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John, apenas te conocimos…

“John Wick” no guarda sorpresas en su narrativa. Toda su energía creativa esta invertida en la forma: el acabado de los ambientes, y la coreografía de las innumerables peleas y tiroteos

Juan Carlos Ampié | 11/1/2015
@juancarlosampie

Keanu Reeves tiene una cualidad estoica que, según el contexto, puede interpretarse intercambiablemente como seriedad de propósito o estupidez. Su nuevo vehículo de estrella, “John Wick”, apunta a la seriedad, ubicándolo en un contexto estúpido.

Estamos ante un drama de venganza reducido a la sustancia. Descubrimos al personaje principal en el punto más bajo del duelo. La mujer de su vida ha muerto, dejándolo sólo en una hermosa casa modernista. Durante el día, el viudo libera la furia provocada por la pérdida manejando a alta velocidad un hermoso carro de colección. Una noche, recibe un inesperado regalo de ultratumba. La difunta dejó arreglada la entrega de un adorable cachorrito beagle, para que le brinde compañía. Es como un salvavidas emocional, una cuerda que lo mantiene conectado con la humanidad. No le durará mucho. Iosef Tarasov (Alfie Allen), heredero insolente de la mafia rusa, irrumpe en su casa acuerpado con sus guardaespaldas para vapulearlo y robarle el coche. La peor ofensa, si embargo, es matar al perro. Tras enterrarlo, el viudo se revela como John Wick, temible asesino a sueldo, que regresa de su retiro con una implacable misión de venganza.

 Puede parecerle que le he contado toda la trama en ese párrafo, pero no he hecho más que recapitular la premisa, revelada en el trailer promocional. “John Wick” no guarda sorpresas en su narrativa. Toda su energía creativa esta invertida en la forma: el acabado de los ambientes, y la coreografía de las innumerables peleas y tiroteos.  Como un genuino atleta, Reeves ejecuta barrocas secuencias de acción con mínima intervención de dobles - si le creemos al material promocional de la película. La gravedad de su disposición le transfiere algo de sustancia a la premisa.

 Siguiendo el estilo del desaparecido Tony Scott, los directores Chad Stahelski y David Leith crean un mundo artificial y estilizado, que sirve como fotogénico escenario a sangrientas estampas de destrucción. Disfruté mucho la estética de un club nocturno subterráneo, aparentemente alumbrado por puras lámparas de neón de color púrpura.

 Más interesante que las cuidadas superficies, es la preocupación del guión por mostrar la economía de apoyo que florece alrededor de los agentes de violencia. Demasiadas películas de este género destruyen ciudades enteras sin mirar atrás. Olvidan los cuerpos tirados sobre el asfalto. Toda la vida, a la hora de ver despliegues como, digamos, las peleas climáticas en los filmes de super-héroes, no puedo hacer más que preguntarme sobre las complicaciones prácticas que se derivan de los enfrentamientos.

 “John Wick” ofrece espacio a los administradores de hoteles, los limpiadores que esconden los cadáveres; y el código de honor que gobierno la relación entre pistoleros, mafiosos y personal de apoyo. Esta jocosa preocupación permite saltar sobre los agujeros de la trama, y llegar al final de la película con un curioso sentido de gratitud. “John Wick” trabaja rápido, cumple su misión y se va a casa en menos de dos horas. Es todo un profesional.

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