POLITICA

El testimonio de Eulalia

• “Su credibilidad la ha convertido en una valiosa promotora de la resolución pacífica de conflictos en su comunidad. Como resultado de una de estas misiones, le quemaron su casa. Es como Nicaragua.”

Sergio Caramagna

Eulalia González  

Su nombre completo es Eulalia González Orozco. Tiene unos 37 años. Vive en Caño Negro, a varias horas de camino al interior de la montaña, Departamento de Matagalpa. Algunos sostienen que es Municipio de Matiguás. Otros, que pertenece a Rancho Grande. Es una mujer nicaragüense como muchas, gracias a Dios. Con ocho hijos propios y dos pequeños que “…me dejó al cuido la esposa de uno de mis hijos mayores”. Eulalia lucha todos los días para sobrevivir. Lucha a pesar de todo.

Ella es como Nicaragua

Es muy humilde. Tiene ocho hijos. Su marido no la comprendió. Su casa fue destruida por un incendio intencional. Y no ha habido justicia con ella aún. Igual que la misma Nicaragua. Vive con inseguridad. Y aunque tiene una fe profunda que la sostiene, aún espera. Trabaja con lo que tiene y con lo que puede y aún espera.

Como Nicaragua

Clama por la necesidad de justicia en esas comarcas alejadas. Le preocupa la situación de sus hijos y los sentimientos de venganza que podrían engendrarse en sus corazones por la agresión sufrida. Su llanto brota casi permanentemente cuando habla de ello. Su llanto dice lo que no alcanza a decir con las simples palabras. Como el llanto de Nicaragua. Siempre es así. Sólo el llanto expresa la totalidad de los sentimientos. De su angustia. De su dolor.

Los ojos y la expresión en la cara de Eulalia Orozco son los ojos y la expresión de Nicaragua misma. Son francos. Muy dulces. Lo dicen todo. Desde lo profundo de su ser. Su sonrisa es espontánea y fácil cuando la oportunidad lo requiere y su ánimo se tranquiliza. Es cariñosa y afectiva. Decidida para hablar claramente de lo que ve y siente. Es solidaria. De corazón abierto y franco. Dispuesta siempre a dar una mano.

Es como Nicaragua

Su piel morena. Su estatura. Sus rasgos indígenas. Su enorme capacidad de engendrar vida y luchar por ella. Como Nicaragua. La Nicaragua real y mayoritaria. La que muchas veces nos negamos a mirar a la cara. Y sobre todo, a asumir tal cual es. Ella es profunda y sencillamente Nicaragua. La que todos los días nos da una lección de vida.

Desde su humildad. Desde su anonimato, se integró al programa de Facilitadores de Justicia. Hoy es parte del Poder Judicial. Pero no se queda con ese título importante. Sabe que la tarea recién comienza. Que el camino es largo. Que este camino puede ser peligroso y difícil. Pero, como Nicaragua, Eulalia se sostiene. Asume su verdad. La de todos los días. En esa lucha ella se recobra como mujer. Gana en dignidad. En valor. Comienza a reconocerse a sí misma.

Todos los días nos pone a prueba. Nos golpea interiormente. Nos hace reflexionar sobre nosotros mismos. Sobre nuestra misión en esta vida.

Siendo una mujer campesina que apenas sobrevive en una aldea remota, perecieran exageradas estas consideraciones. Pero no es así. Un día Eulalia aceptó el desafío de trabajar voluntariamente para procurar mejores condiciones de justicia para su gente. Se capacitó. Trabaja desde hace más de dos años y su credibilidad la ha convertido en una valiosa promotora de la resolución pacífica de conflictos en su comunidad. Como resultado de una de estas misiones, le quemaron su casa. A pesar del número de hijos que tiene y de la falta total de apoyo de parte de su marido, Eulalia siguió adelante. No se detuvo. A pesar de la gravedad y el peligro a que fue sometida, Eulalia no se detuvo.

Como Nicaragua

Cuando hablamos con ella sentimos que está convencida de lo que hace. Que su vida tiene un sentido. Una misión. Que esta misión tiene que ver con el presente y el futuro de sus hijos. Tiene que ver con el futuro de Nicaragua. Y especialmente de la gente que en este país no sabe lo que es el acceso a la justicia.

Hicimos una película con el testimonio de Eulalia. Ella es la protagonista. Así lo quiso. No necesitó aprenderse el argumento ni el guión. Lo hizo de manera espontánea. Natural. Revivió los acontecimientos dolorosos en cada escena.

Y los mejores diálogos del video brotaron rápidamente de su experiencia y sobre todo de sus sentimientos.

Esta película es parte de un programa de fortalecimiento de la Justicia. Sin embargo, en los diversos lugares que la hemos proyectado, ha ido adquiriendo una significación no prevista. Y es que la mujer y el hombre del campo nicaragüense advierten en los diálogos y en las escenas del filme, dimensiones que no habíamos pensado en el proyecto inicial. ¿Qué ven los campesinos en la película?

La imagen del rostro de la protagonista. Su llanto no fingido. Sus reflexiones sobre la justicia. Su caminar en la montaña. Su decisión. Su dolor. Su firmeza y determinación. Todo ello es como verse a sí mismos. Por primera vez. Como si hubieran encontrado un símbolo para comunicar su drama cotidiano y el de sus comunidades. Por eso, a través del filme, se descubre la posibilidad de muchas Eulalia. En las mujeres y en los hombres que trabajan por la justicia en las remotas montañas. Muchas veces en soledad.

Como Nicaragua profunda

Con el testimonio de esta entrañable mujer se ayuda a descubrir un mundo soterrado. Subestimado. Olvidado. Duro y a veces trágico. Pero absolutamente real. Un mundo de miles de mujeres y hombres que aún no tienen formas para expresarse. Pero que palpita con mucha fuerza detrás de la mirada de Eulalia. Y especialmente de su llanto. Que palpita, sobre todo, en la esperanza y la fe que encarna.

Nuestro homenaje a Eulalia.
En ella vemos a Nicaragua.