que América Latina está reduciendo sus desigualdades, en cambio está aumentando en otras regiones como Africa y Asia.
Otros mecanismos que están propiciando un aumento en los niveles de desigualdad, son las restricciones que no se toman en cuenta al diseñar programas de salud o de educación orientados a ampliar la cobertura para los más pobres, o al promover la expansión de la demanda de estos servicios públicos.
Aunque parece un contrasentido, se refiere en realidad a la planificación deficiente de ese tipo de programas, lo que lleva a soslayar en ocasiones, el hecho que los servicios de salud y de educación que se ofrecen a la gente, adolecen de deficiente calidad, a la vez que “aspectos institucionales y regulatorios, afectan desproporcionadamente a los grupos de menos ingresos, incluyendo cuestiones relativas a la seguridad patrimonial y personal, y al acceso a la justicia”.
¿Y Nicaragua?
El Informe sobre Desarrollo Humano presenta una evaluación que abarca a toda la región y no a un país en particular. Fiel a ese diseño, el documento cita muy poca información sobre Nicaragua, incluyendo los efectos de algunos programas de transferencias monetarias sobre las poblaciones beneficiadas.
Menciona por ejemplo, el programa ‘Red de Protección Social’, que comenzó a ejecutarse en el año 2000, y que incluía condicionalidades en torno a los temas de salud y educación, lo que representó beneficios para 21,619 hogares y 102,906 personas en el 2004, esto es, durante los dos últimos años de la Administración Alemán, y los dos primeros de la era Bolaños.
Otro programa incluido en el reporte, se denominó ‘Atención a Crisis’, el que incluía el mismo tipo de condicionalidades que el anterior, y llegó a representar algún tipo de ayuda para 3,000 hogares y 13,428 individuos en el 2005.
“Estructuralmente e históricamente, Nicaragua es un país con alta desigualdad, por ello es necesario formular políticas públicas que vayan orientadas sobre eso”, dijo Luis Felipe López, coordinador del documento.
En comparación, un solo programa de Brasil reportó mejoras en 52.3 millones de personas en el año 2003; México exhibía un programa que ayudó a 23,8 millones en el 2007; Colombia hacía lo propio con otro que llevó alivio a 8,1 millones; Ecuador (5.04 millones); Argentina (2.4 millones) y República Dominicana (2.2 millones). En resumen, López indicó que alrededor de 130 millones de personas en la región se benefician de programas y políticas de transferencias sociales. Sin embargo, demandó ir más allá, evaluando la calidad educativa, resolviendo el tema de inseguridad pública, formular políticas fiscales más equitativas, etc.
“El Informe presenta temas relevantes para el debate público, no intenta evaluar el desempeño de los gobiernos. Su objetivo no es evaluar, si no poner un mensaje que tenga rigor académico”, concluyó López, coordinador del Informe regional.
