AMERICA LATINA

Cómo sacar a América Latina del estancamiento

Jeffrey Sachs*  

Uno de los grandes misterios de la economía mundial es el mal desempeño de América Latina. Desde principios de los ochenta la región ha estado estancada, con ingresos per cápita que crecen muy lentamente (cuando crecen) en casi todo el continente y con una crisis tras otra. Se han intentado muchas políticas, sobre todo la liberalización comercial, la privatización de empresas estatales ineficientes y reformas presupuestales. Sin embargo, algo está deteniendo a América Latina.

La falta de un crecimiento vigoroso es aún más desconcertante dadas las múltiples ventajas y los éxitos sociales de la región. Los recursos naturales son abundantes y hay vastas extensiones de tierras fértiles. La región no es pobre según criterios internacionales, sino que más bien está estancada en un nivel de ingreso medio entre los sitios más pobres del mundo y los países con altos ingresos de América del Norte, Europa y el Este de Asia.

Entonces, ¿a qué se debe esa desconcertante falta de crecimiento real de los últimos 25 años? Yo lo atribuyo a dos problemas no resueltos pero que tienen solución. El primero ha existido durante siglos: las divisiones sociales que se originaron durante la conquista de los nativos por parte de los europeos en el siglo XVI. Más que otros lugares, América Latina nació mediante una conquista violenta. Los europeos sometieron a las poblaciones amerindias y también trajeron cantidades enormes de esclavos de Africa, sobre todo a la cuenca del Caribe y a Brasil.

Las sociedades se hicieron racial y étnicamente complejas a medida que las poblaciones europea, amerindia y africana se mezclaron, pero la tendencia de largo plazo de la dominación europea, la sumisión indígena y afroamericana y la pobreza intrínseca se convirtieron en una cicatriz para las sociedades latinoamericanas. Todavía hoy la desigualdad del ingreso en la región es de las más altas del mundo y refleja los viejos patrones de división étnica y racial.

La desigualdad del ingreso ensombrece el panorama. Los ricos han luchado durante mucho tiempo en contra de los impuestos que se necesitan para aumentar la inversión en educación y salud para los pobres, perpetuando las profundas divisiones sociales y dejando a muchas personas sin la salud y las capacidades que exige la competitividad global. La situación está mejorando en algunos lugares –como Brasil—lo cual es esperanzador. En otros lugares –Guatemala y partes de la región andina, por ejemplo—las divisiones sociales siguen cargadas de violencia y desconfianza.

Más allá de lo anterior, se ha pasado por alto una falla básica de estrategia económica que se refleja en una diferencia importantísima en las discusiones sobre política en América Latina y en Asia. En Asia, los debates públicos tratan sobre las formas en las que los países de esa región se pueden poner al corriente en materia de tecnología. Los gobiernos asiáticos actúan con decisión para elevar las capacidades científicas y tecnológicas de sus economías. En América Latina, la revolución tecnológica global se discute mucho menos, y rara vez se le da prioridad a las políticas nacionales para promover la ciencia y la tecnología.

El resultado es que América Latina no ha logrado beneficiarse cabalmente de la revolución tecnológica global. Los países asiáticos actualmente producen computadoras, semiconductores, software y productos farmacéuticos. En contraste, incluso la estrella latinoamericana, Chile, sigue siendo en gran medida una economía de exportación de recursos naturales, con una gran concentración en el cobre y los productos agrícolas. Esos sectores son tecnológicamente sofisticados, pero son una base limitada para el desarrollo de largo plazo.

La situación dista de ser desesperada. Brasil ha demostrado su capacidad para ser una potencia exportadora de tecnología. Ha tenido éxito especialmente en exportar aeronaves y muchos productos de consumo duradero. También México ha comenzado a movilizar habilidades tecnológicas significativas. Argentina, Chile y otros países podrían convertirse en productores agrícolas de alta tecnología, a la vanguardia de la agro biotecnología, por ejemplo, si se deciden a hacerlo.

Sin embargo, los países latinoamericanos todavía no han intentado promover una revolución tecnológica; ciertamente no con la fuerza, la capacidad, el compromiso y el financiamiento que los países asiáticos han mostrado.

Una política de ese tipo implicaría un compromiso para aumentar el gasto en investigación y desarrollo, como el que han hecho los países asiáticos en desarrollo. Los países latinoamericanos deberían fijarse la meta de aumentar el gasto hasta alrededor del 2% del PNB (actualmente es del 0.5%), en parte a través del apoyo público a laboratorios y universidades y en parte mediante incentivos al sector privado. Deberían darle un gran recibimiento a las empresas multinacionales de alta tecnología, tal como lo ha hecho Asia.

También deberían concentrarse más en la capacitación científica y tecnológica y alentar a una mayor proporción de estudiantes a que realicen estudios universitarios. Las becas gubernamentales y el gasto en universidades nuevas y ampliadas pueden desempeñar un papel central, al igual que la inversión en computadoras y tecnología de la información en escuelas y comunidades.

La agenda social y la tecnológica no son independientes. Ambas requieren que las sociedades latinoamericanas inviertan más en su gente, de manera que sus ciudadanos puedan integrarse a la vanguardia de la productividad global. Si esas inversiones llegan a todos los sectores de América Latina, ricos y pobres, las perspectivas de la región mejorarán enormemente.

* Profesor de economía y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. Copyright: Project Syndicate, junio de 2004.