COLUMNISTA INVITADO

Una defensa
Caudillos, Caciques y Familias

Cornelio
Hopmann
 

En estos días participé en una consulta sobre el capítulo de Gobernabilidad del Plan Nacional de Desarrollo. En Nicaragua, según el enunciado, debe establecerse y fortalecerse un sistema del Buen Gobierno, en particular para articular mejor las esferas públicas y privadas en base de reglas transparentes y democráticas bajo plena vigencia del Estado de Derecho.

Quizás la traducción forzada de términos anglosajones sin traducir correctamente su significado al contexto del país fue la gota, que rebasó mi vaso. Por tanto aquí mi tesis herética: Nicaragua tiene desde siglos un modelo de gobernabilidad, cuyas bases son las más nobles virtudes —para nombrar lealtad, confiabilidad y solidaridad. El problema no es crear un modelo nuevo y fortalecerlo sino transitar de un modelo a otro. El modelo existente ha servido, mal que bien, ha protegido a muchos y ha articulado las esferas públicas y privadas. Cualquier nueva propuesta de Gobernabilidad antes de todo tendrá que demostrar su superioridad en forma convincente... y hasta la fecha no lo ha logrado.

Comenzamos con el primer pilar del sistema actual, las familias. Es un hecho innegable que sin la solidaridad intra-familiar el país ya hubiera colapsado. Sin sistema alguno de asistencia pública con cobertura suficiente, es la ayuda mutua entre generaciones y parientes en toda clase de emergencias, enfermedad y vejez, que les permite a millones de nicaragüense al menos a sobrevivir. Sin remesas familiares el país entero estuviera insolvente. Pero el eje más fuerte no es la simple compasión para con el pariente en apuros, sino una solidaridad activa por medio de la cual un familiar le facilita al otro su desarrollo, desde prestar tierras para el cultivo o ayudar a cultivarlas, prestar plata para abrir un negocio o financiar la educación de un hijo, hasta facilitar el acceso a oportunidades “conectándolo” en la esfera pública o privada. En un país, sin mercado libre de empleos, de servicios o de otras oportunidades, un mercado sin condiciones transparentes y de igualdad, solamente hipócritas o ignorantes se atreverán a denunciar este comportamiento noble de compartir con parientes, hasta lejanos, como tráfico de influencia o nepotismo.

Dicho al revés: el que quiera de verdad la transición a un modelo de libre mercado, debe crear primero éste mercado de oportunidades. Yo no he leído nada de un compromiso de los que reparten oportunidades, tanto el Estado como la empresa grande o mediana —vaya empresas familiares en mucho casos—, que cambiarán sus procedimientos de contratación. Imagínense solamente una Nicaragua con la obligación de reportar cualquier vacante para su publicación con una descripción detallada de las calificaciones requeridas, una Nicaragua con la obligación de informar a cualquier solicitante rechazado sobre las causas del rechazo. Esto es la practica legal en la gran mayoría de los países desarrollados, los EE.UU. incluidos y a la vez la esencia de un libre mercado.

Continuamos con el segundo pilar, los caciques. ¿Cómo puede el 55% de analfabetas funcionales hacer valer sus intereses y derechos, cuando ni quiera tienen la capacidad de leer leyes, reglamentos, ordenanzas, títulos de propiedad hasta cartas, mucho menos entender sus implicancias y trascendencia, sino fuera por medio de un interlocutor confiable, que les lea y explica los mismos para proceder a escribir contestaciones o reclamos? ¿Quién actuará como buen componedor en los pequeños conflictos vecinales o familiares de cada día antes que se vuelvan complicación mayor? Estas son las funciones sociales del cacique, cuya base es la confianza de su clientela, una confianza que él honra. Y cuidado, aunque sea fuera de ley y derecho, la gente sabe como castigarlo hasta el extremo si él les falta a la palabra en forma sostenida. Dicho de otra forma, mientras el estudio de trámites legales con implicancias y sus bases tanto entre particulares como entre particulares y el estado no es materia escolar, mientras persiste el alto porcentaje de analfabetismo funcional, no hay forma como sustituir al interlocutor, salvo que se quiere dejar millones de conciudadanos en el desamparo completo. Y mientras no exista un servicio público brindado por personas confiables, no hay forma como sustituir al cacique.

El problema de los caudillos en la justicia no es tan simple como para que un poder judicial depurado, calificado y honesto lo resuelva. Hay una tradición legislativa española que se origina en el ano 780 cuando por el código de Toledo la península ibérica salió del sistema legal romano, sustituyéndolo parcialmente por el derecho germano-gótico. Ahí se usó por primera vez la frase celebre y en uso hasta hoy: “en lo demás se deroga aquel derecho anterior que se oponga” dejando tácitamente en vigencia, lo que no se oponía. Complementado por las diversas colecciones de leyes y decretos coloniales --siempre reformas parciales, que se pudo acatar para no cumplirlas-- se ha desenvuelto una tradición legal sin sistema por casos precedentes. No se puede entonces saber siempre y de antemano qué es “legal” y qué no.

Un abogado con admisión en Nicaragua y los EE.UU. me lo puso así: en Alemania y Francia el abogado busca como subsumir un caso concreto bajo un párrafo único existente de una ley vigente, en Inglaterra y los EE.UU. él busca a un caso ya decidido y similar, que estableció un precedente. Pero en América Latina él busca cual ley se podrá aplicar al caso... y normalmente encuentra varias, y varios párrafos contradictorios en la misma ley ni hablar. ¿Con todo respeto, pero qué lealtad me protege mejor contra arbitrariedades imprevisibles, la lealtad para con un caudillo, donde ambos sabemos las reglas del juego, o la lealtad con un fantasmagórico Estado de Derecho?