EN PANTALLA

Salvando el verano

Juan Carlos Ampié

La telaraña de Spiderman (Tobey Maguire) no puede contener al Dr. Octopuss
(Alfred Molina)

Spider Man 2 llega con todas las señales del típico producto taquillero emblemático de la temporada de verano norteamericano: estreno mundial, feroz oferta de juguetes y productos conexos, apabullantes reportes de récords de recaudación destrozados. Es como si mercenarios del departamento de mercadeo de Columbia Pictures nos agarraran por el cuello, zarandeándonos para convencernos de formar parte de un fenómeno comercial.

A un año de su batalla contra el Duende Verde, Peter Parker (Tobey Maguire) se está matando tratando de combinar su secreta lucha contra el crimen, estudios universitarios y un trabajo que pague la renta de su miserable apartamento. Su tía May (Rosemary Harris) está a punto de ser desalojada de su casa por no pagar la hipoteca. Su mejor amigo, Harry Osborn (James Franco), sigue traumatizado por la muerte de su padre y resiente la conexión de Peter como fotógrafo exclusivo del hombre araña, a quien culpa de la muerte de su padre. Lo peor de todo es que Mary Jane (Kirsten Dunst) esta comprometida con un astronauta. Peter ya había renunciado a su amor para cumplir con su supuesto deber, pero igual le duele verla en brazos de un héroe que no debe ocultar su identidad. Mientras tanto, el Dr. Otto Octavius (Alfred Molina), un brillante científico, prepara un experimento que saldrá muy, muy mal.

Esta secuela dirigida por Sam Raimi cumple con los requisitos de los grandes estudios: ruidosas y abundantes secuencias de acción, efectos especiales, narrativa simple de final abierto, necesaria para generar secuelas igualmente lucrativa. También se siente como una progresión natural de su trabajo en la primera parte.

Raimi tiene genuina afección por sus personajes, el medio y la fuente de inspiración. Su visión mina la capacidad expresiva del panel ilustrado del comics, uniendolo a las posibilidades kinéticas del cine. Hay imágenes que quitan el aliento: una mujer ve su rostro reflejado en el cristal roto que vuela hacia ella; el beso interrumpido en un café por un automóvil volador. Otros buenos momentos tienen nada que ver con la pirotecnia de la acción: el hombre araña comparte ascensor con un hombre poco impresionado, un sorpresivo episodio en que el héroe es desenmascarado.

El guión de Alvin Sargent (Ordinary People) tiene un terco énfasis en la crisis interna de Peter Parker, tratando de balancear una vida ordinaria con un misión extraordinaria y fallando miserablemente. El no es el único haciendo equilibrio. La película pasa de la caricatura extrema (J.K. Simmons, como el editor de Peter) a la tragedia (el joven Osborn). Rosemary Harris hace un trabajo encomiable en el ingrato papel de la conciencia regañona. Maguire es transparente en su turbulencia emocional, y Dunst proyecta la exasperación del amor frustrado con eficiencia. Entre estos personajes hay suficiente melodrama como para varias telenovelas y unas cuantas óperas.

Después de salvar a Frida (Julie Taymor, 2002) de una banalidad atractiva, Alfred Molina vuelve a producir una actuación sobria en el lugar menos pensado. Nunca pierde de vista el hombre atrapado en la máquina que es el infame Doc Ock. El tratamiento que Raimi le da al personaje es emblemático de su estilo. Se toma el tiempo de sentar las bases de las relaciones humanas antes de sacar la artillería pesada de la animación digital. La simple y cálida escena entre el Dr. Octavius y su esposa (Donna Murphy) antes del accidente, le da impacto emocional a su eventual transformación villanesca.

La fortaleza de esta secuela – así como de la primera parte - no está en los efectos especiales, la fetichización de la violencia y la idolización icónica del héroe. Son esos pequeños momentos de humor y humanidad que distinguen el trabajo de Raimi de los desalmados esperpentos de Michael Bay, Stepehn Sommers y George Lucas. Spider Man 2 podría ser un poco más corta. Hay diálogos demasiado verbosos, especialmente en las recapitulaciones de eventos pasados y las prédicas de la Tía May. Sin embargo, esas son quejas menores en este inevitable éxito de taquilla. En esta temporada estéril, es afortunado que el título le quede a una buena pieza de entretenimiento.