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¿Dónde está el escándalo?
Cómo sacar a América Latina del
estancamiento
Nuevamente los ojos inquisidores
están puestos en el vientre abultado de la
niña de once años, mientras la pudorosa
mano de la censura patriarcal esconde el órgano
del padrastro que la violó. Nuevamente el
pecado está en el cuerpo femenino, en el escándalo
inocultable, en el vientre que crece. Y los salones
se llenan de encendidas polémicas en contra
del aborto, mientras la salud de la niña,
su dolor y su suerte quedan confinados al último
rincón.
¿Por qué el escándalo
se centra en la niña embarazada y no en la
violación?
Esta debería ser la pregunta que inquiete
a todo buen ciudadano, porque en su respuesta encontraríamos
las formas de prevenir estos hechos.
En cambio, la casta ciudadanía
se apresta a vigilar de cerca el embarazo, a lanzar
gritos y organizar marchas si acaso médicos
o familiares se pronuncian a favor del aborto terapéutico.
Los ojos de la inquisición vigilan de cerca
a la niña, mientras el violador queda a
buen resguardo de la opinión pública,
de la acusación y la condena. Ni una palabra
sobre ellos, perdón, salvo las de Monseñor
Hombach, quién contrarrestó el silencio
de su iglesia con la valiente demanda “¡Cero
tolerancia contra los abusadores!”
Las personas que reclaman que
cada niña violada
y embarazada agregue al espantoso trauma de la
violación
el de un embarazo impuesto, con alta probabilidad
de perder su vida, ignoran cuidadosamente el delito
de la violación. De esto preferirían
no hablar, no es el objeto de su interés.
Estas personas fiscalizan con una lupa la suerte
del embarazo, pero no se les ocurre denunciar,
pedir leyes duras o abrir de palmo en palmo las
puertas de las alcobas donde los violadores destrozan
la vida de una niña o un niño.
Para estos cruzados sí vale
la privacidad y la libre decisión de los hombres
de aplastar en cuerpo y almas a esas inocentes, pero
no el derecho a la privacidad, a la protección
de la dignidad humana de esa niña que una
vez embarazada, tendrá que sufrir la tortura
de ser el centro del morbo colectivo y el rehén
de los intereses políticos y religiosos que
medran de su desgracia.
El abuso no es una excepción,
es la regla. O sea, es generalizado, y por ello aparecen
cada día espantosos casos en los medios informativos
y se producen tantos embarazos infantiles como
resultado de los mismos. El abuso sexual es la expresión
cumbre de la violencia patriarcal y el producto
natural de la cultura autoritaria, que promueve la
creencia de que los cuerpos y las vidas de las mujeres
son propiedad masculina y están destinados
a servir, atender, satisfacer en todas las formas
al sujeto varón.
Hace siete años que
en el Centro de Prevención
de la Violencia, CEPREV, impartimos mensualmente
talleres contra la violencia, y en ninguno de estos
espacios, a los que han asistido unas siete mil
personas de todos los sectores del país, han
faltado los testimonios de las dolorosas secuelas
de abusos sexuales y violaciones sufridas en la infancia
o en la adolescencia. Ha habido ocasiones, incluso,
en que diecinueve personas de las treinta asistentes
habían sufrido algún tipo de agresión
sexual.
¿Alguien se cree el cuento
de que los aberrados son unos extraños seres
que aparecen de vez en cuando para atacar a una víctima
que tuvo la desgracia de caer en sus manos? Si vamos
a las estadísticas policiales una de cada
cinco mujeres y uno de cada nueve hombres es víctima
de estos abusos, pero las estadísticas
policiales no recogen lo que se calla, y estos
delitos en su gran mayoría se callan.
Según nuestros
estimados, al menos una de cada tres mujeres,
y uno de cada cinco varones han sido víctimas
de alguna forma de abuso, la mayor parte de los
cuales fueron cometidos en sus hogares por sus
propios familiares.
Veámoslo de otro modo.
El abuso no está penalizado
socialmente, sino por el contrario está validado
por el silencio. Vivimos bajo la cultura del
abuso de poder, del garañón todopoderoso,
de la que forman parte también las mujeres,
muchas de las cuales actúan como cómplices,
no sólo por dinero o temor a perder la
seguridad y el sentido de valía que les
brinda un hombre, sino porque están condicionadas
familiar y socialmente para gratificarlo con
lo que sea necesario, incluso justificando el
abuso a sus hijas. En sus mentes oscurecidas
prevalece a nivel del hogar el sagrado derecho
masculino de pernada.
Algo más. Los hombres
están enojados
y frustrados. Las mujeres están cambiando
aceleradamente, salen de sus casas, trabajan
cuando ellos están en el desempleo, a
veces ganan más, quieren decidir, demandan,
hacen oír
su voz. Pero ellos siguen pensando como antes,
sienten que se está cuestionando un orden
sagrado, no pueden tolerar esta insubordinación
a los paradigmas y creencias de su vieja mentalidad.
Por eso cada vez más, las agreden, las
matan y las violan. Por eso se ensañan
también
en los más indefensos, las niñas
y niños de corta edad.
En España y Argentina,
los gobiernos están
tan preocupados que han decidido considerar el
tema de la violencia intrafamiliar como un asunto
de Estado y están planteando formular estrategias
concertadas de políticas públicas.
Han visto el tema como un problema de derechos humanos,
salud pública y seguridad ciudadana, pero
yo agregaría
que a estas alturas es un asunto de paz social.
Hay una guerra contra los débiles que se escenifica
cotidianamente en los hogares, y en Nicaragua
no podemos continuar ignorándola. |