Boaco salió este miércoles a las calles para expresar su repudio a la destitución amañada del que hasta hace poco era su alcalde por voto popular, Hugo Barquero. Fue una marcha cívica y sin violencia, en la que miles de seguidores del edil y simpatizantes de las partidos políticos liberales hicieron muestra de fuerza frente a la deriva autoritaria y avasallamiento a la institucionalidad por parte del Gobierno del presidente Daniel Ortega. Lo único que empañó la marcha fue el intento del PLC de convertirla en mitin político, repartiendo gorras y banderas con la leyenda “Vuelve Arnoldo”, en referencia al controvertido ex presidente Arnoldo Alemán.
Fue un día sofocante en Boaco. El sol mordía la piel y las temperaturas eran insoportables, lo que mantenía aletargada a la ciudad de dos pisos. Durante la mañana, no había nada que indicara que en esta ciudad se realizaría una marcha opositora. Nada, excepto a ese grupo de cansados oficiales antidisturbios que en camisetas y calcetines mataban las horas calientes cubriéndose del sol en las aceras, mientras sus ropas se secaban tendidas en plena calle. Llevan más de una semana así, sin lavarse, apenas comiendo, expectantes y sin órdenes de retirarse.
El movimiento comenzó después del mediodía, cuando la ciudad parecía desperezarse. Camiones trasladando a pobladores de las comarcas cercanas a Boaco, políticos llegados en caravanas desde Managua, simpatizantes de Hugo Barquero que cerraron negocios, se pusieron camisetas rojas y se dieron a las calles a la espera que el alcalde destituido encabezara una marcha en su apoyo.
Había rumores de que tranques policiales obstruían el paso de convoyes en los accesos a Boaco. Había rumores de que simpatizantes y huestes del oficialista FSLN se organizaban para reventar la marcha. Había rumores de que esta tarde iba a haber guerra. Rumores que se reforzaron con los antimotines dejando las aceras, calándose sus sofocantes trajes de ataque y cerrando el paso en esquinas y accesos al Palacio Municipal, el mismo de donde fue sacado el lunes, con lujo de violencia, el alcalde Barquero. Y como si fuera poco, ese cielo que había castigado con un sol inclemente, ahora se ponía opaco, cargado, amenazando con aguacero.
Pero no hubo ni guerra ni llovió a cántaros. La marcha salió a eso de las cuatro de la tarde, un nutrido grupo de seguidores de Barquero y del liberalismo, muchísimos de ellos con las cabezas cubiertas con gorras que pedían el regreso de “Arnoldo”, a pesar que la marcha había sido convocada sin colores políticos. Pero, como dijo el diputado Eduardo Montealegre, “hay políticos que se aprovechan de momentos como éstos”. Era precisamente Montealegre, que vestía camiseta blanca con el logo de Vamos con Eduardo, quien encabezaba junto a Barquero la manifestación opositora.
Pero también había otros políticos: miembros del MRS, de la Resistencia, del Partido Conservador. Y representantes de organizaciones civiles que llegaron desde Managua.
“¿Cómo se llama el alcalde de Boaco?”, gritaba a la multitud congregada un hombre de piel blanca y pelo castaño, vestido a la usanza de los pobladores de las zonas ganaderas: camisa a cuadros, bluyín y botas de punta. Y la gente le respondía también a gritos: “¡Hugo, Hugo, Hugo!”
La marcha salió de las afueras de Boaco y avanzó en una marea de colores por estrechas calles llenas de pequeños comercios. Uno de los participantes en el recorrido, un hombre moreno y bajito que dijo llamarse Roberto y que había venido desde una zona conocida como El Capitán, en Esquipulas, a 15 kilómetros de Boaco, afirmó que quería estar aquí esta tarde para defender a Barquero. “El pueblo lo apoya y vamos a ver qué decide el pueblo. Barquero es el alcalde”, dijo el hombre. Detrás de él, una mujer gritaba a todo pulmón: “¡La unión hace la fuerza!”
La gente avanzaba siguiendo a Montelegre y a Barquero, que encabezaban la marcha montados en un camión blanco. Había música y gritos, pancartas y banderas al aire, cohetes y aplausos, pero en ningún momento aparecieron los morteros tan comunes en las manifestaciones oficialistas. La marcha transcurrió sin tensión, sin presencia de las temidas huestes oficialistas y con la vigilancia expectante de los cansados antidisturbios.
Y fue ese civismo el que el alcalde Barquero destacó en su discurso. Cansado, sudando a mares y jadeante, el alcalde dijo: “Nos tienen miedo porque estamos luchando por la dignidad del pueblo, por la paz, la democracia y la institucionalidad. Boaco hoy encendió la mecha de la paz y la democracia, y tenemos que seguir alimentándola. Esto apenas está comenzando. Ese es el camino que debemos tomar, el camino de la institucionalidad”, dijo Barquero, aclamado por los simpatizantes que llenaban una cuadra entera, hasta llegar cerca del parque central de la ciudad.
Con su discurso el alcalde respondía al hombre que desde la semana pasado usurpó su cargo: el liberal Juan Obando, quien en entrevista con confidencial.com.ni había dicho que la marcha sería un fracaso, que Barquero no tiene el apoyo de las estructuras liberales y que él, a pesar del rechazo que genera en su municipio, iba a demostrar lanzando su candidatura a diputado, que la gente está con él. Obando se equivocó, al menos en su pronóstico sobre la participación en la marcha.
“Llamo a la desobediencia civil, tenemos que continuar luchando. La lucha sigue en las calles”, gritó Barquero a una multitud encandilada que lo aclamaba por su nombre y sin apellido, como si de un amigo cercano se tratara. Apoyo, sin embargo, que no será suficiente para regresar al alcalde a su silla en el Palacio Municipal, usurpada con el voto de cinco concejales sandinistas y pendiente de una uditoría realizada por la Contraloría General de la República.
La tarde del miércoles, sin embargo, parecía que en Boaco la autoridad principal seguía siendo Barquero y que éste era un mitin de él como alcalde. Los boaqueños lo escucharon atentos y luego bailaron a ritmo de chicheros, mientras en el resto de la ciudad se oía el tronar de las campanas de la iglesia principal, que con su doblar parecían marcar el fin de la manifestación. El jueves sería otro día, el regreso a esa que se ha convertido en la rutina de la ciudad de dos pisos: una profunda crisis política, un alcalde usurpando el cargo y los antidisturbios cansados y somnolientos secando su ropa bajo el salvaje sol de esta ciudad ganadera.
