Crece el abstencionismo electoral en América Latina
Daniel Zovatto*
La participación electoral, si bien no es prueba de la calidad de una democracia, constituye un aspecto de suma importancia en los regímenes democráticos, ya que se encuentra estrechamente relacionada con la gobernabilidad y el grado de representatividad de los dirigentes políticos.
Cuando la participación es alta, el escenario político es propicio para el buen desarrollo del gobierno, con amplios niveles de legitimidad y un alto grado de representatividad política. Por el contrario, cuando el número de personas que participan es bajo, mayores son las probabilidades de que no se tomen en cuenta las necesidades y demandas ciudadanas, y de que los funcionarios cedan a la tentación de perseguir intereses privados.
En efecto, un nivel bajo o en declive de participación electoral no sólo puede obstaculizar la representación democrática efectiva, sino también reflejar la falta de credibilidad en las instituciones democráticas que podría amenazar, incluso, la estabilidad del régimen. En pocas palabras, la escasa participación electoral, sobre todo en democracias jóvenes no consolidadas, puede desencadenar un ciclo de deterioro en el que la desilusión ante el desempeño de la clase política se convierta en caldo de cultivo para grados mayores de desconfianza y distanciamiento de la política, lo que a su vez reduce aún más la participación y los incentivos para un buen desempeño.
El tema de la participación electoral es sumamente complejo, ya que en él interactúan múltiples factores; de ahí la importancia de evitar las explicaciones deterministas o monocausales. Algunas de las principales variables que influyen en este comportamiento son de tipo político-institucional —como la obligatoriedad del voto (acompañado, o no, de sanciones), la simultaneidad de las elecciones y el tipo de empadronamiento—. Asimismo, las variables que refieren a la cultura política de un país y el nivel de confianza en sus instituciones democráticas desempeñan un papel fundamental. Por último, factores del proceso político —como el grado de libertades civiles y derechos políticos de un país— también inciden en el nivel de participación electoral.
La participación en cifras
La evolución de la participación electoral en América Latina registra, para el periodo 1978-2004, un promedio de 72.95% en elecciones presidenciales y de 71.05% en las legislativas. Un análisis comparado muestra que Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay son los países que cuentan con los mejores promedios de participación en elecciones presidenciales, por arriba de 80%, mientras que Colombia, El Salvador y Guatemala se ubican con los promedios más bajos, inferiores a 55%.
La tasa de participación electoral de América del Sur es, en promedio, más alta que la de América Central. En efecto, si ponderamos el promedio de la participación electoral por años, observamos que la región centroamericana ha venido sufriendo una reducción considerable en sus niveles de participación. Así se evidencia al comparar el cuatrienio 1978-1981 (en que la participación en elecciones presidenciales fue de 79.6%) con el periodo 2002-2004 (cuando bajó a 67.74%; es decir, más de 11 puntos porcentuales). Un descenso más severo se dio en las elecciones legislativas (al bajar de 79.6% en 1978-1981, a 61.8% en 2002-2004; es decir, una reducción de 17 puntos).
Esta tendencia al alza del abstencionismo se acentuó en las elecciones presidenciales realizadas durante 2005 y la primera mitad de 2006. De las siete elecciones presidenciales celebradas en los últimos 18 meses en América Latina, sólo en dos países (Bolivia y Perú) aumentó la participación electoral. En Bolivia, los niveles de participación pasaron de 72.1% (2002) a 84.5% (2005), y en Perú aumentaron de 82.28% (2001) a 88.70% (2006). En los cinco países restantes la participación electoral disminuyó. En Chile se redujo de 89.94% (1999) a 87.67% (2005). En Honduras cayó de 66.30% (2001) a 55.08% (2005). Por su parte, Colombia pasó de 46.47% (2002) a 45.04% en las elecciones de mayo de 2006. Lo mismo sucedió en Costa Rica, al bajar de 68.86% (2002) a 65.20% en las elecciones de febrero pasado. Por último, los niveles de participación en México pasaron de 64% (2000) a 58.9% en las elecciones de julio pasado.
Para lo que resta del año, aún faltan cuatro países por celebrar elecciones presidenciales (Brasil, Ecuador, Nicaragua y Venezuela), cuyos resultados serán determinantes para definir la tendencia del abstencionismo en la región. Sin embargo, los datos confirman un aumento preocupante del abstencionismo en un número considerable de países latinoamericanos, fenómeno que, por sus potenciales consecuencias negativas para nuestras jóvenes y aún frágiles democracias, demanda una atención urgente y seria.
*Director de IDEA para América Latina
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