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Crítica de 'Lincoln', de Steven Spielberg

Mr. President

Daniel Day Lewis es soberbio en su papel, pero la película funciona como el retrato coral de una clase política en ebullición

Juan Carlos Ampié | 2/2/2013
@juancarlosampie

La primera voz que escuchamos no pertenece al presidente Abraham Lincoln, con el sorpresivo tono melífluo que adoptó el actor británico Daniel Day Lewis. Es la de Harold Green (Colman Domingo), soldado de raza negra que lucha a la par de los yankees. Impresionado por la visita del presidente a su frente de lucha, trata de agradarle citando sus discursos. Su compañero, el raso Ira Clark  (David Oyelowo) no es tan complaciente. Reclama por las pequeñas injusticias que no terminan de erradicarse, y planta firmemente el reclamo de que no basta con abolir la esclavitud. ¿Cuando vendrá el voto? ¿La posibilidad de optar a cargos públicos? Así surge en la mente del espectador la palabra “Obama”. En lugar de contentarse con replicar con reverencia el pasado, el director Steven Spielberg, apoyado en el dramaturgo Tony Kushner, crean una película histórica de rabiosa actualidad, que pone en diálogo el presente y el pasado.

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Pero no es una fantasía anacrónica. La trama se concentra en un período particular de la vida de Lincoln, enfrascado en una tarea específica: entre los últimos estertores de la Guerra Civil, el Presidente trata de conseguir suficientes votos para que el senado apruebe la enmienda constitucional que acabe con la esclavitud, justo antes de juramentarse para su segundo período. Su gabinete no lo apoya. Sus aliados son escépticos. Sus adversarios se burlan. Pero el estoico líder sigue adelante.

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Daniel Day Lewis es soberbio en su papel, pero la película funciona como el retrato coral de una clase política en ebullición. Spielberg y Kushner prodigan tiempo y atención a múltiples personajes que pululan en las esferas públicas y privadas del protagonista. Cada actor se las agencia para presentar un retrato indeleble, de conmovedora humanidad. Tommy Lee Jones se roba la película como el gruñón Thaddeus Stevens. Es asombroso como el imponente David Strathairn se reduce como William Seward. James Spader es irreconocible como uno de los operadores políticos enrolados para ejecutar el trabajo sucio de cazar votos a cambio de puestos de trabajo en la nueva administración del presidente re electo.

Sí. Alcanzar el bien mayor de conquistar la libertad para todos los ciudadanos requiere maniobras como esas. Lincoln se presenta como un hombre pragmático, maniobrando peligrosamente en los límites de la legalidad para alcanzar el bien superior. La película mira con ojos claros el proceso político. De hecho, se concentra tanto en la minucia que exige mucha atención, especialmente de los que no estamos familiarizados con la historia de Estados Unidos.

Sin embargo, el filme siempre es accesible. Sus temas de fondo son universales. La intriga política y el drama humano van de la mano. Reconstruye a Lincoln con la minuciosidad de un estudio de carácter. Tome nota de cómo lo humaniza en pequeñas acciones: no duda en tirarse al suelo para jugar con su hijo Ted, o echar el mismo un leño en la chimenea. A puerta cerrada, tiene intensas conversaciones con su esposa Mary (Sally Fields), que operan como teatro de cámara matrimonial de intensidad bergmaniana. Política y familia chocan constantemente, se tropiezan entre sí, compiten por su atención. A ratos, la película parece el drama de un hombre balanceando familia y trabajo. Cualquier ciudadano del mundo puede conectar emocionalmente con eso.

Lo que más me sorprende es la contundencia con que retrata como la política y la esfera privada son realmente inseparables. Sea con el Presidente pensando si accede a que su hijo Robert (Joseph Gordon-Levitt) se enrole voluntario en el ejército; o un político para el cual la declaración de emancipación de la esclavitud golpea en lo más íntimo, “Lincoln” nos recuerda constantemente que la política no es el ejercicio del poder de unos cuantos para su propio beneficio. Define los parámetros de la vida misma. Está metida en nuestras casas, en nuestras camas, en nuestras bolsas y nuestras cabezas. Pueden cambiar la esclavitud por los derechos de las mujeres, los de la comunidad gay o el medio ambiente. Tenemos muchos asuntos pendientes, pero estamos escasos de Lincolns.

Me temo que solo estoy escarbando la superficie. “Lincoln” es tan profunda, rica y expansiva que merece ser vista más de una vez. Trasciende a sus orígenes norteamericanos y se ofrece al mundo como sublime ejercicio cinematográfico. No es perfecta. Spielberg reincide en su manía de filmar múltiples finales. En la recta final, escenas de cualidad conclusiva se suceden, una tras otra. Pero esta es una pequeñez, a la par del humanismo y claridad moral de la película.

“Lincoln”

Dirección: Steven Spielberg

Duración: 2 horas y 30 minutos aprox.

Clasificación: * * * * (Muy Buena)

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