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Cómo sacar a América Latina del
estancamiento
Uno de los grandes misterios
de la economía mundial es el mal desempeño
de América Latina. Desde principios de los
ochenta la región ha estado estancada, con
ingresos per cápita que crecen muy lentamente
(cuando crecen) en casi todo el continente y con
una crisis tras otra. Se han intentado muchas políticas,
sobre todo la liberalización comercial, la
privatización de empresas estatales ineficientes
y reformas presupuestales. Sin embargo, algo está deteniendo
a América Latina.
La falta de un crecimiento vigoroso
es aún
más desconcertante dadas las múltiples
ventajas y los éxitos sociales de la región.
Los recursos naturales son abundantes y hay vastas
extensiones de tierras fértiles. La región
no es pobre según criterios internacionales,
sino que más bien está estancada en
un nivel de ingreso medio entre los sitios más
pobres del mundo y los países con altos ingresos
de América del Norte, Europa y el Este de
Asia.
Entonces, ¿a qué se
debe esa desconcertante falta de crecimiento real
de los últimos 25
años? Yo lo atribuyo a dos problemas no resueltos
pero que tienen solución. El primero ha existido
durante siglos: las divisiones sociales que se originaron
durante la conquista de los nativos por parte de
los europeos en el siglo XVI. Más que otros
lugares, América Latina nació mediante
una conquista violenta. Los europeos sometieron a
las poblaciones amerindias y también trajeron
cantidades enormes de esclavos de Africa, sobre todo
a la cuenca del Caribe y a Brasil.
Las sociedades se hicieron racial
y étnicamente
complejas a medida que las poblaciones europea, amerindia
y africana se mezclaron, pero la tendencia de largo
plazo de la dominación europea, la sumisión
indígena y afroamericana y la pobreza intrínseca
se convirtieron en una cicatriz para las sociedades
latinoamericanas. Todavía hoy la desigualdad
del ingreso en la región es de las más
altas del mundo y refleja los viejos patrones de
división étnica y racial.
La desigualdad del ingreso ensombrece
el panorama. Los ricos han luchado durante mucho
tiempo en contra de los impuestos que se necesitan
para aumentar la inversión en educación
y salud para los pobres, perpetuando las profundas
divisiones sociales y dejando a muchas personas sin
la salud y las capacidades que exige la competitividad
global. La situación está mejorando
en algunos lugares –como Brasil—lo cual
es esperanzador. En otros lugares –Guatemala
y partes de la región andina, por ejemplo—las
divisiones sociales siguen cargadas de violencia
y desconfianza.
Más allá de lo
anterior, se ha pasado por alto una falla básica
de estrategia económica
que se refleja en una diferencia importantísima
en las discusiones sobre política en América
Latina y en Asia. En Asia, los debates públicos
tratan sobre las formas en las que los países
de esa región se pueden poner al corriente
en materia de tecnología. Los gobiernos asiáticos
actúan con decisión para elevar las
capacidades científicas y tecnológicas
de sus economías. En América Latina,
la revolución tecnológica global se
discute mucho menos, y rara vez se le da prioridad
a las políticas nacionales para promover la
ciencia y la tecnología.
El resultado es que América
Latina no ha logrado beneficiarse cabalmente de la
revolución tecnológica
global. Los países asiáticos actualmente
producen computadoras, semiconductores, software
y productos farmacéuticos. En contraste, incluso
la estrella latinoamericana, Chile, sigue siendo
en gran medida una economía de exportación
de recursos naturales, con una gran concentración
en el cobre y los productos agrícolas. Esos
sectores son tecnológicamente sofisticados,
pero son una base limitada para el desarrollo de
largo plazo.
La situación dista de
ser desesperada. Brasil ha demostrado su capacidad
para ser una potencia exportadora de tecnología.
Ha tenido éxito
especialmente en exportar aeronaves y muchos productos
de consumo duradero. También México
ha comenzado a movilizar habilidades tecnológicas
significativas. Argentina, Chile y otros países
podrían convertirse en productores agrícolas
de alta tecnología, a la vanguardia de la
agro biotecnología, por ejemplo, si se deciden
a hacerlo.
Sin embargo, los países
latinoamericanos todavía
no han intentado promover una revolución tecnológica;
ciertamente no con la fuerza, la capacidad, el compromiso
y el financiamiento que los países asiáticos
han mostrado.
Una política de ese tipo
implicaría
un compromiso para aumentar el gasto en investigación
y desarrollo, como el que han hecho los países
asiáticos en desarrollo. Los países
latinoamericanos deberían fijarse la meta
de aumentar el gasto hasta alrededor del 2% del PNB
(actualmente es del 0.5%), en parte a través
del apoyo público a laboratorios y universidades
y en parte mediante incentivos al sector privado.
Deberían darle un gran recibimiento a las
empresas multinacionales de alta tecnología,
tal como lo ha hecho Asia.
También deberían
concentrarse más
en la capacitación científica y tecnológica
y alentar a una mayor proporción de estudiantes
a que realicen estudios universitarios. Las becas
gubernamentales y el gasto en universidades nuevas
y ampliadas pueden desempeñar un papel central,
al igual que la inversión en computadoras
y tecnología de la información en escuelas
y comunidades.
La agenda social y la tecnológica
no son independientes. Ambas requieren que las sociedades
latinoamericanas inviertan más en su gente,
de manera que sus ciudadanos puedan integrarse a
la vanguardia de la productividad global. Si esas
inversiones llegan a todos los sectores de América
Latina, ricos y pobres, las perspectivas de la región
mejorarán
enormemente.
* Profesor de economía
y director del Instituto de la Tierra de la Universidad
de Columbia. Copyright: Project Syndicate, junio
de 2004. |