OJO DE MUJER

¿Dónde está el escándalo?
Cómo sacar a América Latina del estancamiento

Mónica
Zalaquette
 

Nuevamente los ojos inquisidores están puestos en el vientre abultado de la niña de once años, mientras la pudorosa mano de la censura patriarcal esconde el órgano del padrastro que la violó. Nuevamente el pecado está en el cuerpo femenino, en el escándalo inocultable, en el vientre que crece. Y los salones se llenan de encendidas polémicas en contra del aborto, mientras la salud de la niña, su dolor y su suerte quedan confinados al último rincón.

¿Por qué el escándalo se centra en la niña embarazada y no en la violación? Esta debería ser la pregunta que inquiete a todo buen ciudadano, porque en su respuesta encontraríamos las formas de prevenir estos hechos.

En cambio, la casta ciudadanía se apresta a vigilar de cerca el embarazo, a lanzar gritos y organizar marchas si acaso médicos o familiares se pronuncian a favor del aborto terapéutico. Los ojos de la inquisición vigilan de cerca a la niña, mientras el violador queda a buen resguardo de la opinión pública, de la acusación y la condena. Ni una palabra sobre ellos, perdón, salvo las de Monseñor Hombach, quién contrarrestó el silencio de su iglesia con la valiente demanda “¡Cero tolerancia contra los abusadores!”

Las personas que reclaman que cada niña violada y embarazada agregue al espantoso trauma de la violación el de un embarazo impuesto, con alta probabilidad de perder su vida, ignoran cuidadosamente el delito de la violación. De esto preferirían no hablar, no es el objeto de su interés. Estas personas fiscalizan con una lupa la suerte del embarazo, pero no se les ocurre denunciar, pedir leyes duras o abrir de palmo en palmo las puertas de las alcobas donde los violadores destrozan la vida de una niña o un niño.

Para estos cruzados sí vale la privacidad y la libre decisión de los hombres de aplastar en cuerpo y almas a esas inocentes, pero no el derecho a la privacidad, a la protección de la dignidad humana de esa niña que una vez embarazada, tendrá que sufrir la tortura de ser el centro del morbo colectivo y el rehén de los intereses políticos y religiosos que medran de su desgracia.

El abuso no es una excepción, es la regla. O sea, es generalizado, y por ello aparecen cada día espantosos casos en los medios informativos y se producen tantos embarazos infantiles como resultado de los mismos. El abuso sexual es la expresión cumbre de la violencia patriarcal y el producto natural de la cultura autoritaria, que promueve la creencia de que los cuerpos y las vidas de las mujeres son propiedad masculina y están destinados a servir, atender, satisfacer en todas las formas al sujeto varón.

Hace siete años que en el Centro de Prevención de la Violencia, CEPREV, impartimos mensualmente talleres contra la violencia, y en ninguno de estos espacios, a los que han asistido unas siete mil personas de todos los sectores del país, han faltado los testimonios de las dolorosas secuelas de abusos sexuales y violaciones sufridas en la infancia o en la adolescencia. Ha habido ocasiones, incluso, en que diecinueve personas de las treinta asistentes habían sufrido algún tipo de agresión sexual.

¿Alguien se cree el cuento de que los aberrados son unos extraños seres que aparecen de vez en cuando para atacar a una víctima que tuvo la desgracia de caer en sus manos? Si vamos a las estadísticas policiales una de cada cinco mujeres y uno de cada nueve hombres es víctima de estos abusos, pero las estadísticas policiales no recogen lo que se calla, y estos delitos en su gran mayoría se callan. Según nuestros estimados, al menos una de cada tres mujeres, y uno de cada cinco varones han sido víctimas de alguna forma de abuso, la mayor parte de los cuales fueron cometidos en sus hogares por sus propios familiares.

Veámoslo de otro modo. El abuso no está penalizado socialmente, sino por el contrario está validado por el silencio. Vivimos bajo la cultura del abuso de poder, del garañón todopoderoso, de la que forman parte también las mujeres, muchas de las cuales actúan como cómplices, no sólo por dinero o temor a perder la seguridad y el sentido de valía que les brinda un hombre, sino porque están condicionadas familiar y socialmente para gratificarlo con lo que sea necesario, incluso justificando el abuso a sus hijas. En sus mentes oscurecidas prevalece a nivel del hogar el sagrado derecho masculino de pernada.

Algo más. Los hombres están enojados y frustrados. Las mujeres están cambiando aceleradamente, salen de sus casas, trabajan cuando ellos están en el desempleo, a veces ganan más, quieren decidir, demandan, hacen oír su voz. Pero ellos siguen pensando como antes, sienten que se está cuestionando un orden sagrado, no pueden tolerar esta insubordinación a los paradigmas y creencias de su vieja mentalidad. Por eso cada vez más, las agreden, las matan y las violan. Por eso se ensañan también en los más indefensos, las niñas y niños de corta edad.

En España y Argentina, los gobiernos están tan preocupados que han decidido considerar el tema de la violencia intrafamiliar como un asunto de Estado y están planteando formular estrategias concertadas de políticas públicas. Han visto el tema como un problema de derechos humanos, salud pública y seguridad ciudadana, pero yo agregaría que a estas alturas es un asunto de paz social. Hay una guerra contra los débiles que se escenifica cotidianamente en los hogares, y en Nicaragua no podemos continuar ignorándola.